27 de febrero de 2016

Musa en paro busca poeta

Cuando parece que ya te has olvidado de las cosas que te reconcomían la conciencia el día anterior, surgen nuevos dilemas que no te dejan dormir. Siempre me he preguntado por qué no podemos estar a gusto con nuestras vidas de mierda, y seguir adelante aprovechando las mínimas oportunidades que nos ofrece una mirada o un botellín de cerveza. La verdad es que cada cual se agarra a lo que puede, entendiendo lo que puede a cualquier cosa, cualquier banalidad que te recuerde que la vida aún puede sorprenderte y hacerte sonreír en plan moñas como cuando ves una película de Hugh Grant.

Así que bueno, digamos que esta semana ha sido una gran mierda. Una de esas mierdas oscuras que te alegras de haber expulsado de tu interior. Perdón por ser tan gráfica, pero resulta más fácil decir eso que inventarme una trabajada metáfora pseudointelectual. Bueno, y tal. Que entre los dilemas sobre la vida cotidiana, sobre el futuro incierto, sobre la dieta saludable en días de estrés, sobre la crisis presidencial, sobre las horas de proyector interminables, sobre la cantidad de alcohol que se puede ingerir en un mes para no rayar el alcoholismo, y sobre la situación sentimental y personal en la que me encuentro (y digo me, pero sabéis que es nos), esta sucesión de seis días interminables ha sido horrible, descorazonadora, ridícula y dura al mismo tiempo. No se han salvado ni los amigos, ni la familia, ni la carrera, ni la señora maja de la inmobiliaria, ni el conserje, ni el camarero guapo. Así que he tenido que asimilar que sí, que la vida es esa mierda, cosa que no quería reconocer, y bueno, que no sé por qué no podemos estar a gusto con nuestras vidas de mierda, y seguir adelante aprovechando las mínimas oportunidades que nos ofrece una mirada o un botellín de cerveza.

Así que, después de sobredosis de lágrimas, ibuprofeno y palabras chungas, me había decidido a tirar la toalla, y a asimilar que no se encuentran cosas bonitas en cada esquina, que no hay gente especial en los bares, y que no existe el futuro ideal ni la vida esperada. Pero, boom. Lo sé, sorpresa. Vais a alucinar. Ayer puede que volviera a considerar la existencia de la magia de las cosas pequeñas que nos ofrece nuestra tortuosa existencia (o nuestra puta vida, así nos entendemos).

Ayer estaba en algún lugar de mierda probablemente, como casi siempre, y me di cuenta de que estaba rodeada de gente sonriente y desenfadada. Eran personas, como yo, y joder, reían a carcajadas, y bailaban, y tocaban las palmas. Y parecía que era el micromundo de la felicidad. Total, que ya puestos, y un poco a regañadientes al principio, no pude evitar sumarme a la excitación de la música, las guitarras, la cerveza, las miradas, las risas, y los móviles de última generación tomando constancia de ese evento imprevisto y maravilloso. Y allí estaba, después de mi semana de suicidio planeado, colorada de reír a carcajadas, y ansiosa de vivir todo lo que se me pusiera por delante.

Ya, bueno, lo sé, qué cojones digo. Me veo obligada a adornar la vida en todo lo que escribo, porque, entre nosotros, pocas cosas son tan bonitas como las pintas. Sin embargo, esto era la vida real. No hay adornos, ni aditivos. Solo he venido a contaros que ayer estuve escuchando cantar a dos artistas desenfadados y que parecían amar la vida y las guitarras más que un padre a su hijo, y que tuve el privilegio de estar rodeada de gente bonita y cerveza, y coplas. Y que agoté las risas que se me habían tornado en llantos durante la semana. Y que hice amigos y conocidos. Y que algunos entendimos la magia de nuestra existencia, la magia de la pequeñas cosas, la necesidad de aprovechar las oportunidades más inesperadas, la felicidad de hablar de cualquier cosa y de todo con gente a la que acabas de conocer y de la que ya te sientes parte, las ventajas de tomar 4 botellines y un tequila, las imprevisibles palabras de complicidad, la belleza de los gorros hipsters de nuestros abuelos, la enigmática cortesía de un desconocido, la perfección de cuatro acordes bien puestos, la sabiduría de cualquier persona que te resulte interesante, la necesidad del cariño y la comprensión mutua, la facilidad para vender sentimientos y llevarse recuerdos a cambio, la nostalgia de una noche única en un bar de mierda, o la devastadora sensación de que hoy no es ayer.

Y eso, los que hayáis llegado hasta aquí, solo os digo que la vida es una grande y oscura mierda, y entre ella, a veces, encontramos un placer efímero, un segundo de éxtasis, un reducto de felicidad instantánea. Y joder, puede que merezca la pena. Pensadlo.

Ah, y escuchad a Antílopez (no hago spam, es que son los jodidos amos).





13 de febrero de 2016

Idiotas sin futuro

Hacía tiempo que no oía hablar a nadie que fuera digno de ser considerado soñador. Según la RAE, que para estas cosas es la puta ama:

Soñador, ra  Del lat. somniātor, -ōris.
1. adj. Que sueña mucho.
2. adj. Que cuenta patrañas y ensueños o les da crédito fácilmente. 
3. adj. Que discurre fantásticamente, sin tener en cuenta la realidad. 

A pesar de venerar a todos los entendidos en lengua castellana, no puedo más que entrar en desacuerdo con esta mierda de definición, que deja totalmente de lado el ámbito más humano del calificativo de soñador.

