6 de mayo de 2017

1 reason why

Algo que he aprendido estas semanas, es que no estamos preparados para enfrentarnos a la muerte. Y mucho menos si, como yo, no confías en eso del más allá. Es terrible. Duele. Cansa. Frente a frente, da mucho miedo. Te encoges, te derrumbas, te acojonas, no sabes cómo reaccionar, qué hacer, qué decir. Y es que, ¿cómo puedes reaccionar de alguna manera cuerda cuando sabes que es el final?. Porque eso es, básicamente. Es terrible. 
Pero bueno, no quiero ahondar en las desgracias porque es algo a lo que creo que nunca debiéramos de dar un morbo innecesario. 
Lo que yo quería decir es que solo cuando experimentas de cerca la muerte, empiezas a apreciar la vida. Tengo la sensación de que vivimos por inercia. Aquí estamos. Hala. Hello life, nice to meet you. Estamos por aquí dando vueltas y después de un rato, nos vamos. Está claro. Para mucha gente la vida no significa gran cosa. Para otros, la vida, dicen, es un regalo. Y lo es. Y es terrible. Es terrible que tengas que pasar por cosas no tan buenas para darte cuenta de la suerte de haber aterrizado por aquí. 
Ejemplo. Yo no suelo apreciar la suerte de estar viva. Justo a principios de este mismo año escribí: "Me sigue sorprendiendo que la gente encuentre razones para vivir cuando las hay a raudales para suicidarse." Y esta es básicamente mi forma de razonar irracionalmente cuando las cosas no van como yo quiero. Vamos, cuando la vida me hace la puñeta, o, más bien, cuando la vida sigue su curso y resulta que a mí me viene mal. 
Desde luego, cuando te dejan, suspendes, enfermas, te peleas con alguien, pierdes tu trabajo, o te quedas sin vacaciones, la vida es una mierda. Y bueno, que no sea algo más grave. Que no te roben, peguen, insulten, acosen, o derriben. Entonces sí que es una mierda. Lo pillo. Soy 100% consciente de que entonces la vida puede escocer, y no se calma diciendo que existir es un regalo. Soy consciente porque yo misma tiendo a la melancolía, a ser un poco Hannah Baker, a ser una "drama queen" cuando las cosas no me salen bien. Y resulta que no me pasa nada. Nada que no le pase a los demás. Nada que no se pueda solucionar en esta vida. ¿Entonces, qué me puede llevar a querer acabar conmigo? Está claro que mi propia mente y la sociedad se encargan de ello. Tengo ideas en mi cabeza que no quisiera tener, y, cuando me asaltan las dificultades, me derrumbo, pienso que esto solo me pasa a mí, que nadie me comprende, que ojalá no sintiera, no pensara, no molestara a nadie con mis problemas. Ideación suicida lo llaman. ¿Lo peor? Es una cosa bastante común. Dicen que los índices de suicidios han subido en los últimos años. Se encuentra entre las diez primeras causas de muerte a nivel mundial, y entre los 15 y los 24 años es en torno a la segunda o tercera causa de muerte. Una época muy mala, se justifican. 
Ahora estaréis pensando que he visto demasiado cierta serie que invade las redes sociales en los últimos meses. Pues sí. La he visto. Y ejerciendo de pacificadora, a pesar de ciertos guiones rarunos, me gusta. Lo que plantea es real. Quizá exagerado por el formato serial. Pero real. Y pone los pelos de punta. Ahora, lo que da lástima, o, más bien, rabia, es que tenga que venir Selena Gómez a hablar de algo que es tan esencial. A hablar de la muerte. Del por qué del suicidio. ¿A qué os recorre un escalofrío al leerlo? ¿Y si lo decís en voz alta? Terrible. 
Es terrible que alguien pueda llegar a pensar que morir es la única solución a sus problemas. Pero, vamos a ver, ¿qué podemos esperar de una sociedad que habla de este tema como un tema tabú, casi más que el sexo y las drogas, que piensa que los únicos que se suicidan son los niñatos y los artistas? ¿Qué se puede esperar de una sociedad que enseña a competir para ganar o perder en vez del trabajo en equipo y la solidaridad, que nos divide en simples buenos o malos, en vez de aceptar los matices de nuestra propia naturaleza, que perdona los pecados pero no los derechos humanos? ¿Qué se puede esperar de una sociedad que clasifica a las personas por su apariencia física, que adora el éxito y el dinero, que gira la cabeza a los débiles, que escupe a los distintos, que no da apoyo pero tampoco enseña a apoyarse a uno mismo, y que, al fin y al cabo, ningunea la vida? Pues eso, más bien poco. Se obtiene lo que se cultiva. Y nosotros no cultivamos nada. Por eso buscamos la nada. Porque no nos engañemos. Morir es el final. Y tener fe no puede cambiar eso. Es el final de tu familia, de tus amigos, de tu pareja, de tu trabajo, de tus viajes, de tus aficiones, de tus sueños. Y si alguien decide renunciar a eso por propia voluntad, es que algo estamos haciendo mal.
Enseñemos a querer, a ser empáticos, a ayudar a los demás, a ver a los demás; pero también a tener confianza en uno mismo, crear autoestima, valerse por sí mismo, ganar inteligencia emocional. De poco me puede servir aprender cómo funcionan las conexiones que se producen dentro de mi cerebro, si no sé primero cómo controlarlas. 
Entonces resulta que 13 razones llevan a una persona a acabar con su vida. Algunas graves, como el acoso o la difamación; otras leves, como el enfado con un amigo. Si es que alguna se puede considerar leve. Dice James Rhodes, pianista que intentó quitarse la vida en hasta cinco ocasiones, que para explicar el por qué de ello, necesita contar las cosas tal y como le pasan por su cabeza, a pesar de que parezcan locuras. Le han pasado cosas terribles y es la solución que le pareció más lógica. Por suerte sigue vivo, y dice, que la música le salvó la vida. 
Yo también os cuento las cosas tal y como se me pasan por la cabeza. Y pienso que necesitamos crear salvavidas. La música. Un amigo. Un colegio. Un padre. Es necesario que las personas nos sintamos arropadas. Necesitamos un refugio para huir de la inevitable frustración de la vida. Y ojo, refugio no significa salida, o cueva. Significa ayuda. Ayuda desde que nacemos. Ayuda para sobrellevar la vida y para comprender la muerte. 
La ideación ha rondado mi mente en mis años más débiles, y la sociedad me dice que eso es porque soy una niñata y una pseudoartista. Y yo me lo he creído. Suerte que tengo mi salvavidas a mano. Escribir es mi refugio. Me ayuda a entenderme y a entender. Pero eso no basta. También tengo mis apoyos en forma de seres humanos. ¿Entonces? ¿Qué coño has venido a decir aquí? ¿Qué eres la hostia por haber superado tu traumita? ¿Qué hagamos los demás lo mismo? ¿Qué empecemos a dar sermones a diestro y siniestro?
Está claro que no. Como siempre, no hay más responsable de vuestros actos que vosotros mismos. Ya sois mayorcitos. Sociedad 1- Individuo 0. Pero si me pedís mi opinión, la muerte no mola nada. Hoy lo veo claro. Me gusta ver y escuchar, y oler y sentir, y probar. Y echo de menos más que nunca a gente que ya no está a mi lado. Y eso sí que es algo irreversible. Sin embargo, la vida está llena de posibilidades. Así que si hay 13 razones para una cosa, yo digo que solo hay una razón para la contraria; y esa razón, es la más poderosa del mundo.

Como decía mi abuela: la vida es un regalo.
No la caguéis.







17 de marzo de 2017

Jueves

Esta entrada se iba a titular: "micromachismos", pero me parece mucho más poético y quizá engañoso, como queráis llamarlo, lo de "jueves". Es sencillo y concreto. Simple. Como lo que quiero contar.

Hoy es jueves. Me levanto a las 10 y media. Subo la persiana y miro por la ventana. Hace un buen día, una buena temperatura para ser esta ciudad. Veo a unos chicos en manga corta y pienso: "son hombres, a lo mejor no hace tan bueno". Luego miro al otro lado de la acera y veo a dos chicas en tirantes: "vaya, pues sí que hace bueno". Abro la ventana. Hace fresco pero no se está mal. Llevaré la chaqueta negra. Desayuno. Ayer vi "Kramer vs. Kramer" y me hago torrijas porque me dieron ganas al ver la peli. Meryl Streep y Dustin Hoffman hacen un papelón, pero ella es una bruja. Bueno, en realidad no tiene la culpa. Él no le hacía caso, necesitaba ser libre. No sé.

