4 de febrero de 2015

Basado en hechos reales

La ficción no es ficción, sino una copia de una copia de una copia... no, en serio. He oído a gente decir que no le gusta ir al cine o leer libros porque no es algo real. Mi cara nunca tiene desperdicio en ese instante. Muchas veces olvidamos que somos nosotros mismos los creadores de todo eso. Que esas cosicas a las que llamamos arte, no se nos han puesto ahí por la Divina Providencia. Que si el ser humano se llama humano, es por eso, y un par de descubrimientos científicos. Que las historias que queremos reflejar en canciones, discos, o servilletas de papel, se basan en nuestras vidas. Que si un extraterrestre viaja a nuestro planeta, llora, o mata. Que si a un padre y a un hijo les llevan a un campo de concentración, el padre hace lo que sea para que su hijo no sufra. Que si una chica te gusta, tú le regalas los narcisos amarillos que hagan falta. Que si ves un cometa, pides un deseo. Que si juegas a encontrarte por París con una mujer, al final lo haces. Que si en una comarca unos hombrecillos encuentran algo muy poderoso (véase, un anillo), algunos no lo dejan escapar, y otros hacen lo que sea por el bien de los demás. Por el amor de Dios, si hasta en una galaxia muy lejana, en una ciudad llena de hombrecillos azules, y hasta bajo el mar, la gente se enamora.
Que mentirte en cada escena sería de mal gusto. Que los personajes son personas, y las historias, realidades. Que eso existe, que la ficción se fundamenta en la realidad, Que puede que la purpurina, la exageración o la pomposidad, sean eso, purpurina, exageración y pomposidad. Pero que cada sensación, cada lágrima, beso o grito de ficción, van siempre precedidos de una escena de nuestra vida. Una conversación en un bar, una mirada en el vagón del metro, un baile en una discoteca, una libreta de una clase de instituto, una caja de bombones en la sala de espera de una primeriza, una madre peinando a su hija, unos amigos discutiendo, unos niños jugando en el parque, una marca de pintalabios en la mejilla, un abrazo en el aeropuerto, una caricia en el pelo. Miles de recuerdos que no han necesitado ser escritos para ocurrir. Pero que ahí están. Iguales, clavados, de una manera u otra delante de tus narices, diciéndote: "mírame, estoy en forma de bits o papel, pero soy real, soy como tú y la gente que conoces". Todo está basado en hechos reales. Ah, y por favor, no me volváis a decir que es que todo es tan bonito en las películas, ¿acaso vuestra vida no lo es? 




6 de noviembre de 2014

Nos sobran los motivos


Más que nada estamos aquí para amar. Para gritar. Para follar. Para sacar la mano por la ventanilla del coche. Para saltar sobre los charcos. Para tirarnos en la cama. Para lanzarnos en bomba a la piscina. Para aporrear la guitarra. Para silbar la Internacional. Para ponernos al sol en invierno. Para beber a morro. Para espiar al vecino por la ventana. Para reír. Para escuchar canciones con letras que no entendemos.  Para tirarnos vino en la camisa. Para despeinarnos con un beso. Para tragar agua de mar. Para marearnos al dar vueltas. Para caernos yendo en bicicleta. Para mojarnos bajo la lluvia. Para bailar canciones ochenteras. Para llorar cerrando los ojos. Para desabrocharnos los pantalones. Para poner el puk al móvil. Para mirarnos al espejo. Para acariciar unos rizos. Para ocultar las marcas del sol. Para secarnos las lágrimas con la manga de la camiseta. Para pisar arena mojada. Para estornudar. Para sudar bajo las sábanas. Para rozarnos con el zapato. Para aprender inglés nivel medio. Para reiniciar el ordenador. Para darle al botón equivocado en el ascensor. Para suspender el carnet de conducir. Para trasnochar. Para tragar humo. Para mirar fijamente la tele. Para dormir en el sofá. Para no hacer ruido con las palomitas. Para lavar el coche en la gasolinera. Para compadecernos de nosotros mismos. Para dar malos consejos. Para correr detrás de la policía. Para agobiarnos. Para ponernos rojos. Para sonreír delante de la cámara. Para llegar tarde. Para comer el postre. Para rascarnos la marca de los calcetines. Para crujir los dedos. Para mancharnos de tipp-ex. Para resbalarnos cuando nieva. 
O más que nada estamos aquí para vivir poquito a poco. Para evitar la cuchilla, los puentes, el monóxido de carbono, las pastillas y la cuerda. Para arriesgar. Para disfrutar. Para joder. Para darlo todo y después desvanecernos sin arrepentirnos de no haber vivido de puta madre.