Un soñador debería ser toda persona que se atreviera a pensar y a vivir la vida según los dictados de su propia mente, que viviera el presente y creara su futuro de acuerdo a sus propias convicciones como un artista crea el borrador de su obra. Y bueno, poco más. En el lenguaje popular podemos encontrar sinónimos como “muerto de hambre, idiota sin futuro, persona sin recursos, parado que no da un palo al agua, loco egocéntrico, gilipollas que siempre está en las nubes, rarito, friki, artista de poca monta, …”.

Pero, sin embargo, no creo que haya persona que sea más envidiable en el mundo que un soñador, de los de verdad, no de esos pseudotontos que un día deciden hacer un “simpa” para experimentar. Y bueno, que vaya gozada haber nacido un soñador de los que no se preocupan por las críticas, por las malas caras, por el agujero en el bolsillo, por los ojos entornados, por el no en un bar a las 5 de la mañana, por los calcetines de colores que asoman por encima de las botas, por el rímel corrido, por los corazones rotos al irse de Erasmus, por la depilación láser, por el futuro incierto y el trabajo casi gratis, por las recuperaciones en verano, por el amor no recíproco, por las ojeras y los ojos rojos, por levantarse a las seis de la mañana, por beber diez copas de más, por la gotas de lluvia en las gafas, por las arrugas de la camisa, por la pareja a los veinte, la casa a los ventipocos, los hijos a los treinta, la jubilación a los setenta, o la muerte repentina. Y, en fin, que se preocupan tan poco por las gilipolleces a las que los demás les damos relevancia vital, que viven casi al borde de la muerte sin morir, experimentando las situaciones cotidianas a un nivel que la mayoría ni podríamos imaginar.

Y todo esto viene de que yo estaba ayer en algún lugar de mierda probablemente, y descubrí a un soñador de los de verdad. Y habló de muchas cosas de las cuales filtré la mitad porque mis conocimientos socioculturales aprendidos desde mi infancia me decían que era un rarito, un excéntrico y un muerto de hambre, pero sé que me dijo que persiguiera mis sueños. Joder, con lo bien que estaba yo, allí, viviendo mi vida socialmente aceptable y acomodada, y llega un mierdas y me dice que no, que mi existencia es un error 404 not found. Y según hablaba me di cuenta de que era de los de verdad, nada de loco ni egocéntrico, sino soñador según la definición más radical del término. Así que me quedé allí, escuchando sus tonterías durante quizá demasiado tiempo, sabiendo que todo lo que decía lo sentía de verdad, y que quizás yo nunca pudiera llegar a vivir nada de lo que él me contaba. Me dieron ganas de salir de allí, empezar a dejar de buscarme la vida de acuerdo a la situación económica mundial, y ser lo que de verdad sería si mi vida fuera una película de Godard. Pero luego me di cuenta de que tenía que marcharme corriendo a seguir estudiando y me despedí del soñador con una risa de complicidad y poco más.

Y nada, yo que me considero amante de la vida y esclava de la realidad aplastante, solo tengo como aspiración en la vida llegar a ser una pseudotonta que un día decide hacer un “simpa” para experimentar. Y es una putada.



1 de enero de 2016

¿Feliz? año nuevo

Estoy tan confundida que no tengo ganas ni de hablar. Pero no puedo callarme ni un segundo. La sensación contradictoria de ser tan feliz y tan triste al mismo tiempo es una putada. Y es lo que siento cada vez que se me va un año de vida. Os lo comento para que vayáis tomando nota. 
Quiero que todo el mundo al que conozco le toque la lotería y que me invite a cenar a uno de esos restaurantes en los que hay que reservar con meses de antelación. Quiero que os caséis los que tengáis edad y que os enamoréis los que aún estéis buscando una media naranja o un medio limón pocho o lo que sea que busquéis. Quiero que encontréis el trabajo soñado de vuestras vidas, o que saquéis los cincos que necesitéis para aprobar el grado, o que encontréis la puta vocación que no encontráis por ningún lado o que habéis perdido por culpa de los exámenes de enero. Quiero que conozcáis a mucha gente, pero solo a gente que os caiga bien. Quiero que hagáis muchos amigos, de esos que duran para toda la vida, o de los que te abandonan después de haber tomado demasiadas copas. Quiero que comáis de todo los que os guste hasta reventar y que conservéis el tipín, las curvas o los michelines que os apetezcan. Quiero que viajéis al lugar al que siempre habéis querido ir, a la Patagonia o a Berlín, o que os quedéis tumbados en el sofá viajando solo para alcanzar el mando de la tele. Quiero que vayáis al cine cada día, o al teatro, o al bar de la esquina, y que os evadáis de toda la mierda del mundo. Quiero que no os pase nada malo, que no tengáis accidentes, ni que se os muera vuestro primo tercero, ni que os cortéis con las tijeras de punta redonda, ni que suspendáis esa asignatura del segundo cuatri que todo el mundo suspende. Quiero que seáis libres, libres para elegir dónde cagar o a quién votar, libres para hablar de lo que queráis o con quien queráis, libres para criticar, cantar, mirar de reojo o besar lo que os de la gana. Quiero que no os equivoquéis nunca, sea eligiendo un postre o una carrera, una pareja o unos zapatos para la cena de fin de curso. Quiero que tengáis suerte, que os lluevan las oportunidades para trabajar en lo que queráis, o para ir de espectadores a la tele. Quiero que queráis con ganas y que os quieran de vuelta. Quiero que nunca tengáis que pedir perdón por rozar la teta de vuestra abuela o hablar en mitad de una misa. Quiero que no lloréis, que no tengáis nada de lo que preocuparos y que vuestro año sean solo risas, de la buenas, no de esas mierdas que hacemos cuando estamos asustados. Quiero que sintáis lo que queráis sentir, que probéis esa bebida o esos labios que nunca os habíais atrevido a probar, y que salgáis victoriosos del duelo. Quiero que viváis muchos años, que no me dejéis nunca, que no me olvidéis, que llevéis una foto mía en vuestra cartera y una grabación de mi risa en vuestra mente, quiero que me queráis como os quiero y que sepáis que os quiero más que a mi smartphone. 