Mientras pienso en esto, voy al baño, me peino, me hago un moño cinco veces hasta que queda como creo que debe quedar, me pinto la raya, el rímel. Me miro al espejo y me digo: "vaya, esta eres tú, vaya cara, vaya pelos." Pero no me da tiempo a más, miro el reloj, tengo 2 minutos. Me visto corriendo. Bueno, corriendo no. Busco un pantalón campana. Me miro al espejo: "vaya culo, qué horror. Pero bueno, los pantalones molan." Cojo una camiseta de manga corta porque recuerdo que hacía bueno, me pongo la chaqueta. Salgo corriendo, pero antes de salir me vuelvo a hacer el moño. 

Entro en el ascensor. Me miro en el espejo otra vez. Me ajusto el pantalón, la camisa, la chaqueta. Envío un whatsapp: "salgo". Salgo corriendo del portal. Bajo por la calle y miro alrededor. No hay mucha gente. Bueno. Pasa una furgoneta. Me silban. "Oye, guapa ¿no dices nada?". Sigo caminando. No digo nada. Miro a lo lejos. Hay dos señores mayores. ¿Me cambio de acera? Bueno, da igual. Paso entre los dos. La acera es estrecha. "Pasa, guapa. Esas piernas..." Sigo caminando. Me cambio de acera. Estoy llegando casi a la facultad. En realidad no hacía tanto calor. Hace fresco. Menos mal que no salí sin chaqueta. El moño se me ha ido cayendo, me lo hago otra vez. Entro por la puerta y bajo corriendo las escaleras hacia la clase. Me siento. Saco el móvil para silenciarlo. Me llega una notificación de El País: "Última víctima de violencia machista...". No sigo leyendo porque la profesora me está mirando. Me quito la chaqueta, saco las cosas. Escucho. Apunto. "Lo más importante es enseñarle al paciente a usar los inhaladores de forma correcta porque...". Estoy sentada con las piernas abiertas. Pienso que es una forma de sentarse muy varonil. Pero me encanta. Soy idiota, pienso. Ya he desconectado. Pienso en que esta noche salimos. Acaba la clase. Voy al baño. Según entro está un compañero secándose las manos. Le saludo. Es majo. Me sigue sorprendiendo que nuestros baños sean unisex. O por lo menos sean usados por hombres y mujeres. Solo los de esta planta. Me encanta. Aunque siempre están llenos de mujeres. "Dios, somos unas meonas." Me miro al espejo. Vuelvo a clase. Me siento. Escucho. Escribo. Dios, este profesor solo lee las diapositivas. Bueno, ya acaba. Salimos de clase. Me voy a casa. Miro los escaparates. Veo una tienda de electrodomésticos con una mujer en su escaparate haciendo las tareas del hogar. Pienso en mis cosas. Vuelvo en mí cuando oigo a un niño llorando. Su madre: "cállate ya, que pareces una niña." Me giro. Cinco años, creo yo. El niño no para de llorar. Sigo caminando rápido porque tengo hambre. Siempre de camino a casa tengo que pasar por un parque que da mal rollo. Suele haber dos o tres hombres pobres y borrachos hablando y riendo a voces a cualquier hora del día. Hoy hay seis, así que rodeo el parque aunque tarde unos minutos más. Sigo caminando y entro en el portal. Subo corriendo. En el ascensor me miro en el espejo. "Qué horror." 

Entro en casa. Me hago unos tallarines. Mientras como, hablo con mi compañera de piso. "Ayer volví al final a las dos." Joder, sí que se alargó, pienso. No volvió sola al menos, pienso. Me cuenta cosas del día de ayer, de clase, nos reímos. "Friego" dice. Vale. Miro el telediario. Trump sigue con sus vetos. Veo a Melania a su lado. ¿Pero, cómo? No lo entiendo. Apago la televisión. Friego y llamo a mis padres. Están bien. Estoy bien. Cuelgo y me pongo a hacer skype con una amiga. Todo bien. Cierro skype y abro facebook. Nosequién ha ido a Malasia, nosequién ha corrido 3 km. Bueno. Sale una noticia. Un artista sirio ha insertado frases machistas de Donald Trump en anuncios de los años 50. Quedan totalmente factibles. Me asusto. Son frases que ni sabía que las había pronunciado. Me asusto más. ¿Hasta dónde vamos a llegar?, me pregunto. Sigo mirando. Después de varias fotos de viajes veo un vídeo de un youtuber entrevistando a jóvenes por la calle. Le pregunta a uno que qué le parece que se celebre el día de la mujer. "Pues me parece mal. Pues, porque no hay día del hombre. Pues, ¿por qué de la mujer?..." Dejo de ver el vídeo. Normalmente me río. Pero ahora me enerva. Cierro facebook. 

Entra otra compañera de piso por la puerta. Durante casi dos horas hablamos de nosotras, de nuestra vida amorosa, y de la liberación de la mujer. Me gusta hablar así. Improvisando. Se va. Me pongo a ver una serie. Tengo muchas ganas de empezar la nueva temporada de "Girls", así que me pongo a ello. Me encanta. Lena Dunham es brutal. Me quedo mirándola embobada. Ella ha creado la serie, la protagoniza, dirige y escribe. En este capítulo enseña su cuerpo, para nada convencional, en varias ocasiones. Se muestra desnuda y le da igual. Revindica en cada frase que pronuncia. Y a la vez se frustra. (mini spoilers) En este capítulo acaba acostándose con un monitor de surf que está bastante bueno. No me engaño. Pienso: "¿Esto ocurriría en la realidad? Vamos a ver, ella no es el tipo de chica convencional: delgada, guapa y simpática." Pero luego pienso que estoy empezando a estereotiparla. Pienso que no sé si ocurriría en la vida real, pero quiero creer que sí. También hay una escena que me llama mucho la atención. Él le dice que se asombra de que tenga tanto vello púbico. Ella le dice: "¿Qué coño acabas de decir?".  Yo pienso que ole sus ovarios. Él le responde, excusándose: "Quiero decir, que he visto muchos coños por el mundo, pero ninguno tan poblado como el tuyo". Ella, muy ofendida: "Perdona, no sabía que tenía que disculparme por tener el coño tal y como Dios me lo hizo para lo que lo hizo", o algo así. Y él le responde sonriendo: "No, it`s pretty cool". "Thanks" dice ella. Acaba el capítulo. Ha sido genial.

Miro instagram. Justo me sale una publicación de Lena Dunham. La han criticado en muchas ocasiones por su peso, y acaba de publicar un post diciendo que "no le importa ni la menor de las mierdas lo que cualquiera piense de su cuerpo" y explica por qué nadie debe sentirse mal con su cuerpo. La aplaudo internamente. Me encanta. También recuerdo todas las publicaciones que he visto estos días de hombres y mujeres hablando sobre la igualdad de derechos, sobre la necesidad del día de la mujer, y de la visibilidad de las mujeres... Sonrío. Cierro instagram. Miro el reloj y son las 9. 

Me ducho, elijo la ropa que ponerme. Unos pantalones grises y una blusa blanca. Tiene un escote muy pronunciado. Qué mas da, pienso. Se me ve el sujetador negro de debajo y me gusta. Qué mas da. Me maquillo. Me miro al espejo. "Bueno, es lo que hay". Pienso en Lena Dunham y comprendo lo idiota que estoy siendo. Mientras me hago rizos bailo con mi compañera de piso. En la canción dicen: "adoro a las pijas de mi ciudad". Nos reímos. Recojo todo y me pongo a cenar. Termino y salgo corriendo con una botella en una bolsa del Mercadona. Voy sola a la casa de otras amigas. Son las 10 y media pero mi calle está vacía. Tengo el abrigo desabrochado. Me miro el escote, y me subo la cremallera. No hace tanto frío. Sigo caminando. En el paso de cebra un coche conducido por dos chicos jóvenes está parado. Los miro y me miran. Cruzo el semáforo rápidamente. "Parecían majos", pienso. Pienso en que soy idiota. Camino rápido. Llego al piso de mis amigas. Ellas están cenando aún, y yo me sirvo una copa. 