24 de agosto de 2014

Sundays, bitch


¿Por qué me dejáis sola los domingos?

Es una sensación extraña, los domingos. Me río de mí misma, me deprimo, miro por la ventana con nostalgia, repaso las fotos que tengo en el móvil, bebo café con leche, veo comedias para no pensar en nada, y acabo odiando el humor absurdo. Pienso demasiado en la vida, en mi vida, en el pasado, destruyo cada recuerdo y lo reconstruyo en un afán desesperado por mejorarlo, me doy cuenta de mi soledad, de lo vacía que es en realidad mi vida, de lo mucho que odio el olor del rape, o el sonido del taladro del vecino, me desquicio y grito en silencio para no alarmar a la familia, después me doy cuenta de lo gilipollas que soy y escribo chorradas en twitter para llenar un poco mi vacío existencial. Y acabo por coger un papel lleno de planes sobre mi futuro y un boli sin estrenar, y sigo escribiendo mierdas sobre mi vida y esas cosas.
Qué putos son los domingos. Y qué reputos son sin compañía.




20 de agosto de 2014

Nosotros, vosotros y ellos

Y esa facilidad que tenéis para pedir un sorbete de limón, escuchar vuestra ópera favorita mientras arrasáis con una bolsa de patatas fritas, doblar la esquina de esa novela a modo de marcapáginas, caminar por la calle dando saltitos al ritmo de una canción del verano, comer melocotón mientras habláis del tiempo, sonreír falsa pero amablemente ante vuestra profesora de primaria, llorar delante de una pantalla de cine y escupir palomitas mal horneadas, colocaros el pelo detrás de la oreja despreocupadamente, desayunar cereales de marca blanca, salir con los amigos de diez a dos, ajustaros el tirante del sujetador o la goma del slip con pudor, saludar a desconocidos creyendo reconocer a vuestro primo segundo, tomar una copa de más mirando el reloj, girar el pomo de la puerta despacito al entrar en casa, ir de puntillas mientras os arrepentís de haber comprado unos zapatos tan baratos, resbalar en un escalón y levantaros riendo, contar chistes con poca gracia y poneros colorados, girar la vista para no tener que saludar, mirar el móvil mientras esperáis a que llegue un amigo, tocar las palmas a ritmo de cinco por ocho o desafinar una guitarra afinada, silbar para disimular que estáis borrachos, sonreír para no quedar mal ante el novio de la amiga de vuestra prima, leer las instrucciones de un juego de mesa para después inventaros las vuestras propias, rallar vuestro disco favorito y buscarlo rápidamente en spotify, mirar por la ventana para evitar hacer el trabajo de la facultad, sonreír horrorizados ante el corte de pelo de vuestro mejor amigo, llevar el pie al ritmo de esa canción de los ochenta, estornudar por el polvo que levantáis al sacar de la estantería vuestros cuadernos del colegio, agobiaros ante una semana con más exámenes que días, bailar en las bodas con un familiar que acabáis de descubrir que existe, golpear el mando de la televisión para que vuelva a funcionar, gritar desde la otra punta de la barra que si los demás quieren vaso para la cerveza, sentiros Dios al cruzar un semáforo en rojo en una calle desierta, grabar vuestras mejores carcajadas en un bar del centro, poner vuestra propia letra a una canción para describir vuestro aspecto a las seis de la mañana, fotografiar el aspecto del sol al anochecer en un ataque de inspiración tras ir al baño, ajustaros la correa del reloj un poco más fuerte cada día, acariciar una mejilla para demostrar que alguien os importa, meteros el pelo en los ojos durante un beso, sentir que hace frío y buscar la chaqueta más a mano, susurrar tonterías al oído para deshaceros de ese pesado, comer hamburguesas para dar por culo a la dieta, pensar que el exterior no lo es todo pero ayuda, imaginar que o acabaréis locos, o bohemios, o enamorados, o trabajando en el Carrefour, predicar con el ejemplo a vuestros hermanos pequeños acabando las frases con un ´joder´, agitar los brazos cuando veis que se van a cargar al protagonista de la película, mirar a los ojos en señal de atención o insatisfacción sexual, pegar un portazo e iros a tirar la basura, saber que a pesar de todo, sois, somos humanos.