Pero por si no os lo imaginabais ya, yo os lo digo. Yo no quiero un año lleno de alegría, amor y dinero. Quiero un año con momentos tristes, incómodos e imprevistos. Quiero que me hierva la sangre de ira cuando discuta con el limón pocho de mi vida, quiero frustrarme cuando acabe de ver mi serie favorita, quiero llorar cuando pierda mi móvil en algún bar después de una borrachera, quiero asustarme cuando crea que mis amigos se han olvidado de mí en una noche de fiesta, y quiero hacerme daño cuando baile un canción de los ochenta y me resbale y casi me mate. 

Pues eso, que quiero un año de mierda con pequeños momentos de felicidad extrema. Y bueno, os deseo lo mismo, y a parte de eso, mucha felicidad, amor y suerte.





6 de octubre de 2015

Pensar es gozar

Vivimos en unos tiempos en los que ser joven ya no significa ser crítico o rebelde, simplemente ser pobre y estar de más. Unos tiempos en los que los niños cargan con kilos de apuntes al cole, y después se llaman empollones entre sí. Una época en la que muchos han perdido las ganas de proponer nuevas ideas, clamar ante las injusticias y contradecir a los políticos. Un tiempo en el que pensar por uno mismo equivale a ser un antisistema. En el que hacer huelga es no preocuparse por la estabilidad del país y de tu propia economía familiar. Vivimos en una sociedad que tiene mucho que decir pero que tiene miedo a decirlo. 
Pero se avecinan tiempos más oscuros, de esos de los que se hablaban en 'V de Vendetta', de los de la muerte de toda capacidad de pensar por nosotros mismos, de ser críticos y de argumentar nuestras opiniones, y al fin y al cabo, de los del fin de nuestra libertad.
Ahora, yo solo venía a deciros que criticar siempre está de moda. Solo hace falta dirigir esa crítica hacia temas más importantes que la nueva temporada de Gran Hermano. Lo veo factible. Y luego, un poco más difícil, criticar respetando las ideas de los demás. Criticar con sentido común, dando razones para decir que la sopa está fría, que no te merecías ese suspenso, que la nueva pareja de tu ex no te llega a la suela de los zapatos, que hace frío pero más frío hace en tu pueblo, que como las lentejas de tu madre ninguna, que esos pantalones no han sido su mejor elección, que no quieres decirlo pero ese bebé es feo y punto, que la concepción virginal de Cristo no tiene bases lógicas, que la economía va regular, que decidir qué hacer con tu cuerpo es cosa tuya, que la nueva reforma de educación es una mierda, o que la filosofía es la clave para formar personas independientes y con sentido crítico.
Y eso, que estoy muy nerviosa porque ya me han dicho varias veces que qué bien que no van a tener que volver a estudiar en su vida ese tochazo de asignatura. Y yo solamente pienso en su futuro, los pobres, qué vida más insulsa tienen que llevar opinando sin saber, hablando por hablar, y diciendo que sí delante del televisor. Me dan penica. 

Y ahora me tacharéis de demagoga pura, pero por lo menos habré conseguido que me critiquéis.



22 de julio de 2015

Sobre verdad y mentira en sentido extramoral

"No creo en nada ni en nadie."
Reflexionemos un momento. Nada es nada y nadie es nadie. No creer en nada significa creer en algo, y ese algo es la nada. No creer en alguien significa creer en alguien, y ese alguien es el nadie.
"Nada ni nadie pueden detenerme."
A ver. Sí pueden detenerte. Nada y alguien pueden detenerte. No es que sean dos algos, en realidad son dos nadas. Dos nadies. Dos vacíos.
"Nadie sabe nada."
¿Entonces ese nadie sabe algo acerca de esa nada?

Podría seguir pero nada contribuiría más a la exasperación que os está produciendo leer estas mierdas.

