21 de febrero de 2020

Persona

Resulta que no quiero ser yo. O sea, está guay serlo a veces. Hay momentos salvables, bonitos, cojonudos, lo más grande. Pero, en general, es un asco ser yo. Es jodido ser tú mismo. De verdad.
Generalmente esto lo pienso 1000 veces al día. Las mismas en las que pienso qué pensarán de mí, qué me querrán decir con eso, ¿querrán la hora o follar?, ¿querrán ser amables o condescendientes?, ¿se estarán riendo de mí con una argumentación contundente o solo serán gilipollas? Cositas.

Es una mierda pensar. Pensar mucho. En plan mucho que te dicen: joder no pienses tanto las cosas. Y tú dices JAJAJA como broma es the best pero es que no me conoces ni un poquito, por favor... Pensar antes de hacer, pensar antes de hablar, pensar cuántas preguntas tengo que acertar, fallar y dejar en blanco para aprobar (la vida o un examen), pensar si no me han saludado porque les caigo mal o tienen miopía magna o simplemente son despistados o gente idiota porque de eso hay en todos lados. Pensar si por el camino de la derecha llegaré antes a clase o quizá por el de la izquierda porque el semáforo dura más pero hay menos coches. Pensar qué pensó de mí, si yo pensé bien, si hice las cosas correctamente o probablemente me equivoqué. Pensar la razón de todo, sacar conclusiones erróneas pero tan preciosas que dices joder qué verdad más cristalina acabo de pensar después de cinco horas de ideas rumiantes de autodestrucción. Guay. Nada, eso.

Hasta aquí, habrá un sector de la población (hola, gente) que diga: esta tía está como una cabra. Hola, extrovertidos, amantes de la vida, terapeutas sin título. ¿Qué tal? Me dais bastante envidia.
Por otro lado, habrá alguien que quizá crea estar representado (o sea, igual no, no me juzguéis con mano de hierro). Hola, amigos, reyes de la introversión, el pensamiento circular y el drama. Me ponéis mucho pero siento pena por vosotros. Es una puta mierda ser como yo.

Ejemplo. Alguien me dijo algo. Lo removí unas 1000 veces en mi cabeza. A la 1001 volví a empezar. ¿Qué hubieran pensado los demás? No creerían lo que piensan. A la una ya sabrían. Luego, quizás vendría el golpe, pero a ellos ya no les dolería. Quizá a los demás.
Y por otro lado, están mis 2000 pensamientos seguidos, sin pausa ni concierto. Se me amontonan en la cabeza. Y decido, tras grandes cavilaciones, vueltas, idas, venidas, salidas, cagadas, dolores, pensamientos pseudosuicidas, imaginaciones de mi futuro final cayéndome por las escaleras delante de todo el mundo; entrar en la clase cinco minutos después de que empiece.
Exagerada. Por dios, chiquilla. Ya. Bueno. Es una putada cuando te importa más lo que podría pasar y lo que quizá esté pasando, que lo que pasa.

Todo venía a raíz de que acabo de escribir algo así como que me va como una puta mierda siendo como soy pero que no puedo ser de otra manera. He estado cerca de poner esto en mi currículo. Es una descripción bastante acertada de mi vida. Os digo, he aburrido a mucha gente. Oye, amiga, ¿crees que se ha enfadado conmigo? Oye, mamá, ¿crees que aprobaré? Oye, amigo, ¿crees que alguna vez me quiso? Oye, psicólogo, ¿crees que alguna vez podré cambiar? Shut the fuck up.

Siempre hay cosillas en la vida. Cosillas malas, digo. Que oye, las cosas no salen como querías o la gente es medio gilipollas, o mala, a secas. Qué le vamos a hacer. Habrá que adaptarse. Cada uno con sus mecanismos, mejores o peores. ¿Sabéis eso que dicen de que no somos lo que nos pasa sino cómo afrontamos lo que nos pasa? Pues un poco así. ¿Tiene sentido?

Bueno, otra vez no sé lo que estoy diciendo. O sea, no sé si estaréis flipando más con mi falta de recursos lingüísticos suplida por medio de vocablos malsonantes, o con mi terrible perorata sobre la introversión y sus consecuencias. Porque de eso iba un poco el rollo. Quizá ahora vais entendiendo. No os preocupéis, a mí me cuesta bastante seguirme el rollo también. Con el tiempo te acostumbras.
EN FIN. La cosa. Que resulta que no quiero ser yo. Estás jodida. Lo sé. Pero vamos a ver, ¿quién quiere ser esa persona que para un minuto de felicidad tiene que pasar por horas de ansiedad? ¿Quién quiere ser esa persona que para poder llegar a decir hola a la persona que le mola tiene que hacer un ejercicio de tremenda superación y autoconfianza? ¿Quién quiere ser alguien que entra en una clase con pánico a saludar a gente poco conocida mientras ve como el idiota que solo va los días impares coleguea hasta con el profesor? ¿Quién quiere ser esa persona que piensa cada palabra que va a decir antes de decirla y cuando no lo hace, se fustiga por las posibles equivocaciones que podría haber evitado? Yo, desde luego, no.