16 de junio de 2014

Gracias



Época estival, desde luego. Verano de nuestras vidas, por favor. Inicio del adult(erio), sin duda. Placer sin compromiso, sí amigos.

La generación del desastre, nuestra generación, la del botellón y la de 'Lizzie McGuire', sale de su reducto para bachilleres con acné y empieza a comerse el mundo. El gorro al aire, las pegatinas a la basura, el mezcal con mucha sal, y se da comienzo a la verdadera juventud al más puro estilo 'Trainspotting'.
Pero no es más lo que nos queda por descubrir, destrozar, exprimir, experimentar y twittear, que lo que dejamos atrás. Si la mucha tontería que desprendemos por la piel, la empleamos en mirar atrás y echar de menos, nos podrían echar de nuestro grupo de amigos por exceso de gilipollez congénita.
Ahora bien, si damos unas vueltas por nuestra vida durante cinco minutos, y pensamos en todas las anécdotas que podemos recordar al momento; eso, eso no será melancolía o nostalgia injustificadas, sino una cura para todo lo que se nos viene encima.
Yo, por mi parte, decir que mi vida ha pasado de ser una mierda a ser una fiesta de una manera continuada. Los momentos y personas se agolpan en mi mente como la espuma de una caña recién tirada.
No puedo más que agradecer a esos niñatos (todos lo éramos, recordad) que ponían seudónimos a las personas que les gustaban, que lo único que disfrutaban del comedor era el postre, que inventaban coreografías para las canciones del  verano, que veían telenovelas a la hora de comer (unos más que otros), y se morían por quedar un viernes en el parque de al lado del colegio.
No puedo más que agradecer a esos amigos que iban los viernes a tomar un café, que salían al cine una vez a la semana, que soñaban con ser artistas, que sacaban cincos por poner más de lo que les pedían en un examen.
No puedo más que agradecer a esos músicos chiflados que me hacen parecer menos loca, que cantan por las esquinas, que recitan a Calderón de la Barca, que me hacen llorar con solo escucharles, que me hacen reír hasta morir y creer en que salir de fiesta no es solo escuchar a David Guetta.
No puedo más que agradecer a esos amigos que han hecho de un nombre compuesto lo más grande que me haya podido imaginar (MC), que me han hecho sonreír cuando mi gilipollez era tal que lloraba porque me habían puesto un negativo, que me han hecho creer que la biología puede ser divertida si sabes lo que significa el adenosín trifosfato, y que las tardes en un bar con ellos no tienen nada que envidiarle a un guión de 'Cómo conocí a vuestra madre'.
Y, por supuesto, no puedo más que agradecer a todos aquellos que no se han dado aún por aludidos ante estas líneas; porque, si habéis llegado hasta aquí después de todo este rollazo, es que también me llevo un pedazo de vosotros para siempre.


Solo puedo decir que espero la caña del reencuentro con impaciencia. Siempre.

Y gracias.



20 de abril de 2014

Los desdichados

Un día más para ellos es un día menos. No hay que tratar de entenderlo. La vida no puede entenderse. Solo hay que tratar de sobrevivir, poco a poco, como cada persona hace cuando la realidad le da una bofetada en la cara y le dice que despierte. Pero ahí siguen. Muertos del asco, saboreando un triunfo que aún no han conseguido, celebrando un amor que nunca han experimentado.

Y entre tanto, los desdichados sueñan por las esquinas, desaparecen debajo de un tren, y recorren las calles bajo la lluvia. Una y otra vez, por los siglos de los siglos. Y parece mentira, que los desdichados, son los enamorados, y los que no quieren admitir que la vida les ha ganado el pulso, y los que sueñan despiertos y dibujan siluetas en el vaho de la ventana, y los que lanzan besos al aire y fuman sin compromiso, y los que roban almas a hurtadillas y se van siempre antes de que puedan descubrirles, y los que morirían por una persona de la que apenas conocen su reflejo, y los que prefieren apurar la copa antes de pedir la cuenta, y los que tiemblan sin que haga frío y cierran los ojos sin sueño, y los que no distinguen la mañana de la noche, y los que andan siempre con banda sonora, y los que creen en lugares sin verlos, y los que se revolucionan con una mirada fugitiva y una mueca sin destinatario, y los que prefieren despeinado a emperifollado, y los que prefieren choque de labios a choque de piernas, y los que descubren que la vida ha pasado en una sala con pantalla gigante, y los que caminan despacito y se giran después de haberse despedido, y los que saludan con la mirada y se quedan sin palabras, y los que convierten los silencios en fantasías de una vida, y los que edulcoran el café hasta el suicidio, y los que quieren llorar y no pueden, y a los que la mente les dice que sean amigos, y a los que el alma les dice que destrocen la cama. Esos.