Salimos. Hoy hay barra libre, así que vamos a ir a ese bar. No me gusta pero estoy con mis amigas. Caminamos hacia el bar. Es la 1. Por el centro nos asaltan los relaciones públicas. Les decimos que no, gracias. Llegamos al bar. No hay mucho ambiente. Miro alrededor y solo veo niños. Bueno, yo aparento 16, no sé qué estoy diciendo. Nos pedimos una copa. Vamos a bailar. "Si te pido un beso, ven, dámelo. Yo sé que estás pensándolo. Llevo tiempo intentándolo. Mami, esto es dando y dándolo." Lo odio. Escucho las letras y pongo mala cara. Mis amigas se ríen: "no las escuches, solo báilalas." Me pongo a bailar. No me lo paso mal, la verdad. Me río, bebo un poco, empiezo a perrear con una amiga. "Pasito a pasito, suave, suavecito...". Vuelvo a poner mala cara. Desconecto. Me fijo en las luces y en la gente. Hablo con mis amigas de que no hay nadie interesante. Seguimos bailando. Vamos hacia otro lado del bar así que nos metemos entre la marabunta de cabezas. Pasamos entre un grupo de niñatos. Empiezan a hacernos corrillo, se nos acercan. "Eh, eh, eh..." Yo pienso: "eh, tú, subnormal". No digo nada, ni les miro. Me cogen el pelo, lo miran y me dicen: "guapa" y se ríen. Sigo caminando. Estoy nerviosa. Más bien, enfadada. "Vaya gilipollas", suelto. "No les hagas caso." "Lo sé." Seguimos bailando. "Este party es un safari (a ella le gusta). Todos miran cómo bailas (a mí me gusta). Hoy tú andas, baila pa’ mi (a ella le gusta)". Si soy sincera me ha acabado gustando esta canción. Paso de la letra. Empiezo a bailar. Siento que alguien me dice algo. "Mira qué guapa con ese escote". Me voy a pedir una cerveza. En la barra se me intentan colar. La camarera me da preferencia a mí. Le doy las gracias. El chaval que se intentaba colar me pone un dedo en la cabeza y me dice que gire. Yo: "mira, no." Él se lo pone a mi amiga y también le dice que no. El chaval, extrañado, se lo pone a la chica de al lado. Ella se gira. Él se ríe y da palmas. Pienso que si estuviera borracha también hubiera girado. Me dan la cerveza. Un amigo del otro me dice: "Mírala. ¡Guapa!" y me toca el brazo. Le digo: "gracias". Pongo cara rara. Nos bajamos otra vez a la pista. Seguimos bailando. Tenemos ganas de ir al baño. Hay cola. Esperamos. Algunas chicas intentan ir al baño de chicos. Entramos al baño. Las borrachas empiezan a armar escándalo: "Acabad de mear, que no se tarda tanto, coño. ¿Por qué las mujeres son tan lentas?". "Gilipollas", pienso. Salimos del baño.

Volvemos a bailar. Nada destacable. Cada vez hay más gente y más borracha. Son las cuatro menos cinco y nos vamos. Unas amigas se van por un lado. A mi casa vamos tres. "Menos mal que vuelvo con ellas", pienso. Luego pienso que la calle está super iluminada y mucha gente vuelve de fiesta también. Pero esa calle siempre me ha dado miedo. En fin. 

Llegamos a casa. Buenas noches. Vamos a dormir. Pongo el despertador. Estoy contenta pero enfadada a la vez. Pienso que podría volcar esa frustración en una entrada de blog. Me duermo. Ha sido un día más.




18 de febrero de 2017

Vicky Cristina Barcelona

A pesar de que Woody Allen es un director excepcional, a veces no acaba de crear películas redondas, como lo era esa Annie Hall que encandilaba a cualquiera. Vicky Cristina Barcelona es una de esas películas no-redondas, que, sin embargo, encierra unos diálogos magistrales. Desde mi punto de vista, claro. Y he venido a rescatar aquí unas palabras que pronuncia Cristina, la diosa rubia, inocente y despampanante, encarnada por Scarlett Johansson. Sentada enfrente de un Javier Bardem tremendamente sexy, le suelta: “Yo no sé lo que quiero, solo sé lo que no quiero”. Un poco más adelante, también Cristina, dice: “Siento que tengo mucho que expresar, pero no tengo ese don.” Resulta que Cristina, o la inocente Scarlett, está diciendo lo que a tantas personas les pasa por la cabeza. De hecho, esto me decía  una amiga mía, una vez, tomando unas cervezas, después de que yo le dijera que por qué no quería actuar en mi corto: “Mira, Sofía, no sé en tu caso, pero yo solo sé que no valgo. Es como esa escena de Vicky Cristina Barcelona. Siento que tengo muchas cosas que expresar, pero que no tengo esa capacidad, esa vena artística, ¿sabes? Búscate a otra.” Sin quererlo, o queriendo desesperadamente, Woody había puesto en boca de la diosa rubia lo que la frustración creaba en las mentes de los artistas, y no tan artistas, todos los días. Yo no valgo, yo no sé, yo no puedo, yo no quiero poder.

La primera frase, esa en la que Scarlett decía susurrando que no sabía lo que quería, solo lo que no quería, también encierra otra verdad. Una verdad incómoda que acecha a toda persona. La verdad de no saber qué queremos hacer, o peor, de saberlo y tener miedo, vergüenza, inseguridad de hacerlo. “Yo solo sé lo que no quiero, tía. Yo no quiero trabajar porque sí, trabajar para alguien que me importa una mierda. Trabajar para no-vivir, vivir para trabajar. Yo solo sé lo que no me gusta. No sé qué quiero, pero esto no.”, me decía otro amigo mientras sorbía el café con leche. Otra vez, Woody lo había vuelto a hacer. Había puesto en los labios carnosos de una Cristina perdida y sexy, las palabras que sacudían la mente de mis amigos.

Esto venía un poco a raíz de que el otro día me preguntaron que qué quería ser, a qué me quería dedicar, por qué estaba haciendo lo que hacía. Yo, con mi insegura seguridad, respondí: “No sé. No sé qué estoy haciendo. No sé lo que quiero. Solo sé lo que no quiero.” Eso no es una respuesta, me dijeron. No lo es. No lo es. No lo es. Lo sé. Pero qué. Decidme por favor que estáis tan perdidos como Scarlett, como yo, como mi amiga de las cervezas, y mi amigo el del café. Decidme, por favor, que no sabéis lo que queréis, o que lo sabéis y tenéis miedo, o que habéis visto Vicky Cristina Barcelona y pensáis que es una mierda, a pesar de que os acostaríais con cada uno de los actores independientemente de vuestra orientación sexual. Dadme algo de esperanza, o miradme como Bardem mira a Scarlett antes de follar con ella. Por favor.

Todo esto venía también por Julio Cortázar. Julio sí que tenía el talento magistral de crear cuentos redondos. El otro día venía en el avión leyendo uno de sus relatos. En él, relataba el encuentro entre un hombre maduro conduciendo un coche y una joven haciendo autostop. Él la recogía en la carretera, e iban a un motel a charlar. Ella, llena de vitalidad, la osita la llamaba, quería ir a Copenhague y vivir con unos hippies que no conocía, y no estudiar. Él, trabajaba de corredor de materiales prefabricados, odiaba su trabajo, la osita le hace recordar su juventud, sus sueños, y las cosas que no hizo. Por eso no le gustaba que le hablara de Copenhague y de los sueños de la osita. El final del relato (os hago spoiler) es trágico y cómico. Después de la pasión, ella queda sola en una gasolinera esperando un nuevo transporte. Él, estampa su coche contra un tronco de árbol. Los sueños de ella se desmoronan porque se ha enamorado de él, y él desmorona sus sueños porque se estampa contra un árbol, sabiendo que su vida ha pasado sin pena ni gloria, y sus sueños, también. Triste historia. Real. Como la vida. Triste. Triste y sádica. Triste.
A todo esto. ¿He dicho ya que Julio es un maestro en contar historias? Porque ha metido el tema de la madurez, los sueños, el amor, la tragedia y la desesperación. Todo en uno. En otras palabras: la vida.

La vida recogida por Woody Allen o por Julio Cortázar. Esa vida que pasa, que acaba, que nos mata en vida. Pensemos. Qué trágico todo. “Sofía, qué tragedia te estás armando tú sola, tía.” Y eso me dicen. Eso oigo. Risas. Inseguridad y conformismo que se transforman en vanas risas. Risas o reprobación ante la dificultad de la vida. Qué rayada, qué lío.