Así que más o menos he empezado a escribir porque me aburría y lo primero que se me ha pasado por la cabeza ha sido esa primera frase de protagonista/héroe/galán/villano de película: "No creo en nada ni en nadie". Y de ahí, he tirado para adelante. Sin más.
Lo que yo de verdad quería deciros es la maravillosa tranquilidad con la que soltamos frases de héroe o más bien de abuelito frustrado tales como: "A nadie le importan mis desgracias" o "Nadie me comprende." o "Nada podrá jamás saciarme.". Y ale. Sentenciado. Tú te quedas tan a gusto y los demás ponen cara de gran respeto hacia unas palabras a primera vista profundas pero que en su cabeza no son más que monos haciendo sonar unos platillos. 
O sea que todas las palabras que intentan expresar tu rabia o insatisfacción para/con el mundo, tu familia, tu pareja, tus vecinos, la cajera del Carrefour, o esa señal de Stop tan mal puesta, todo esas frases profundas, se convierten en simples atracciones de feria en la cabeza de tus oyentes. Y bueno, si eres sincero, y te escuchas cuando hablas, ciertamente suenan más como un chiste que como una expresión sincera de tus sentimientos reprimidos. No creo que a nadie le produzca realmente congoja el que una niña de cinco años diga: "nadie me comprende.", sino más bien algo de gracia. Y el que tú digas que "nadie ni nada pueden detenerte" no creo, sinceramente, que impida a tus padres prohibirte ir a una fiesta en tu adolescencia. Sin más. Más que palabras son sentencias. Pero sentencias para nada reales, sino más bien palomiteras, ficticias, anticuadas, jocosas. Que no tienen valor alguno. Nada. 
Así que no quejarse. Salid, infieles del mundo. Salid y gozad de todo aquello de lo que se os priva. Gozad de ser libres y de la certeza de estar vivos. Bailad, malditos. Bailad hasta que se os muera la vida, y se os congele el alma. Corred y quemad los caminos, derribad los muros, militad el tiempo, acorralad vuestros miedos. Y luego, sí, volved a vuestras casas, abrid una cerveza, tumbaros en el sofá y decid: "nada ni nadie podrán levantarme de aquí". 




26 de mayo de 2015

Descanso de estudiar

Menos mal que aún se aprecia el valor de las pequeñas cosas.

Puede que ahora mismo estemos recluidos en una isla, lejos de todo y de todos, y que hayamos arrasado con todas las barcas que nos podrían salvar de esta continua desidia.
Pero bien, yo he venido aquí a hablar de mi libro. Os resumo. Ya sé que estáis ahí, sentados, con el facebook en una mano, y los apuntes en la otra, y bueno, el “qué coño está diciendo ésta” en la cabeza, “estoy perdiendo el tiempo leyendo esta basura y ya he desaprovechado 5 segundos de estudio”.  Pero bueno, no es culpa vuestra. Reconozco que yo, y cada vez más, siento tal necesidad de poseer cosas, gente y tiempo, que me reiría si viniera a mí un genio y me regalara la mismísima felicidad eterna. Cuando meto la cabeza en un libro sabiendo que tengo un reloj que pone al tiempo contra mí, cada segundo que pierdo mirando por la ventana, me reconcome la conciencia. Si habéis leído hasta aquí, os felicito, puede que ya no aprobéis vuestro siguiente examen.

Pero una cosa, oye. Al lío que hay prisa. Si cada segundo de mi vida estuviera pensando en que he desaprovechado ese segundo, la vida sería una mierda. Pensando, rápidamente, las mejores cosas de la vida no necesitan ser medidas ni preparadas. Las mejores cosas, las que cuando te están pasando sientes que nada podría perturbarte en ese instante, y que cuando pasan, necesitas refugiarte en ellas si estás agobiado; esas cosas, son las que hacen que la vida sea menos estresante, irritante y desesperanzadora.

Sin embargo, ahora, el amor por las cosas tan tangibles que nos queman supera cualquier atisbo de aprecio por las pequeñas cosas. 
Por eso, solo he venido aquí para que separéis un minutito (60 segundos) la cabeza de los libros, el subrayador de los apuntes y el red-bull de vuestras bocas; y deciros, que algún día, cuando estéis asentados en vuestra acomodada vida de adultos de clase media, recordéis el rayito de sol que os despierta por las mañanas,  el olor a suavizante de vuestra camisa favorita, las cañas que os tomasteis con vuestros amigos del insti, de la universidad, del trabajo, la risa de vuestra madre, ponerse al sol en primavera, vuestro 'gogo' preferido de infantil, el acogedor tacto de vuestra cama al volver de fiesta, el zumo de naranja del desayuno, la mirada antes de un beso, la forma de correr tan graciosa de vuestro mejor amigo, la letra de vuestra canción favorita, la brisa en un día de calor inaguantable, el olor a palomitas calientes, el sonido del timbre del instituto, la primera palabra pronunciada por vuestro hermano pequeño, primo o hijo, el sonido del corazón contra el pecho en vuestro primer enamoramiento, las lágrimas de vuestra primera crisis emocional, el día que os quitasteis la bata de infantil para empezar primaria, la fotografía borrosa de vuestro antiguo grupo de amigos, o la melodía de vuestra serie de televisión favorita.
Y bueno, si consigo que recordéis esto para ese momento, entonces, sí , podré decir que: 'menos mal que aún se aprecia el valor de las pequeñas cosas'.

Bueno, y eso, ya. Seguid estudiando y dejad de leer estas basuras, joder.





17 de abril de 2015

Por una canción...


Ayer vi una película. En el final de ella, sonaba la canción ‘Just in time’ de Nina Simone. Mientras, una chica bailaba imitando a Simone en un concierto que había visto años atrás, y un chico la observaba y reía sentado en un sofá. La canción acompañaba al momento perfectamente. Y en ese instante no sabía si era la canción la que formaba parte del momento, o el momento el que formaba parte de la canción.

Y entonces empecé a pensar en las canciones que me gustan, las que de verdad me gustan, esas que como a alguien a quien te importa no le gusten, se te revuelve el estómago. Y me di cuenta de que la mayoría tenían su momento. El momento en el que estabas estudiando un domingo para el examen del lunes y te estabas desesperando, sudando, y al borde de un ataque de nervios delante de los jodidos apuntes, y llegaba tu padre con la guitarra y cantaba a Chavela Vargas. Y tú que no sabías qué narices era eso de la Llorona, irremediablemente tenías que agradecerle que te hiciera olvidar las putas integrales. Y ya está, a partir de entonces esa era una canción-momento. Una más de esas que vas a amar toda la vida y no solo por una voz rasgada, o una letra profunda.