Esos son los desdichados.






19 de enero de 2014

Cosas que hacen que la vida merezca la pena

Más bien, se podría decir: "pequeñas cosas inútiles que hacen que la vida merezca la pena, y que por eso mismo, se convierten repentinamente en útiles e indispensables". Pero bueno, es un título demasiado largo para una entrada tan insignificante e inútil como esta, que probablemente hubiera echado para atrás a la mayoría de los lectores que os preguntabais que "cosas" son las que realmente merecen la pena, y como una persona como yo, en los tiempos que corren, se atreve a publicar una lista de cosas inservibles y sin un significado más allá del emocional. Pues sí, tengo mi lista. 

Pequeñas cosas inútiles que hacen que la vida merezca la pena, y que por eso mismo, se convierten repentinamente en útiles e indispensables:

1. Una frase de una canción folk de los 60.
2. Un verso de un poema de Bécquer, Whitman, Rimbaud, Baudelaire, Kerouac, Lorca, Neruda o Cortázar.
3. Diez compases de cualquier obra de Bach, Mozart, Beethoven o Tchaikovsky.
4. El sonido de un amigo riendo a carcajadas.
5. Una sorbo de una taza de café (con leche).
6. Una escena acompañada de jazz en una película de Woody.
7. Una gota de sangre en cualquier escena de Tarantino.
8. Una calle de Montmartre.
9. El ritmo de una canción de la Movida.
10. La di da, la di da, la la.

Podría parecer banal. Y lo es. Desde luego que tengo una lista de cosas mucho más trascendentales, pero no me interesan. Estas son las cosas, que, ahora mismo, me ayudan a vivir y a creer, que más allá de las mentiras, el rencor, la codicia, la injusticia, el temor, las desgracias, los desengaños, la depresión, las difamaciones o la inseguridad, existen ciertas cosas improductivas, insignificantes y pueriles que le dan sentido a la vida.

Y no, no me digáis que no tenéis una lista. 




12 de noviembre de 2013

Un error vale más que mil palabras

Joder.
Joder.
Joder.
¿Por qué tenemos que hacer siempre cosas de las que luego nos arrepentimos?
En un momento parecen correctas, y al instante, se han convertido en una losa que arrastrarás el resto de los días. Y lo mismo que te lamentas por lo que has hecho mal, te lamentas por lo que NO has hecho. Y eso es peor. Mucho peor.
Sabes de sobra que deberías haber escrito a) en vez de c), o haber rellenado la solicitud a tiempo, o haberte leído todo el temario, o haber girado la cabeza al despediros y haber mantenido la mirada un poco más. Incluso deberías haberte atrevido a callar en el momento oportuno, y a hablar cuando deberías. Pero no. Tu puta timidez, cabezonería, orgullo o atrevimiento te ha hecho equivocarte una y otra vez.
Y a veces no es tan grave. Simplemente lo pagas con un castigo leve que apenas hace mella en tu vida, y que rápidamente borras con otras elecciones más oportunas. Pero hay fallos que te condenan, o al menos parecen condenarte para toda la vida. Esos errores que hacen que una palabra fugitiva acabe con una amistad de años, que un beso al aire difumine una futura relación, que un gesto grotesco te animalice delante de tus conocidos. Incluso las cosas que no has hecho, pero deberías, tales como una visita apropiada para demostrar tu preocupación por alguien, o una palabra en el momento indicado, parecen marcar tu futuro constantemente.
Y todo esto da vueltas en tu cabeza durante poco o largo rato, dependiendo del sujeto y del crimen, divagando entre las telarañas de tu mente, acechándote y haciendo trizas cualquier abismo de amor propio. 

Y ahora me diréis que no os ha pasado nunca. Que sois dioses sobre la Tierra. Que pasáis por alto vuestras equivocaciones sin darles más vueltas y seguís como si nada. Que nada de eso os afecta. Claro.