O sea que mi amiga no tenía ese don, o creía no tenerlo, que mi amigo no sabía lo que quería, que yo no sé qué estoy haciendo. La vida es trágica y cómica. Cristina era la definición de la inocencia en la vida, de la inseguridad y del quasi conformismo. Yo la entiendo. La defiendo. No me río. Sabe lo que no quiere. Ayudadla.

El vendedor que estampó su coche tampoco sabía lo que quería. O eso quiero imaginar. Es un cuento, tía, no es real. Pasa. Tía, ¿qué haces? No te rayes.

Nadie sabe lo que quiere, solo lo que no quiere. Nadie tiene un don. Esa es la única verdad que queremos ver. Ayudadnos.

Así que todo esto viene a que la vida es dura. No sabemos qué queremos. Pero ni lo intentamos. Por miedo. Por inseguridad. Porque nos decimos que no valemos, nos dicen que no valemos, que tenemos que saber lo que queremos, que no pierdas el tiempo intentando descifrar lo que quieres. Ni siquiera te molestes en escuchar a la vocecita que te dice que qué haces y por qué. Que pases. Que no te rayes. Que dejes de ser la osita y seas el vendedor. Y que además, tengas la suficiente fuerza para no estampar tu coche contra un árbol cuando te enteres de que la vida era eso. Eso era todo. Nada. No ha valido la pena. Así es. La vida es dura. Aprende. No aprendas. Enfréntate a ella. No te enfrentes. Sé fuerte. Olvida todo lo que sepas. Empieza, crea, camina. Retrocede, no avances. Frena. Te lo digo yo, que no vales, que no lo intentes, que sigas, que no te estampes contra un árbol.  Olvida tus sueños, frena, sigue, olvídalo. Deja la inocencia de Cristina, olvida a la osita, madura. Sé fuerte. No tienes el don. No tienes, no puedes, no eres. No seas feliz, no seas capaz. Olvídalo. Aparca, retrocede. No sueñes, no vivas. Confórmate pero no te quites la vida. Disfruta del trayecto. Quedan diez minutos para aterrizar, por favor, abróchense los cinturones. Hace 10 grados en Madrid. Deja de leer. Cortázar, qué bueno. Ya aterrizamos. Sí. Ayer vi Vicky Cristina Barcelona. Cómo está Scarlett. Y Pe. Y Bardem. Pero qué mierda. Pero sí. No sé lo que quiero yo tampoco. Solo lo que no quiero. Barcelona. Pero 10 grados en Madrid. Olvida tus sueños.


Y básicamente resulta que Woody Allen sigue creando monólogos magistrales y que yo sigo estando perdida.


21 de enero de 2017

Me encanta

El otro día estaba en el sofá viendo la tele, y cambiando de canal me encontré con un programa de entrevistas en el que tenían de invitado a un actor que me gusta bastante. Y como haría cualquier persona normal, salté y grité: “¡Me encanta este actor!”.

En el otro sofá estaba mi compañera de piso, y, sobresaltada, se giró, me miró, y me dijo riendo: “¿Y quién no te gusta a ti?”
Touché.

Esta mierda de prólogo solo era para argumentar mediante el ejemplo de lo que va este texto.

No es la primera vez que me tachan de entusiasta. Es una palabra bastante ambigua, entusiasta. ¿Entusiasta porque me gusta todo y no discrimino? ¿Porque expreso excesivamente mis gustos y los grito a los cuatro vientos para que todo el mundo lo sepa? ¿Quiere decir que padezco de falta de gusto? ¿O peor  aún, que finjo un sentimiento excesivo para llamar la atención?

Estas son las cosas que se me pasaban por la cabeza, cuando mi amiga me respondió: “Devuélveme el mando, anda.” Crash. Paff. Já. Y ya no podía parar. Porque además de entusiasta, soy una obsesiva. Y me puse a darle vueltas y vueltas a esas palabras triviales, como hace la gente que tiene mucho tiempo libre o poco sentido común. Resulta que decían por ahí que yo era una entusiasta. Y no sabía cómo tomármelo.

Como en la RAE pone que entusiasta es uno que se entusiasma (oh, gracias, académicos), tampoco me aclaró mucho las cosas. Por otro lado, en sinónimos ponía: fanático, apasionado, fogoso. Lo de fanático me sonaba a secta, lo demás, a porno. Así que llegué a la conclusión de que, a la mierda, sea bueno o malo, yo soy así y así seguiré. Nunca cambiaré. Ieieie…

Muchas veces he tenido la sensación de que algo me llena más allá de lo terrenal. Me explico, a veces, cuando algo nos apasiona, no podemos expresar con palabras lo que nos hace sentir. Y no se puede formular, porque, o no tenemos la suficiente riqueza de vocabulario (usualmente), o es algo que se sale fuera de lo meramente sensorial. Dicho así, parece que intento filosofar, hablando de metafísica o alguna mierda de esas. Solo intento poner en palabras lo que yo siento cuando algo me entusiasma. Algo, alguien, ello, eso, tú, ella, libro, artista, cielo, patatas fritas. Cualquier cosa puede entusiasmarme. O no, mejor dicho, si algo me enamora, me trasporta, me volatiliza, me hace romperme, desdibujarme y volverme a reconstruir mucho más completa, en fin, me entusiasma, por qué no hacer una redundancia necesaria; si algo me hace sentir así, no puedo callarlo. Tengo que gritarlo, tengo que decir: ah, DIOS, sí, buff. Como un orgasmo, vamos (si lo releéis queda gracioso). Pero mejor, porque esta sensación dura mucho más tiempo.

Y esto era, y es, más o menos lo que yo siento cada vez que escucho a alguien hablar muy bien, leo un libro muy bueno, como queso frito, hablo con alguien que quiero de algo que me interesa, salgo a dar una vuelta con los cascos puestos, veo un capítulo de una serie que me ha enganchado, voy a un concierto de un grupo que me encanta, veo una película que me hace transportarme, salgo de fiesta con mis mejores amigos, veo el vestido más bonito de una tienda, o, por qué no decir lo que todos estamos pensando, siendo humanamente superficiales, veo a una persona muy guapa.

Y no logro entender como alguien no puede llegar a sentir algo así por algo, por alguien; no puede entusiasmarse por algo que le gusta mucho. Porque hay personas, las he visto, que no sienten así, a las que las cosas les pasan superficialmente por la piel, que consideran que nada es lo suficiente digno para su entusiasmo, que viven así, sin emociones sinceras. Esas personas, lo siento, es como si respiraran la mitad del oxígeno del que podrían. Y no digo que mi sentimiento sea mejor que el suyo, pero mola más.

Esa sensación de plenitud y a la vez de desasosiego, de no saber por dónde te da el aire, tan imprecisa, difícil y placentera, es lo que mueve mi mundo. Es el placer de la emoción, de sentir más profundo, más intenso, más de verdad. Y por qué no, de expresarlo, de sacarlo hacia fuera, de contárselo a todos para que puedan sentir como yo lo siento. O simplemente, para vaciarme de nuevo y poder reposar, en busca de una pasión nueva. Y al revés, puedo decir, que escuchar a alguien hablar de algo que le apasiona es una experiencia que todo el mundo debería vivir mil veces en su vida.

No quiero resultar pesada, ni aparentar complejo de superioridad; pero entusiasmaos, por alguien, por algo, por todo. Entusiasmaos, joder.

Así que sí. Cómo me gusta ese actor.








11 de septiembre de 2016

Generación Y

Dicen de nuestra generación que somos la de la depresión fácil, la de estresarse por salir un jueves e ir a clase un viernes, la de entristecerse cuando llueve, o la de enfadarse porque se nos ha estropeado el wifi. Lo dicen sobre todo los que han vivido otra época, así, como con tono despectivo, como queriendo decir: "millennials de mierda, espabilad, y aprended a haceros bien un huevo frito". Y te da una sensación como de que eres un inútil ahora y serás un muerto de hambre en el futuro, una sensación de tremendo vacío existencial, un escalofrío que te recorre el cuerpo cada vez que te dicen eso de: "estos jóvenes de ahora...". Y es un círculo vicioso. Otra vez vuelve la depresión fácil, las ansias de salir de fiesta, la vagueza de los domingos, la bronca de los ajenos a esta vida, la depresión fácil...