Y ese otro día, en el que estás viendo una película con tus amigos, esos de cuando eres tan joven que de verdad piensas que son únicos y perfectos, y la película también va de eso, de amigos y gilipolleces, y suena una canción de David Bowie, y entonces la canción recorre tus pensamientos, y capta el momento como una polaroid. Otra canción-momento para el recuerdo.

O ese otro momento, en el que tienes seis años y suena La oreja de Van Gogh en el coche de camino al colegio, y cantas al ritmillo junto a tus padres porque, joder, ese año es un puto éxito y está en todos los lados la cancioncita. Pero bueno, puede que hasta los doce seas la mayor fan y todos tus momentos se reduzcan a eso, a momentos-canciones o viceversa.

Y ese bar ochentero en el que al principio te sientes como un intruso modernillo, pero al que vas porque tampoco hay tanto para elegir. Y entonces escuchas lo de “Dame una sonrisa de complicidad” o lo de “A quién le importa lo que yo haga”, y empiezas a saltar como un loco con tus amigos, y las cervezas se van amontonando, y ya no quieres salir del maldito bar porque los momentos son demasiado guays como para bailar reggaeton.

Y esa tarde oscura en la que no tienes ganas de hacer nada, y te pones a buscar canciones en spotify porque para qué vas a hacer cosas productivas. Y descubres LA canción perfecta para esa tarde. Y ya no es una tarde cualquiera.

O esos amigos artistas que tocan y cantan de una manera que te hace creer en que la música es la mejor y más eficaz arma, y entonces empiezan a cantar sobre dejarse llevar y aeropuertos y jugar al azar. Y ya sabes que ese momento estará para siempre en esa canción. Podrás escucharla cien veces en todos los lugares y situaciones posibles, y siempre te recordará a un verano granadino.

Y así, con cada una de las canciones que no puedes parar de escuchar sin recordar una cara, una puesta de sol, una farola, un color, una sonrisa, una voz, una habitación, una carcajada, un bar, un gesto. Una canción que no puedes olvidar, porque si te la roban, te quitan el momento, el recuerdo de tu vida, tu propia biografía.

Soy consciente del nivel de cursilería del discurso, pero cuanto más crezco más idiota me 
vuelvo. Solo sé que ahora amo a Nina Simone, y es por algo.








25 de marzo de 2015

La delgada línea entre el ser, y el querer ser, y el querer ser a cualquier costa


Siempre, a cada hora, soñaremos con un futuro incierto, de camillas de hospital, o bares de mala muerte, o clases de instituto, o juzgados, o edificios gubernamentales, o luces y cámaras, o partituras, o un ordenador sustituyendo a una máquina de escribir.  Y aún ni siquiera sabemos si viviremos para contarlo. Cada día que pierdes, la vida ha avanzado a un ritmo de 2x, y tu cabeza ya soñaba desde el 96 a 16x. Luchar, cantar y dormir es el resumen del hueco que queda entre el ser y el querer ser. Saber a ciencia cierta que tus libros y tus sueños sirven para algo es algo que no sabes hasta que ves a la parca.

No puedo vivir sin ti. No hay manera. 

Persona, cosa, idea o hierba, todo se reduce a creer que la vida se reduce a eso. Y no os encontraréis nunca satisfechos, porque la satisfacción es algo que solo puede alcanzar el que no quiere ser nada, y es por inercia. Vivir aparenta ser más fácil cuando ser a cualquier costa se encuentra por delante en tu lista de prioridades.

Y ahora piensas. Tu persona de referencia, la persona de tu vida sin saberlo, la que hace todo aquello que envidias, la persona por la que luchas, a la que sonríes, la persona que baila siempre en todas las fiestas, la que siempre cuenta esos chistes malos, la que te da buenos consejos, la que te los da malos, la que parece ser tu mejor amiga, la que trabaja en recepción, el conductor del autobús que coges todos los días, el autor de tu libro favorito, tu médico, el gordito de tu clase de primaria, el que te caía mal, las gemelas a las que siempre confundías, los novios que eran tan pegajosos, la profesora de la que no parabas de quejarte, el profesor al que adorabas por encima de tus posibilidades, cada una de las señoras que refunfuñaban en el autobús, el buenorro de los martes, la bailarina del ballet ruso que viste una vez, el cantante borracho y loco al que adorabas, tus compañeros del cole, del instituto, los de la universidad, tu novio, tu novia, tus amigos de paso, tus amigos de siempre, tus padres. ¿Solo eran, querían ser, o querían ser a cualquier costa? ¿De verdad las personas se dividen en tres categorías inútiles?

Somos simples. Son simples. Primero, quieres ser, luego ser a cualquier costa, y finalmente, eres; justo cuando te estabas empezando a dar cuenta de que nada ha merecido la pena. Te das cuenta de que todos han estado, están y estarán tan jodidamente perdidos como tú, solo que algunos lo esconden mejor que otros.