Sabéis que no es verdad.

Sé que esperáis una moraleja, una lección moral, o algo que os ayude en vuestro sufrimiento continuo de malas elecciones y promesas incumplidas. Pero a estas alturas ya deberías saber que las personas somos gilipollas, que nos tomamos a pecho algo de lo que al día siguiente nos reímos, que soñamos más de lo que la vida nos ofrece, y que creemos que pasando impunes por el mundo seremos más felices. En eso nos equivocamos. Son los errores los que nos ayudan a ser felices en la vida. 

Así que ya sabéis, salid ahí afuera y decid burradas, porque en realidad, a nadie le importa más que a vosotros mismos, y además, os estaréis haciendo un favor perdiendo el miedo a equivocaros.


Sed felices, amigos.


20 de agosto de 2013

On the road

Vale, ahora estamos en vacaciones y todo parece adquirir un color tornasolado como el de las películas de los 60, las noches se pasan rodeadas de amigos y tequilas, y el despertador coge polvo. Mucho polvo. 
Pero, ¿qué pasa cuando estás sentado en tu habitación un miércoles de febrero con los apuntes abiertos encima de la mesa, la ventana cerrada porque hace un frío glaciar, el flexo con su espeluznante luz amarilla apuntando hacia tu cara, son las doce de la noche y aún te quedan por estudiar veinte hojas para el examen del día siguiente, día en el que casualmente también tienes que entregar un ensayo sobre La metamorfosis y una práctica sobre la deshidratación del sulfato de cobre, por no hablar del libro de inglés que deberías haber leído pero que aunque te encanta leer no has tenido ni una sola tarde libre desde que empezó el trimestre para leerlo? Fácil respuesta: deseas mandar todo a la mierda y mudarte a otro país. O... deseas que llegue el verano para poder librarte de todo eso de una manera legal. Y sí, amigos, esta opción, por el bien de nuestros padres, es la que la mayoría elegimos.

Porque en vacaciones sientes esas ansias de escapar de todo. En parte porque, sí, claro, lo necesitas con urgencia. Pero en parte porque todo ser humano necesita abandonar la rutina y perder un poco de vista todo lo que conoce para descubrir justamente eso, lo que desconoce. Para poder ver cosas que nunca vería encerrado entre las cuatro paredes que tiene por habitación, para poder conocer personas que quizás nunca conocería de no ser por esa repentina llamada de socorro, para poder descubrir cosas de uno mismo de las que puede que nunca se hubiera dado cuenta de otra manera. Bueno, o puede que simplemente decidas viajar para olvidar que en casa te espera un montón de tareas por hacer, de formularios que rellenar, de facturas que pagar, de gente a la que complacer, de exámenes que estudiar, de estanterías que ordenar o de broncas que recibir.
Acostumbrarse es la peor y la forma más lenta de morir. Pero eso no significa que vivir en el lugar y en el momento en el que te ha tocado vivir sea una condena. Porque igual que en casa te esperan los días más interminables del mundo, te espera también música por escuchar, libros por leer, amigos por conocer, películas por ver, chistes por los que reír, cervezas por beber, aprobados por sacar, sueños que soñar, fiestas que celebrar, bailes por bailar... Y todo eso, todo lo que vivas aquí, serán recuerdos que se quedarán contigo para siempre. 

No intentéis evitarlo; llega un día en el que todo te parece lo mismo. No sabes ni cómo ni por qué. Pero como mínimo una vez al año para los más conformistas y una vez a la semana para los más soñadores, tienes ganas de dejarlo todo atrás, de escapar de tu casa y de tu ciudad, de dejar a tus amigos, de abandonar tu puta vida por unos instantes, y de instalarte en cualquier otro lugar. Algunos lo llaman ansias de libertad, otros prisa por vivir, y otros cansancio de la rutina. Es ley de vida.
Así que salid, dad mil vueltas, dad la vuelta al mundo si queréis, subid a la Torre Eiffel, tomad té en Inglaterra, alquilad una góndola, recorred la Muralla China, haced la ruta 66, probad el chocolate suizo, haced un safari, idos a la selva brasileña o visitad el Empire State. Recorred el mundo, conoced gente, aprended cosas, descubrid nuevos lugares. Pero, por favor, algún día, cuando todos esos recuerdos se apelotonen en vuestra cabeza y sintáis que aquello de lo que queríais huir es ahora lo que encontráis ajeno y anhelado, regresad.