El resultado de todo ello, es que te sientes un incomprendido fuera de tu círculo de alcohólicos y vagos. Pero no nos equivoquemos. Las generaciones de mierda siempre han existido. Se suceden sin pausa en un continuo de broncas y excesos. Desde Rimbaud hasta Kerouac. Y ellos tenían el hada verde, los hippies, el rock and roll y la cocaína. Tengo la impresión de que no estamos tan mal. 

Todo ha sido criticado, y todo ha pasado. Desde luego, los likes pasarán, los botellones pasarán, los realities pasarán, lo de no querer nunca emanciparse pasará, esta generación de mierda pasará. Y entonces nos atropellarán unos chavales que ni siquiera han nacido aún, nos dirán que son la mejor generación que ha existido nunca, nos reprocharán que no veamos bien lo que hacen, cómo visten y cómo hablan, y les reprocharemos que eso en nuestra época no pasaba, que esta juventud se va a la mierda, y que dónde han quedado los festivales y las cañas. 

Pues sí, esta generación se va a la mierda. Lo sé desde que los botellones molan más que los bares, desde que el ruido mola más que la música, desde que bailar de lejos no es bailar y follar de cerca no es follar, desde que la cinco se ve más que la dos, desde que levantar la tapa del ordenador es más fácil que abrir la de un libro, desde que los amigos se cuentan en likes, desde que los campana están de moda, y luego los pitillo, y luego los campana, y luego... Lo sé desde que un día que estoy sin wifi es peor, mucho peor, que un día sin pan, desde que el mejor día del mes es el día en el que te cargan los datos, desde que el móvil ya no sirve para llamar, desde que vivir del dinero de los padres es la forma de vida más habitual.

Y aún así, me encanta que me digan que no sé nada de la vida, que solo sé gastar y salir, que cómo voy a salir así de casa, que cómo me gusta esa música, que si puedo estar un minuto sin mirar el whatsapp, que si algún día sabré lo que quiero. Me gusta sentirme diferente y, al mismo tiempo, tan igual a todos. Estoy segura de que a pesar de lo que nos separa, Bukowski y Elvis sientieron lo mismo. Y sin ir tan lejos, nuestros padres sintieron lo mismo. Estamos, sin saberlo, condicionados por una época que nos define, nos deforma y nos delata. Mil veces he dicho que odio la época que me ha tocado vivir, y sin embargo, mil y una diré que en otra generación no sería yo.

Y aunque, días tras día, grite que no quiero seguir al rebaño, y necesite hacerme la inconformista, la independiente y la guay bailando canciones pasadas, bebiendo bebidas pasadas, y leyendo libros pasados; nunca nadie podrá sentir lo que es estar dentro de una época que no es la suya. Se necesita vivirlo como nuestro, explorarlo desde dentro. Estoy segura de que Dylan odiaba a su generación, y sin embargo, no cabría imaginarlo fuera de ella. Yo tengo una relación de amor-odio con la mía, y sin embargo, sigo sufriendo de adicción a las redes sociales, depresión fácil, y vagueza extrema.

Así que, por lo que parece, nuestra generación se va a la mierda, y qué bien.






8 de agosto de 2016

Qué bien

Ayer me di cuenta de que llevo sin escribir casi un mes y no me acuerdo ni de cómo se coge el bolígrafo. De hecho, coje hasta me sonaba bien antes de que la revisión ortográfica del Word me dijera amablemente, con un subrayado en rojo bastante sonrojante, que se me ha olvidado conjugar el puto verbo coger. Y mientras que estos días mi cerebro jugaba a las palas con las ges y las jotas, yo he estado tragándome series, cerveza y sol a partes iguales.

Y eso, que todo esto venía a que qué bien que es verano. Nada que hacer excepto si trabajas, nada estresante excepto si te estás sacando el carnet de conducir, o ese curso de monitor de mierda, nada por lo que preocuparte excepto si tu love de verano ha conocido a una australiana de metro ochenta, nada por lo que llorar excepto cuando en un arranque de valentía y necesidad decides pelar tu primera cebolla, y nada que lamentar excepto haber perdido la maleta en el aeropuerto, haberte cruzado con una medusa que te ha dejado marcado el brazo izquierdo, o haberte dado cuenta de que nunca vas a conocer a tu crush, más que nada porque te saca veinte años y vive en LA. Así que qué bien que es verano, ¿verdad?

Qué bien que solo nos tengamos que preocupar de nosotros mismos y de pasarlo bien. Qué bien que haga calor y existan los chiringuitos. Qué bien que veamos a esos amigos que creíamos perdidos durante el año. Qué bien que podamos salir de noche y no tengamos que madrugar. Qué bien la playa, la montaña, Guadalajara o Tokio. Qué bien perderse en un festival o encontrar al amor de tu día en una barra. Qué bien aprender a tocar la guitarra y a bailar claqué. Qué bien salir a la calle sin llaves o estrenar la bicicleta nueva. Qué bien nadar de espaldas y mancharte las gafas de arena. Qué bien bailar sevillanas y aprender a decir palabrotas en chino. Qué bien creer que queda mucho para septiembre y tragarte todas las temporadas de todas las series que puedas. Qué bien cenar palomitas y desayunar macarrones. Qué bien decir hasta el próximo verano. Qué bien que en mis pupilas siga entrando luz del sol. Qué bien que en mi cerebro se produzcan intercambios de información.


Y ya paro, porque no me gustaría que me acusasen de mal plagio y peor escritora.
No quiero ser la idiota de turno y decir que el verano está ahí ahí, que si sí que si no, que si se va que si se queda. Pero os recuerdo que el tiempo vuela, time flies, carpe diem, tempus fugit, sarandonga, finito, no, azúcar no, qué genial, qué astuto, qué indecente, qué maravillosamente oportuno, tu puta madre.

Así que sí, estamos en agosto. Espabilad. Quemaros por dentro de alcohol, música, besos, arena, sudor y netflix, porque sí, nos vemos en septiembre.
No me odiéis. 


19 de abril de 2016

Que se mueran los feos

Últimamente me asusto mucho con la gente. No es que sea nada nuevo, creo que tengo alergia al mundo desde que nací; pero lo cierto es que a veces me cuesta reconocer que podamos actuar como idiotas en situaciones la mar de sencillas.

Bueno, os acorto los preliminares, no sea que os vayáis a pensar que esto es un texto de calidad. El caso es que en una de mis incursiones por la noche universitaria acabé en uno de estos bares en los que ponen ruido y dan de beber cerveza aguada y fanta de limón por ginebra. Estaba parada moviendo la cabeza al ritmo de los bamboleos del suelo, y como siempre, observaba a la multitud con cara de falsa superioridad. Mientras miraba, empecé a asustarme. No es que hubiera descubierto nada nuevo en ese momento, pero una reflexión de madrugada, y bebida, siempre es más profunda y reveladora que en cualquier otro momento. Total, que allí estaba yo, parada como en una escena de esas en las que aparece una borracha en una discoteca rodeada de gente que baila a cámara lenta, y que parece que va a potar de un momento a otro. Allí estaba, clavada, y anonadada con los rituales de ligoteo que se reproducían en cada puta esquina. Y algo que así dicho debería de ser bonito, o al menos divertido, era una auténtica pena. Una pena deforme a la vista, con toda la gama de adjetivos que van desde la grima al horror.  A ver, no os confundáis. No voy por ahí mirando a la gente en plan morboso. Pero cuando te tiran dos copas por la espalda porque dos criaturas se están morreando detrás de ti como si no hubiera un mañana, entonces no te queda más remedio que girarte a mirar y llamarles de todo, aunque no quieras. Y si por otro lado, se te cruza tu amiga que va a hombros de un chaval que necesitaría que le llevaran a hombros a él, y, aparte, parece que otro paisano se te acerca por un lateral e intenta camelarte arrimando la entrepierna, entonces, entonces no te queda otro remedio que mirar. En este momento sí que me asusté. No sé por qué estaban así las cosas, ni cómo habíamos llegado hasta esa escena entre grotesca y lamentable, pero solo quería encerrarme en mi habitación y ver películas de Hugh Grant hasta que no recordara nada de aquello.

Me niego a creer que a alguien le pueda gustar estar en un bar así. Si sois de estas personas, ya podéis dejar de leer. O no. Como veáis.