12 de marzo de 2015

Pero de verdad te quiero

Si las guerras dependieran de las dos palabras más odiadas de la tierra, seguramente nos hubiéramos extinguido. Cada persona de clase media, estudiante o trabajador, o rico, empresario, médico, cantante, presidente, o ¿sacerdote?, encuentran en estas letras un sin sentido ridículo, ansiado, extraño, incierto, pesado, oscuro, envenenado, animado, absurdo, prometedor, o incluso terrorífico. Por supuesto, hablamos de personas, y no podría ser de otra manera. Si fuera tan fácil ¿qué gracia tendría que en el Olimpo jugaran a los dados? Si los niños juegan creyendo más importante sus risas que un beso en la mejilla, los adolescentes se mofan inconscientemente de un algo absurdo, anticuado y ridículo, y los jóvenes se ciegan y sobrepasan el límite de sus lágrimas y sábanas, y los adultos pelean con la palabra tanto que la estrujan y la convierten en platos rotos y papel, y los ancianos vuelven a jugar creyendo que al fin y al cabo, la risa compensaba. Somos como niños, y jugamos a juegos de mayores, os diréis. Bueno, crecer nunca estuvo de moda. Y en el amor menos. Shakespeare, te quiero. 

Y luego diréis que somos cinco o seis. 

Y el amor juega a la ruleta rusa otra vez ¿Serás tú? Seguro, si todos somos reyes, todos somos esclavos de amar y ser amados.

Y ahora, el amor no existe, son los padres. Quizás, pero sigue pensando en sus ojos, y tú en su sonrisa, y tú ríete de sus chistes sin gracia otra vez, y tú finge una vez más que te encanta esa música horrenda. Hacedlo, de verdad. Me hacéis gracia cuando luego negáis ser presos de un Cupido estúpido y ridículo. 
Y la raza humana llora, de nuevo. Llora y ríe por eso. Qué cosita es. 






20 de febrero de 2015

Querido yo:

Veamos películas de Godard, y finjamos ser alguien que no somos.
No es que queramos adelantar o atrasar el reloj. Es que la vida es corta. O eso me dice todo el mundo. 
Caminemos descalzos por la calle, porque no sé, siempre he querido hacerlo, no se me ocurren razones.
Vayamos a un karaoke, hoy o mañana, pero si no vas a querer cantar desafinando, no vengas, que si no no me puedo reír de ti, contigo, eso.
Hagámonos pasar por famosos, tú la gabardina y las gafas de sol, y yo el vestido ese de Zara que parece de Elie Saab y los tacones de la suela roja.
Cojamos la cámara y fotografiemos a esos niños jugando en el parque de enfrente. Las fotos ya no se revelan, pero quedarían muy bien colgadas de la pared ¿no crees?
Recemos, no sé, nunca lo he hecho, será divertido; bueno, enriquecedor quería decir. Lo de confesarme no, eso ya sería demasiado. Estarás de acuerdo, espero.
Coge el coche. Vamos a París. Bueno, donde quieras, esta vez no te obligo. Pero no reserves hotel, que si no, vaya mierda de aventura.
Riámonos de la gente esa que se parece a sus perros. Ser educados es muy difícil en esos momentos, siempre me acabo poniendo roja, y es peor.
Juguemos otra vez al parchís, como cuando éramos pequeños. El ajedrez es para pensar, y no me apetece, qué quieres que te diga.
Robemos algo. No sé, ¿unas bragas de los chinos? Bueno, en los chinos mejor no.
Durmamos un día entero, 24 horas. Y luego no pensemos en que hemos perdido el tiempo, por favor.
Comamos con las manos. Sé que es raro, pero dime que nunca has querido hacerlo. Eso, y estirarme en la mesa son mis dos ambiciones más preciadas.
Bailemos ahí, bajo la lluvia. Lo sé, qué típico. Si no quieres, ya voy yo, y si me divierto te aguantas. Puede que me ponga mala, pero bueno, Gene Kelly estaría orgulloso.
Hablando de bailar, esas clase de claqué que siempre quisimos tomar, creo que ya va siendo hora.
Vayamos otra vez a aprender francés. A este paso el Je m'appelle se me va a olvidar, y el Je t'aime va a quedar obsoleto.
Bañémonos desnudos. En serio, a estas alturas ya la vergüenza ni tiene significado en mi diccionario.
Brindemos con champán. Sé que no me gusta pero siempre estará el champín.
Cierra la puerta, y escuchemos jazz. Hace mucho tiempo que no lo escucho, y solía encantarme.
Vayamos a pasear al parque. Y juguemos en los columpios. Lo echo de menos.
Y luego vayamos a la bolera. Ni un pleno ni un bolo si me apuras. Pero las risas son las risas.
Démonos un baño. Con lo de ahorrar agua, creo que ese concepto ya ni existía para mí.
Cerremos los ojos, y soñemos despiertos. Solo un poco. Vivir la vida será más fácil luego. O eso creo.
Tirémonos en paracaídas. ¿No tienes curiosidad? Odio las montañas rusas y las emociones fuertes, pero, qué mas da. Puestos a hacer algo, volar no tiene mala pinta.
Hablando de pinta, siempre he querido pintar sobre un óleo. Los grandes lo hacían, creo que podría salir un Miró de ahí.
Vivamos rápido y despacio a la vez. ¿Crees que es posible?