Mientras tanto: bon voyage!




10 de julio de 2013

Si todo fuera tan fácil

Si todo fuera tan fácil de decir como las palabras que se leen en un simple cartel, y nada más:

-Me caes mal.
-No, gracias.
-Debería irme a casa ya.
-En realidad, ese vestido es horrible.
-Eres feo.
-Quédate un rato más.
-Vas a perder.
-Menos mal que has venido.
-No te voy a volver a llamar en la vida.
-Te odio.
-Te quiero.
-Bésame estúpido.

Si todo lo que sale de nuestra boca no tuviera ese absurdo significado oculto. Si no interpretáramos nada, nada más allá de lo que con el propio lenguaje se quiere expresar. Si no tuviéramos una mente que todo lo tergiversa, y da vueltas, y vueltas, y revuelve, y acaba por llegar a una conclusión si no equivocada, completamente fuera de lugar.
Si todos dijéramos cada cosa que realmente pensamos. Si no tuviéramos la necesidad de quedar bien, de evitar una situación incómoda, de abandonarnos a lo convencional, de olvidar los pensamientos comprometidos, de aparentar, y de criticar la hipocresía, pero al mismo tiempo ser unos verdaderos hipócritas. 
Porque ¿no somos lo más hipócrita, ambiguo e irracional que existe?

Pero claro, en parte, eso es lo que nos hace ser humanos. 
Si todo fuera tan fácil, realmente, la vida carecería de significado en absoluto. 



1 de junio de 2013

Románticos encubiertos

Aún recuerdo una de esas clases que dieron un vuelco a mi vida. Al igual que el protagonista de una película recuerda cómo un profesor de la Universidad dijo algo que marcó para siempre su vida. Así, sin saberlo, un día cualquiera, no sé a qué hora ni en qué momento del año, en una clase de 50 escasos minutos, algo me hizo cambiar para siempre.
Era un día de esos en los que nadie de la clase quiere participar, ni siquiera teníamos ganas de hablar o interrumpir, solamente de que se acabara el día. Pero las clases de lengua eran de lo mejor del día. Si se trataba de Literatura, claro. 
Tocaba empezar tema nuevo. Nuestra profesora, con su habitual aire de superioridad y falsa ingenuidad (los que la conocéis ya sabéis a lo que me refiero) se disponía a hablarnos de una corriente literaria, de algo de lo que habíamos oído hablar pero de lo que en realidad apenas sabíamos una mierda. Creedme.
Pero no empezó a hablar haciendo ninguna afirmación rotunda, ni soltando una retahíla de características formales o una lista de autores. Solamente nos dijo, con una voz clara, casi imperceptible pero penetrante:
"¿Quién de vosotros se considera un romántico?"
Solo un idiota creería que alguien iba a levantar la mano. Era 4º de la ESO, amigos.
Una, dos personas, no recuerdo bien, levantaron la mano. El resto, entre los que vergonzosamente me encontraba yo, intercambiando miradas cómplices y risas nerviosas, no contestamos. Silencio.
"¿Sólo dos personas?"
Sí, dos personas de treinta. 
Y entonces la pregunta definitiva:
"¿Pero qué entendéis por 'romántico'?"
La verdad es que estaba claro lo que entendíamos por 'romántico'. Algo ridículo, cursi, anticuado, alejado de nuestra mente pragmática.
Nuestra profesora ya se esperaba esa respuesta. Claro que se la esperaba. Tenía preparada toda una gama de argumentos para hacernos abrir los ojos. A algunos.
"Un romántico no es eso que entendemos en la sociedad actual. Que también; pero el Romanticismo es algo esencial en la literatura. Algo que nos ha dado los más bellos poemas. Es una corriente literaria, un estilo en la manera de escribir, la moda de una época. Y no es solo algo cursi o empalagoso, es un sentimiento de ansias de libertad, amistad, inocencia perdida, amor no correspondido, pesimismo, descubrimiento, sentimiento de pertenencia a un lugar y al mismo tiempo de evasión de la realidad. Algo que todos sentimos."
Y a todo esto, siguió toda una serie de divagaciones sobre la literatura romántica, Espronceda, Bécquer y Rosalía de Castro. Pero en esos momentos la bala ya había sido disparada. Mi mente daba mil vueltas. Ya no me importaban las características del Romanticismo. Solo me preguntaba cómo no había sabido hasta ese puto momento lo que era el Romanticismo. Cómo no lo sabía nadie. Cómo.