Vamos a ver ¿en qué momento hemos pasado a ser unos imbéciles? Y ahora os explico. No me da pena que dos personas se enrollen y vayan a caballito o lo que cojones les apetezca hacer. Lo que me deja un poco desconcertada es que el concepto de ligar hoy en día se reduzca al estereotipo de estar en un bar, ser guapo y dejarse hacer. No es que sea una romántica, que lo podría ser, pero no me va; es que me parece terrible el que haya que ajustarse a unas reglas prefijadas para establecer contacto. Está comprobado que cuanto más guapo se es, más bueno se está, y más se sale, más se te acerca la gente. Me parecía que los roles y estereotipos que se sucedían en el instituto: el cachas, el friki, la guapa, la empollona… no los volvería a ver jamás, y sin embargo, se siguen reproduciendo por todos lados. Y este sentimiento entre de miedo e ira, al que muy probablemente contribuyó el alcohol, me dejó ver que a cada bar que iba, la gente solo se dedicaba a mirar al horizonte en busca de algún buen partido: guapo/a, alto/a y soltero/a. Y lo reconozco, yo también lo he hecho. Y mil veces me he arrepentido.

Quiero pensar que en otro mundo, la gente habla, se conoce, y es libre de decidir de qué rol quiere formar parte en la vida. Quiero pensar que el tener una belleza desproporcionada y una inteligencia dividida por cero, te lleva o a tener que esforzarte para enamorar a alguien, o a asumir que no lo tienes todo hecho. En un mundo justo, ideal y sin prejuicios, la mayoría de las parejas, o líos de una noche, estarían unidos por algo más que un vistazo en un bar y una disponibilidad de agendas. Y que quede claro, me refiero solo al terreno sentimental, porque parece que cada vez estamos avanzando más en todo lo demás. Que cada vez a los amigos los une una verdadera relación de amistad y no un estatus social, y que cada vez el conseguir trabajo depende más de tu esfuerzo que de tu aspecto. Y menos mal.

Y eso, yo solo lo comentaba para que no salgáis esta noche y os enrolléis con un partidazo que no sabe dónde está Toledo. O que, y puede que sea lo más probable, haya visto demasiadas películas de Hugh Grant últimamente y me haya quedado tonta. 




17 de marzo de 2016

¿Horror o deseo?

Siempre he creído que esperamos demasiado de la vida. Nuestras expectativas son como una pesada ancla que no nos deja avanzar y nos hace perder oportunidades. Cuando miro por la ventana y veo que llueve, pienso en que ojalá hiciera sol. Cuando hace sol pienso que qué bien estaría que hiciera un poco de viento. Y así siempre. En todos los ámbitos de la vida.

“No eres feliz porque piensas mucho las cosas.” “No tienes novio porque eres muy exigente.” “No disfrutas de lo que haces porque estás pensando en lo que harás mañana.” “Envidias a los demás pero no te das cuenta de lo que tienes.” “Te quejas continuamente pero no haces nada para cambiar.” “Quieres una vida que no existe.”

El otro día salí para hacer un experimento sociológico: intentar no ser borde, y aprovechar las oportunidades de mierda que me ofrece la vida. Así que, allí estaba yo, tomando algo tranquilamente y tarareando palabras sueltas de algún éxito indie mientras movía la cabeza y los pies al ritmo de un bajo y de las carcajadas de un bar. Observando, me daban ganas de salir por la puerta y meterme en mi cama, cerrar los ojos, y seguir soñando una vida mejor que la que estaba viviendo. Pero putada, estaba en medio de un experimento. Así que me resigné a echar miradas fútiles por el bar y seguir moviendo la cabecita mientras sorbía más azúcar que vozka. Mientras mi amiga miraba detrás de mí, y parecía encontrar una posible pareja interesante con la vista, yo me divertía mirando a los solteros desesperados, a los novios atontados, a los maduritos nada interesantes, a las chicas uh, al chico pelirrojo rodeado de chicas probablemente homosexual, o al camarero ligón. Hasta aquí, el espectáculo que estaba presenciando me daba ganas de quedarme solo un ratito más y ver cómo se desarrollaba la trama. Mi amiga, delante de mí, seguía camelándose a los chavales de detrás, y yo, ni me coscaba, lo cual es una bonita metáfora de mi vida. Pero bueno. Yo seguía observando. En este momento ya habían pasado unas horitas, y habíamos escuchado casi toda la lista de éxitos indies del Spotify. El camarero, según mis criterios, nos reconoció como las típicas chicas que le dan buena publicidad al bar, no por tías buenas borrachas, sino por tontas amantes de la música independiente, y nos invitó a un chupito. Hasta aquí normal. Luego a una copa. Era momento de experimentar y aprovechar oportunidades de mierda, así que por qué no. Ahora, dejé de observar al camarero. Esa oportunidad no se mostraba interesante. Seguía observando. Ahora, dos amigas borrachas empezaron a darnos conversación. Que si venían de no sé qué sitio de mierda de Zaragoza, que si se iban de viaje, que si yo que sé. Bailamos unos pasitos para que las pobres no se dieran por ignoradas, pero al final las ignoramos. Mientras, uno de los susodichos a mi espalda por fin entró al lío. Que si hola, que si yo os conozco. Era el momento de poner en práctica mis penosos hábitos sociales. Así que sí, dejé que mi amiga hablara mientras yo les miraba con cara de pocos amigos. Resultaron ser decepcionantemente tontos. Una pena.

Siguiente bar. Allí estábamos de nuevo. Había aprendido bastante y el alcohol había hecho que ya no echara de menos mi cama. Bueno, más o menos. Apenas dimos un par de zancadas dentro del bar, un grupito se nos acercó. Que si hola, que si cómo te llamas. Ahora mi amiga era la que no se coscaba de una mierda. Y mientras uno me hablaba de no sé qué cojones, yo pensaba en si había sido buena idea pasar por allí, y en lo que me gustaría seguir en el bar indie con mis amigos los cortos. Pero total, que eso parecía que iba a ser el epicentro de la noche. Así que, muy decentemente, le di mi número y nos piramos. Tampoco quería experimentar a lo loco.

A partir de entonces, la noche la recuerdo a trazos. Fuimos al bar más decadente que había en la ciudad. Y ahora ya sí, si no querías experimentar, lo hacían por ti, no había problema. Que si te hablaban de sus amigos que estaban en tu carrera pero que ya habían acabado, que si su abuela era de tu ciudad, que si querías un cigarrillo, que si molaba tu camisa, que si no eras demasiado pequeña para estar allí. Y mientras, yo: “estás experimentando, estás experimentando, estás experimentando…”. Pero la noche seguía, y como siempre me ha parecido, a partir de las 5 de la mañana, solo quedaban despojos. Y eran las 6. Así que dijimos adiós a nuestros compañeros de fiesta, a los baños inundados, a las calles llenas de vómito, a las oportunidades de mierda y al experimento, y nos fuimos a la cama.

Y bueno, al día siguiente tenía varias experiencias que guardar en mi mente para escribir en alguna entrada de blog prescindible como esta, y poco más. Y sí, me habló el chaval del día anterior, el del número. Y sí, no le contesté. Así se resume mi vida.

Así que bueno. Sigo sin ser feliz, sin novio, sin disfrutar de lo que hago, envidiando a los demás, quejándome continuamente, e imaginando una vida que no tengo. Y eso, es irremediable. Prefiero poner el listón lo más alto posible, para llevarme continuas decepciones, y ser infeliz de por vida, y sentir más profundo, y probar de todo para saber lo que quiero, y lo que no quiero, y no conformarme nunca, y así, algún día, vivir la vida que deseo. O a lo mejor resulta que mi vida va a ser siempre una mierda, y que soy una borde caprichosa y pedante que nunca va a ser feliz. Puede. Que cada uno juzgue.





27 de febrero de 2016

Musa en paro busca poeta

Cuando parece que ya te has olvidado de las cosas que te reconcomían la conciencia el día anterior, surgen nuevos dilemas que no te dejan dormir. Siempre me he preguntado por qué no podemos estar a gusto con nuestras vidas de mierda, y seguir adelante aprovechando las mínimas oportunidades que nos ofrece una mirada o un botellín de cerveza. La verdad es que cada cual se agarra a lo que puede, entendiendo lo que puede a cualquier cosa, cualquier banalidad que te recuerde que la vida aún puede sorprenderte y hacerte sonreír en plan moñas como cuando ves una película de Hugh Grant.