4 de febrero de 2015

Basado en hechos reales

La ficción no es ficción, sino una copia de una copia de una copia... no, en serio. He oído a gente decir que no le gusta ir al cine o leer libros porque no es algo real. Mi cara nunca tiene desperdicio en ese instante. Muchas veces olvidamos que somos nosotros mismos los creadores de todo eso. Que esas cosicas a las que llamamos arte, no se nos han puesto ahí por la Divina Providencia. Que si el ser humano se llama humano, es por eso, y un par de descubrimientos científicos. Que las historias que queremos reflejar en canciones, discos, o servilletas de papel, se basan en nuestras vidas. Que si un extraterrestre viaja a nuestro planeta, llora, o mata. Que si a un padre y a un hijo les llevan a un campo de concentración, el padre hace lo que sea para que su hijo no sufra. Que si una chica te gusta, tú le regalas los narcisos amarillos que hagan falta. Que si ves un cometa, pides un deseo. Que si juegas a encontrarte por París con una mujer, al final lo haces. Que si en una comarca unos hombrecillos encuentran algo muy poderoso (véase, un anillo), algunos no lo dejan escapar, y otros hacen lo que sea por el bien de los demás. Por el amor de Dios, si hasta en una galaxia muy lejana, en una ciudad llena de hombrecillos azules, y hasta bajo el mar, la gente se enamora.
Que mentirte en cada escena sería de mal gusto. Que los personajes son personas, y las historias, realidades. Que eso existe, que la ficción se fundamenta en la realidad, Que puede que la purpurina, la exageración o la pomposidad, sean eso, purpurina, exageración y pomposidad. Pero que cada sensación, cada lágrima, beso o grito de ficción, van siempre precedidos de una escena de nuestra vida. Una conversación en un bar, una mirada en el vagón del metro, un baile en una discoteca, una libreta de una clase de instituto, una caja de bombones en la sala de espera de una primeriza, una madre peinando a su hija, unos amigos discutiendo, unos niños jugando en el parque, una marca de pintalabios en la mejilla, un abrazo en el aeropuerto, una caricia en el pelo. Miles de recuerdos que no han necesitado ser escritos para ocurrir. Pero que ahí están. Iguales, clavados, de una manera u otra delante de tus narices, diciéndote: "mírame, estoy en forma de bits o papel, pero soy real, soy como tú y la gente que conoces". Todo está basado en hechos reales. Ah, y por favor, no me volváis a decir que es que todo es tan bonito en las películas, ¿acaso vuestra vida no lo es? 




6 de noviembre de 2014

Nos sobran los motivos


Más que nada estamos aquí para amar. Para gritar. Para follar. Para sacar la mano por la ventanilla del coche. Para saltar sobre los charcos. Para tirarnos en la cama. Para lanzarnos en bomba a la piscina. Para aporrear la guitarra. Para silbar la Internacional. Para ponernos al sol en invierno. Para beber a morro. Para espiar al vecino por la ventana. Para reír. Para escuchar canciones con letras que no entendemos.  Para tirarnos vino en la camisa. Para despeinarnos con un beso. Para tragar agua de mar. Para marearnos al dar vueltas. Para caernos yendo en bicicleta. Para mojarnos bajo la lluvia. Para bailar canciones ochenteras. Para llorar cerrando los ojos. Para desabrocharnos los pantalones. Para poner el puk al móvil. Para mirarnos al espejo. Para acariciar unos rizos. Para ocultar las marcas del sol. Para secarnos las lágrimas con la manga de la camiseta. Para pisar arena mojada. Para estornudar. Para sudar bajo las sábanas. Para rozarnos con el zapato. Para aprender inglés nivel medio. Para reiniciar el ordenador. Para darle al botón equivocado en el ascensor. Para suspender el carnet de conducir. Para trasnochar. Para tragar humo. Para mirar fijamente la tele. Para dormir en el sofá. Para no hacer ruido con las palomitas. Para lavar el coche en la gasolinera. Para compadecernos de nosotros mismos. Para dar malos consejos. Para correr detrás de la policía. Para agobiarnos. Para ponernos rojos. Para sonreír delante de la cámara. Para llegar tarde. Para comer el postre. Para rascarnos la marca de los calcetines. Para crujir los dedos. Para mancharnos de tipp-ex. Para resbalarnos cuando nieva. 
O más que nada estamos aquí para vivir poquito a poco. Para evitar la cuchilla, los puentes, el monóxido de carbono, las pastillas y la cuerda. Para arriesgar. Para disfrutar. Para joder. Para darlo todo y después desvanecernos sin arrepentirnos de no haber vivido de puta madre.




24 de agosto de 2014

Sundays, bitch


¿Por qué me dejáis sola los domingos?

Es una sensación extraña, los domingos. Me río de mí misma, me deprimo, miro por la ventana con nostalgia, repaso las fotos que tengo en el móvil, bebo café con leche, veo comedias para no pensar en nada, y acabo odiando el humor absurdo. Pienso demasiado en la vida, en mi vida, en el pasado, destruyo cada recuerdo y lo reconstruyo en un afán desesperado por mejorarlo, me doy cuenta de mi soledad, de lo vacía que es en realidad mi vida, de lo mucho que odio el olor del rape, o el sonido del taladro del vecino, me desquicio y grito en silencio para no alarmar a la familia, después me doy cuenta de lo gilipollas que soy y escribo chorradas en twitter para llenar un poco mi vacío existencial. Y acabo por coger un papel lleno de planes sobre mi futuro y un boli sin estrenar, y sigo escribiendo mierdas sobre mi vida y esas cosas.
Qué putos son los domingos. Y qué reputos son sin compañía.