Pues eso, la muy asquerosa tardó solo media hora en hacer que mi mundo se tambaleara. Y sí, si me preguntan ahora mismo, de repente, sin previa advertencia, si me considero una romántica, les diré:
"¿Y quién no?"



22 de abril de 2013

Yo soy otro

De Arthur Rimbaud a Georges Izambard
Charleville, 13 mayo 1871

"Trabajar ahora, eso nunca jamás; estoy en huelga. Por el momento, lo que hago es encanallarme todo lo posible. ¿Por qué? Quiero ser poeta y me estoy esforzando en hacerme Vidente: ni va usted a comprender nada, ni apenas si yo sabré expresárselo. Ello consiste en alcanzar lo desconocido por el desarreglo de todos los sentidos. Los padecimientos son enormes, pero hay que ser fuerte, que haber nacido poeta, y yo me he dado cuenta de que soy poeta. No es en modo alguno culpa mía. Nos equivocamos al decir: yo pienso: deberíamos decir me piensan. — Perdón por el juego de palabras.
YO es otro. Tanto peor para la madera que se descubre violín, ¡y mofa contra los inconscientes, que pontifican sobre lo que ignoran por completo!
Usted para mí no es Docente. Le regalo esto: ¿puede calificarse de sátira, como usted diría? ¿Puede calificarse de poesía?
Es fantasía, siempre. — Pero, se lo suplico, no subraye ni con lápiz, ni demasiado con el pensamiento."

"Está mal decir yo pienso, debería decirse yo soy pensado, porque yo, es otro. Asisto al nacimiento de mi pensamiento. Lo observo y lo escucho. Lanzo un golpe con el arco, la sinfonía se remueve en las profundidades o aparece de un salto en escena. Comenzó con olas de repugnancia y terminó no pudiendo asir de inmediato esta eternidad. Terminó con un derroche de perfumes"




14 de abril de 2013

Ilusos


Otro viernes más, y claro, como siempre, los buenos estrenos se nos escapan en esta ciudad. Ilusos, ilusos, ilusos. Sí, me he enamorado de la nueva peli de Jonás Trueba: 'Los Ilusos'. Y puede ser más por lo que dice su propio director de la película que por la película en sí:

'Los ilusos es una película sobre el deseo de hacer cine, o sobre lo que hacen algunos cineastas cuando no hacen cine; sobre perder el tiempo y el tiempo perdido; sobre conversaciones, borracheras, comidas y rutinas; sobre los paseos al salir del cine; sobre estar enamorado; sobre estar solo y estar con amigos, construyendo futuros recuerdos para una película futura'.

O puede ser que me haya conquistado porque tengo que admitir que estoy en esa edad insoportable, idiota e hipócrita por la que pasan todos los jóvenes... aunque si soy sincera, es una edad increíblemente guay. 

Una edad en la que no ves más allá de tus amigos, de los libros, de la música, ... esa edad en la que vives sin saber adónde vas, sin saber lo que vas hacer, incluso si harás algo o no, en la que solo te preocupas por alcanzar algo de esa felicidad que parece tan cercana, esa edad en la que cualquier cosa te sirve para echarte unas risas, en la que un bar se convierte en el mejor lugar del mundo, esa edad en la que sueñas con viajar, y conocer gente, y enamorarte, y leer poesía, y cantar a grito limpio cada vez que suena tu canción favorita, una edad en la que miras al cielo y no piensas en si va a llover o no, en la que a veces estás triste y otras contento y no llegas a entender exactamente el porqué, esa edad en la que cualquier reunión con tus amigos se convierte en la mejor excusa para poner caras raras delante de una cámara, esa edad en la que sueñas con ser artista, en la que duermes poco pero sueñas mucho. 

Esa edad en la que, en realidad, solo vives de ilusiones. 

Y claro, todo eso nos convierte irrevocablemente en ilusos que pasan sus días entre apuntes, risas, y películas... 
pero si tengo que decir la verdad, para mí, eso es lo mejor que hay.






9 de marzo de 2013

Amor por lo desconocido

El amor más osado es el que se siente por un desconocido, 
la pasión del amor a primera vista es más fuerte que la amistad más antigua.
La curiosidad lo convierte en eterno.