Así que bueno, digamos que esta semana ha sido una gran mierda. Una de esas mierdas oscuras que te alegras de haber expulsado de tu interior. Perdón por ser tan gráfica, pero resulta más fácil decir eso que inventarme una trabajada metáfora pseudointelectual. Bueno, y tal. Que entre los dilemas sobre la vida cotidiana, sobre el futuro incierto, sobre la dieta saludable en días de estrés, sobre la crisis presidencial, sobre las horas de proyector interminables, sobre la cantidad de alcohol que se puede ingerir en un mes para no rayar el alcoholismo, y sobre la situación sentimental y personal en la que me encuentro (y digo me, pero sabéis que es nos), esta sucesión de seis días interminables ha sido horrible, descorazonadora, ridícula y dura al mismo tiempo. No se han salvado ni los amigos, ni la familia, ni la carrera, ni la señora maja de la inmobiliaria, ni el conserje, ni el camarero guapo. Así que he tenido que asimilar que sí, que la vida es esa mierda, cosa que no quería reconocer, y bueno, que no sé por qué no podemos estar a gusto con nuestras vidas de mierda, y seguir adelante aprovechando las mínimas oportunidades que nos ofrece una mirada o un botellín de cerveza.

Así que, después de sobredosis de lágrimas, ibuprofeno y palabras chungas, me había decidido a tirar la toalla, y a asimilar que no se encuentran cosas bonitas en cada esquina, que no hay gente especial en los bares, y que no existe el futuro ideal ni la vida esperada. Pero, boom. Lo sé, sorpresa. Vais a alucinar. Ayer puede que volviera a considerar la existencia de la magia de las cosas pequeñas que nos ofrece nuestra tortuosa existencia (o nuestra puta vida, así nos entendemos).

Ayer estaba en algún lugar de mierda probablemente, como casi siempre, y me di cuenta de que estaba rodeada de gente sonriente y desenfadada. Eran personas, como yo, y joder, reían a carcajadas, y bailaban, y tocaban las palmas. Y parecía que era el micromundo de la felicidad. Total, que ya puestos, y un poco a regañadientes al principio, no pude evitar sumarme a la excitación de la música, las guitarras, la cerveza, las miradas, las risas, y los móviles de última generación tomando constancia de ese evento imprevisto y maravilloso. Y allí estaba, después de mi semana de suicidio planeado, colorada de reír a carcajadas, y ansiosa de vivir todo lo que se me pusiera por delante.

Ya, bueno, lo sé, qué cojones digo. Me veo obligada a adornar la vida en todo lo que escribo, porque, entre nosotros, pocas cosas son tan bonitas como las pintas. Sin embargo, esto era la vida real. No hay adornos, ni aditivos. Solo he venido a contaros que ayer estuve escuchando cantar a dos artistas desenfadados y que parecían amar la vida y las guitarras más que un padre a su hijo, y que tuve el privilegio de estar rodeada de gente bonita y cerveza, y coplas. Y que agoté las risas que se me habían tornado en llantos durante la semana. Y que hice amigos y conocidos. Y que algunos entendimos la magia de nuestra existencia, la magia de la pequeñas cosas, la necesidad de aprovechar las oportunidades más inesperadas, la felicidad de hablar de cualquier cosa y de todo con gente a la que acabas de conocer y de la que ya te sientes parte, las ventajas de tomar 4 botellines y un tequila, las imprevisibles palabras de complicidad, la belleza de los gorros hipsters de nuestros abuelos, la enigmática cortesía de un desconocido, la perfección de cuatro acordes bien puestos, la sabiduría de cualquier persona que te resulte interesante, la necesidad del cariño y la comprensión mutua, la facilidad para vender sentimientos y llevarse recuerdos a cambio, la nostalgia de una noche única en un bar de mierda, o la devastadora sensación de que hoy no es ayer.

Y eso, los que hayáis llegado hasta aquí, solo os digo que la vida es una grande y oscura mierda, y entre ella, a veces, encontramos un placer efímero, un segundo de éxtasis, un reducto de felicidad instantánea. Y joder, puede que merezca la pena. Pensadlo.

Ah, y escuchad a Antílopez (no hago spam, es que son los jodidos amos).





13 de febrero de 2016

Idiotas sin futuro

Hacía tiempo que no oía hablar a nadie que fuera digno de ser considerado soñador. Según la RAE, que para estas cosas es la puta ama:

Soñador, ra  Del lat. somniātor, -ōris.
1. adj. Que sueña mucho.
2. adj. Que cuenta patrañas y ensueños o les da crédito fácilmente. 
3. adj. Que discurre fantásticamente, sin tener en cuenta la realidad. 

A pesar de venerar a todos los entendidos en lengua castellana, no puedo más que entrar en desacuerdo con esta mierda de definición, que deja totalmente de lado el ámbito más humano del calificativo de soñador.

Un soñador debería ser toda persona que se atreviera a pensar y a vivir la vida según los dictados de su propia mente, que viviera el presente y creara su futuro de acuerdo a sus propias convicciones como un artista crea el borrador de su obra. Y bueno, poco más. En el lenguaje popular podemos encontrar sinónimos como “muerto de hambre, idiota sin futuro, persona sin recursos, parado que no da un palo al agua, loco egocéntrico, gilipollas que siempre está en las nubes, rarito, friki, artista de poca monta, …”.

Pero, sin embargo, no creo que haya persona que sea más envidiable en el mundo que un soñador, de los de verdad, no de esos pseudotontos que un día deciden hacer un “simpa” para experimentar. Y bueno, que vaya gozada haber nacido un soñador de los que no se preocupan por las críticas, por las malas caras, por el agujero en el bolsillo, por los ojos entornados, por el no en un bar a las 5 de la mañana, por los calcetines de colores que asoman por encima de las botas, por el rímel corrido, por los corazones rotos al irse de Erasmus, por la depilación láser, por el futuro incierto y el trabajo casi gratis, por las recuperaciones en verano, por el amor no recíproco, por las ojeras y los ojos rojos, por levantarse a las seis de la mañana, por beber diez copas de más, por la gotas de lluvia en las gafas, por las arrugas de la camisa, por la pareja a los veinte, la casa a los ventipocos, los hijos a los treinta, la jubilación a los setenta, o la muerte repentina. Y, en fin, que se preocupan tan poco por las gilipolleces a las que los demás les damos relevancia vital, que viven casi al borde de la muerte sin morir, experimentando las situaciones cotidianas a un nivel que la mayoría ni podríamos imaginar.

Y todo esto viene de que yo estaba ayer en algún lugar de mierda probablemente, y descubrí a un soñador de los de verdad. Y habló de muchas cosas de las cuales filtré la mitad porque mis conocimientos socioculturales aprendidos desde mi infancia me decían que era un rarito, un excéntrico y un muerto de hambre, pero sé que me dijo que persiguiera mis sueños. Joder, con lo bien que estaba yo, allí, viviendo mi vida socialmente aceptable y acomodada, y llega un mierdas y me dice que no, que mi existencia es un error 404 not found. Y según hablaba me di cuenta de que era de los de verdad, nada de loco ni egocéntrico, sino soñador según la definición más radical del término. Así que me quedé allí, escuchando sus tonterías durante quizá demasiado tiempo, sabiendo que todo lo que decía lo sentía de verdad, y que quizás yo nunca pudiera llegar a vivir nada de lo que él me contaba. Me dieron ganas de salir de allí, empezar a dejar de buscarme la vida de acuerdo a la situación económica mundial, y ser lo que de verdad sería si mi vida fuera una película de Godard. Pero luego me di cuenta de que tenía que marcharme corriendo a seguir estudiando y me despedí del soñador con una risa de complicidad y poco más.

Y nada, yo que me considero amante de la vida y esclava de la realidad aplastante, solo tengo como aspiración en la vida llegar a ser una pseudotonta que un día decide hacer un “simpa” para experimentar. Y es una putada.