20 de agosto de 2014

Nosotros, vosotros y ellos

Y esa facilidad que tenéis para pedir un sorbete de limón, escuchar vuestra ópera favorita mientras arrasáis con una bolsa de patatas fritas, doblar la esquina de esa novela a modo de marcapáginas, caminar por la calle dando saltitos al ritmo de una canción del verano, comer melocotón mientras habláis del tiempo, sonreír falsa pero amablemente ante vuestra profesora de primaria, llorar delante de una pantalla de cine y escupir palomitas mal horneadas, colocaros el pelo detrás de la oreja despreocupadamente, desayunar cereales de marca blanca, salir con los amigos de diez a dos, ajustaros el tirante del sujetador o la goma del slip con pudor, saludar a desconocidos creyendo reconocer a vuestro primo segundo, tomar una copa de más mirando el reloj, girar el pomo de la puerta despacito al entrar en casa, ir de puntillas mientras os arrepentís de haber comprado unos zapatos tan baratos, resbalar en un escalón y levantaros riendo, contar chistes con poca gracia y poneros colorados, girar la vista para no tener que saludar, mirar el móvil mientras esperáis a que llegue un amigo, tocar las palmas a ritmo de cinco por ocho o desafinar una guitarra afinada, silbar para disimular que estáis borrachos, sonreír para no quedar mal ante el novio de la amiga de vuestra prima, leer las instrucciones de un juego de mesa para después inventaros las vuestras propias, rallar vuestro disco favorito y buscarlo rápidamente en spotify, mirar por la ventana para evitar hacer el trabajo de la facultad, sonreír horrorizados ante el corte de pelo de vuestro mejor amigo, llevar el pie al ritmo de esa canción de los ochenta, estornudar por el polvo que levantáis al sacar de la estantería vuestros cuadernos del colegio, agobiaros ante una semana con más exámenes que días, bailar en las bodas con un familiar que acabáis de descubrir que existe, golpear el mando de la televisión para que vuelva a funcionar, gritar desde la otra punta de la barra que si los demás quieren vaso para la cerveza, sentiros Dios al cruzar un semáforo en rojo en una calle desierta, grabar vuestras mejores carcajadas en un bar del centro, poner vuestra propia letra a una canción para describir vuestro aspecto a las seis de la mañana, fotografiar el aspecto del sol al anochecer en un ataque de inspiración tras ir al baño, ajustaros la correa del reloj un poco más fuerte cada día, acariciar una mejilla para demostrar que alguien os importa, meteros el pelo en los ojos durante un beso, sentir que hace frío y buscar la chaqueta más a mano, susurrar tonterías al oído para deshaceros de ese pesado, comer hamburguesas para dar por culo a la dieta, pensar que el exterior no lo es todo pero ayuda, imaginar que o acabaréis locos, o bohemios, o enamorados, o trabajando en el Carrefour, predicar con el ejemplo a vuestros hermanos pequeños acabando las frases con un ´joder´, agitar los brazos cuando veis que se van a cargar al protagonista de la película, mirar a los ojos en señal de atención o insatisfacción sexual, pegar un portazo e iros a tirar la basura, saber que a pesar de todo, sois, somos humanos.











16 de junio de 2014

Gracias



Época estival, desde luego. Verano de nuestras vidas, por favor. Inicio del adult(erio), sin duda. Placer sin compromiso, sí amigos.

La generación del desastre, nuestra generación, la del botellón y la de 'Lizzie McGuire', sale de su reducto para bachilleres con acné y empieza a comerse el mundo. El gorro al aire, las pegatinas a la basura, el mezcal con mucha sal, y se da comienzo a la verdadera juventud al más puro estilo 'Trainspotting'.
Pero no es más lo que nos queda por descubrir, destrozar, exprimir, experimentar y twittear, que lo que dejamos atrás. Si la mucha tontería que desprendemos por la piel, la empleamos en mirar atrás y echar de menos, nos podrían echar de nuestro grupo de amigos por exceso de gilipollez congénita.
Ahora bien, si damos unas vueltas por nuestra vida durante cinco minutos, y pensamos en todas las anécdotas que podemos recordar al momento; eso, eso no será melancolía o nostalgia injustificadas, sino una cura para todo lo que se nos viene encima.
Yo, por mi parte, decir que mi vida ha pasado de ser una mierda a ser una fiesta de una manera continuada. Los momentos y personas se agolpan en mi mente como la espuma de una caña recién tirada.
No puedo más que agradecer a esos niñatos (todos lo éramos, recordad) que ponían seudónimos a las personas que les gustaban, que lo único que disfrutaban del comedor era el postre, que inventaban coreografías para las canciones del  verano, que veían telenovelas a la hora de comer (unos más que otros), y se morían por quedar un viernes en el parque de al lado del colegio.
No puedo más que agradecer a esos amigos que iban los viernes a tomar un café, que salían al cine una vez a la semana, que soñaban con ser artistas, que sacaban cincos por poner más de lo que les pedían en un examen.
No puedo más que agradecer a esos músicos chiflados que me hacen parecer menos loca, que cantan por las esquinas, que recitan a Calderón de la Barca, que me hacen llorar con solo escucharles, que me hacen reír hasta morir y creer en que salir de fiesta no es solo escuchar a David Guetta.
No puedo más que agradecer a esos amigos que han hecho de un nombre compuesto lo más grande que me haya podido imaginar (MC), que me han hecho sonreír cuando mi gilipollez era tal que lloraba porque me habían puesto un negativo, que me han hecho creer que la biología puede ser divertida si sabes lo que significa el adenosín trifosfato, y que las tardes en un bar con ellos no tienen nada que envidiarle a un guión de 'Cómo conocí a vuestra madre'.
Y, por supuesto, no puedo más que agradecer a todos aquellos que no se han dado aún por aludidos ante estas líneas; porque, si habéis llegado hasta aquí después de todo este rollazo, es que también me llevo un pedazo de vosotros para siempre.


Solo puedo decir que espero la caña del reencuentro con impaciencia. Siempre.

Y gracias.