1 de enero de 2016

¿Feliz? año nuevo

Estoy tan confundida que no tengo ganas ni de hablar. Pero no puedo callarme ni un segundo. La sensación contradictoria de ser tan feliz y tan triste al mismo tiempo es una putada. Y es lo que siento cada vez que se me va un año de vida. Os lo comento para que vayáis tomando nota. 
Quiero que todo el mundo al que conozco le toque la lotería y que me invite a cenar a uno de esos restaurantes en los que hay que reservar con meses de antelación. Quiero que os caséis los que tengáis edad y que os enamoréis los que aún estéis buscando una media naranja o un medio limón pocho o lo que sea que busquéis. Quiero que encontréis el trabajo soñado de vuestras vidas, o que saquéis los cincos que necesitéis para aprobar el grado, o que encontréis la puta vocación que no encontráis por ningún lado o que habéis perdido por culpa de los exámenes de enero. Quiero que conozcáis a mucha gente, pero solo a gente que os caiga bien. Quiero que hagáis muchos amigos, de esos que duran para toda la vida, o de los que te abandonan después de haber tomado demasiadas copas. Quiero que comáis de todo los que os guste hasta reventar y que conservéis el tipín, las curvas o los michelines que os apetezcan. Quiero que viajéis al lugar al que siempre habéis querido ir, a la Patagonia o a Berlín, o que os quedéis tumbados en el sofá viajando solo para alcanzar el mando de la tele. Quiero que vayáis al cine cada día, o al teatro, o al bar de la esquina, y que os evadáis de toda la mierda del mundo. Quiero que no os pase nada malo, que no tengáis accidentes, ni que se os muera vuestro primo tercero, ni que os cortéis con las tijeras de punta redonda, ni que suspendáis esa asignatura del segundo cuatri que todo el mundo suspende. Quiero que seáis libres, libres para elegir dónde cagar o a quién votar, libres para hablar de lo que queráis o con quien queráis, libres para criticar, cantar, mirar de reojo o besar lo que os de la gana. Quiero que no os equivoquéis nunca, sea eligiendo un postre o una carrera, una pareja o unos zapatos para la cena de fin de curso. Quiero que tengáis suerte, que os lluevan las oportunidades para trabajar en lo que queráis, o para ir de espectadores a la tele. Quiero que queráis con ganas y que os quieran de vuelta. Quiero que nunca tengáis que pedir perdón por rozar la teta de vuestra abuela o hablar en mitad de una misa. Quiero que no lloréis, que no tengáis nada de lo que preocuparos y que vuestro año sean solo risas, de la buenas, no de esas mierdas que hacemos cuando estamos asustados. Quiero que sintáis lo que queráis sentir, que probéis esa bebida o esos labios que nunca os habíais atrevido a probar, y que salgáis victoriosos del duelo. Quiero que viváis muchos años, que no me dejéis nunca, que no me olvidéis, que llevéis una foto mía en vuestra cartera y una grabación de mi risa en vuestra mente, quiero que me queráis como os quiero y que sepáis que os quiero más que a mi smartphone. 

Pero por si no os lo imaginabais ya, yo os lo digo. Yo no quiero un año lleno de alegría, amor y dinero. Quiero un año con momentos tristes, incómodos e imprevistos. Quiero que me hierva la sangre de ira cuando discuta con el limón pocho de mi vida, quiero frustrarme cuando acabe de ver mi serie favorita, quiero llorar cuando pierda mi móvil en algún bar después de una borrachera, quiero asustarme cuando crea que mis amigos se han olvidado de mí en una noche de fiesta, y quiero hacerme daño cuando baile un canción de los ochenta y me resbale y casi me mate. 

Pues eso, que quiero un año de mierda con pequeños momentos de felicidad extrema. Y bueno, os deseo lo mismo, y a parte de eso, mucha felicidad, amor y suerte.





6 de octubre de 2015

Pensar es gozar

Vivimos en unos tiempos en los que ser joven ya no significa ser crítico o rebelde, simplemente ser pobre y estar de más. Unos tiempos en los que los niños cargan con kilos de apuntes al cole, y después se llaman empollones entre sí. Una época en la que muchos han perdido las ganas de proponer nuevas ideas, clamar ante las injusticias y contradecir a los políticos. Un tiempo en el que pensar por uno mismo equivale a ser un antisistema. En el que hacer huelga es no preocuparse por la estabilidad del país y de tu propia economía familiar. Vivimos en una sociedad que tiene mucho que decir pero que tiene miedo a decirlo. 
Pero se avecinan tiempos más oscuros, de esos de los que se hablaban en 'V de Vendetta', de los de la muerte de toda capacidad de pensar por nosotros mismos, de ser críticos y de argumentar nuestras opiniones, y al fin y al cabo, de los del fin de nuestra libertad.
Ahora, yo solo venía a deciros que criticar siempre está de moda. Solo hace falta dirigir esa crítica hacia temas más importantes que la nueva temporada de Gran Hermano. Lo veo factible. Y luego, un poco más difícil, criticar respetando las ideas de los demás. Criticar con sentido común, dando razones para decir que la sopa está fría, que no te merecías ese suspenso, que la nueva pareja de tu ex no te llega a la suela de los zapatos, que hace frío pero más frío hace en tu pueblo, que como las lentejas de tu madre ninguna, que esos pantalones no han sido su mejor elección, que no quieres decirlo pero ese bebé es feo y punto, que la concepción virginal de Cristo no tiene bases lógicas, que la economía va regular, que decidir qué hacer con tu cuerpo es cosa tuya, que la nueva reforma de educación es una mierda, o que la filosofía es la clave para formar personas independientes y con sentido crítico.
Y eso, que estoy muy nerviosa porque ya me han dicho varias veces que qué bien que no van a tener que volver a estudiar en su vida ese tochazo de asignatura. Y yo solamente pienso en su futuro, los pobres, qué vida más insulsa tienen que llevar opinando sin saber, hablando por hablar, y diciendo que sí delante del televisor. Me dan penica. 

Y ahora me tacharéis de demagoga pura, pero por lo menos habré conseguido que me critiquéis.



22 de julio de 2015

Sobre verdad y mentira en sentido extramoral

"No creo en nada ni en nadie."
Reflexionemos un momento. Nada es nada y nadie es nadie. No creer en nada significa creer en algo, y ese algo es la nada. No creer en alguien significa creer en alguien, y ese alguien es el nadie.
"Nada ni nadie pueden detenerme."
A ver. Sí pueden detenerte. Nada y alguien pueden detenerte. No es que sean dos algos, en realidad son dos nadas. Dos nadies. Dos vacíos.
"Nadie sabe nada."
¿Entonces ese nadie sabe algo acerca de esa nada?

Podría seguir pero nada contribuiría más a la exasperación que os está produciendo leer estas mierdas.

Así que más o menos he empezado a escribir porque me aburría y lo primero que se me ha pasado por la cabeza ha sido esa primera frase de protagonista/héroe/galán/villano de película: "No creo en nada ni en nadie". Y de ahí, he tirado para adelante. Sin más.
Lo que yo de verdad quería deciros es la maravillosa tranquilidad con la que soltamos frases de héroe o más bien de abuelito frustrado tales como: "A nadie le importan mis desgracias" o "Nadie me comprende." o "Nada podrá jamás saciarme.". Y ale. Sentenciado. Tú te quedas tan a gusto y los demás ponen cara de gran respeto hacia unas palabras a primera vista profundas pero que en su cabeza no son más que monos haciendo sonar unos platillos. 
O sea que todas las palabras que intentan expresar tu rabia o insatisfacción para/con el mundo, tu familia, tu pareja, tus vecinos, la cajera del Carrefour, o esa señal de Stop tan mal puesta, todo esas frases profundas, se convierten en simples atracciones de feria en la cabeza de tus oyentes. Y bueno, si eres sincero, y te escuchas cuando hablas, ciertamente suenan más como un chiste que como una expresión sincera de tus sentimientos reprimidos. No creo que a nadie le produzca realmente congoja el que una niña de cinco años diga: "nadie me comprende.", sino más bien algo de gracia. Y el que tú digas que "nadie ni nada pueden detenerte" no creo, sinceramente, que impida a tus padres prohibirte ir a una fiesta en tu adolescencia. Sin más. Más que palabras son sentencias. Pero sentencias para nada reales, sino más bien palomiteras, ficticias, anticuadas, jocosas. Que no tienen valor alguno. Nada. 
Así que no quejarse. Salid, infieles del mundo. Salid y gozad de todo aquello de lo que se os priva. Gozad de ser libres y de la certeza de estar vivos. Bailad, malditos. Bailad hasta que se os muera la vida, y se os congele el alma. Corred y quemad los caminos, derribad los muros, militad el tiempo, acorralad vuestros miedos. Y luego, sí, volved a vuestras casas, abrid una cerveza, tumbaros en el sofá y decid: "nada ni nadie podrán levantarme de aquí".