Ahora bien. Pros. Cositas buenas. "He apuntado diez razones por las que yo valgo. Parecen muchas pero luchan contra cien de lo contrario." (No, esto es solo una mierda de indie-pop.) Ahora, en serio. Empezaba diciendo que hay momentos salvables. Así como lo máximo. Los hay.
Pasa algo, que cuanto más te fustigas, más vives lo que te sale bien, más sientes la belleza. Quiero decir. Esto no es un rollo sado. Solo digo que a veces escucho una canción y empiezo a pensar en 1001 cosas y me pongo a llorar, y lo paso mal que te cagas. Pero luego salgo del círculo depresivo y me siento como si fuera Ana de Armas (referencia: en su mejor momento y guapa a rabiar). Qué cosas. También me pasa que veo una comedia romántica y me dices tía eso sí que no, pero qué pasa a mí me gusta, y oye, hora y media en la que pensando o sin pensar he sido algo así como feliz. También, esto, lo de sentir mucho, me sirve bastante para escribir. Quiero decir, no os sintáis discriminados si sois extrovertidos y os gusta el arte. Lo capto 100%. Pero es que a mí el subidón que me da al recitaros poemas pues como que no me lo da hablar mucho con mucha gente a diario. Es difícil explicaros todo esto. Solo digo que mi sentir no es mejor que el de nadie, pero a mí me mola más.
Pero claro, estos son mis pros. Contadme los vuestros, si queréis.

De verdad, esta entrada no tiene ningún valor. Ni literario ni social. Solo tenía cosas que soltar. Ayer me acordé de lo que hablé con alguien extrovertido en un café aquella vez. Se quedó impresionado cuando dije que pensaba las cosas 1001 veces. Y la verdad, me daba mucha envidia cómo era. Hablar mucho y muy bien, salirte con la tuya sin causar dolor, decir las cosas sin censura sin apenas insultar. Joder, quiero ser como tú.
Muchas veces quiero ser como tú.
Pero nos explican en algún punto de la carrera que hay ciertos aspectos de nuestra personalidad que no podemos cambiar. Mientras eso sea así, estoy jodida. Intentaré adaptarme pero no puedo ser como tú.
Resulta, que, algunas veces, sí quiero ser yo.

(Solo para acabar, tengo que decir que todo este rollo está inspirado en un poema que no voy a escribir entero porque no quiero aburrir y además, si quiero publicar cosillas tienen que ser inéditas y no me dejan ponerlo por aquí así que en el futuro pagaréis por él...en fin. Buenas noches y buena suerte:

Ojalá ser como eres,
ojalá sentir igual,
ojalá decir amor
y querer decir amor.

Pero esa, no soy yo.)




16 de diciembre de 2019

Joder, no sé


Sería sencillo que una cosa fuera siempre una cosa. Yo imagino que me seguís. Una cosa es una cosa. Un plato es un plato. Una verdad es la verdad.  Me levantaba hoy soñando que un cantante me hacía el amor vestido como Harry Styles en su última aparición pública. ¿Qué mierda tendremos en la cabeza? ¿Qué me quiero decir a mí misma con eso? Me desperté muy feliz, eso sí. Después de dos semanas de café y melatonina, pesadillas de todos los colores, y despertazos a las 5, 6 y 7 de la mañana; he conseguido dormir con relativa fluidez. Y resulta que mi mente es una hija de puta, pero a veces me quiere. Me da el gusto del sueño que me quita en la vida real. Y yo se lo agradezco y apago el despertador para ver si llego al orgasmo. No nos importan tus sueños. Lo entiendo. Un plato es un plato. La verdad es que odio madrugar al mismo nivel que a la gente falsa. Y eso es un poco bastante mucho que te cagas. Así que cuando el despertador suena a las 8 quiero hacerme el harakiri. Si además le sumas el insomnio, es como vivir jugando a la ruleta rusa. Hoy me mato, hoy no, hoy me mato, hoy no.

Ay, vamos a hablar ahora de la ansiedad, y de la soledad de los jóvenes en la era de la globalización. Qué ganas. Os prometo que todo esto llega a tener algo de sentido en algún momento, pero tenéis que aguantar leyendo.

Pues mira, “Carolina Durante” ha pegado el bombazo este año. Entre otras cosas por el pedazo de disco que han sacado, que es un disco generacional que te cagas, y mola la vida, y por dios ¿no sabéis quiénes son? Googlead: “Cayetano”. So. ¿Por qué estos chavales han tenido tanto éxito, si, con perdón, son 4 pringados (yo también lo soy, don´t worry) que se han juntado y han dicho vamos a aporrear instrumentos de una manera brillante y a cantar en mayúsculas, que eso es moderno? Pues porque, aparte de la calidad musical, en la cual no me meto porque hace años que acabé el Conservatorio y a veces se me olvida la armadura de Sol Mayor; tienen unas letras que nos recuerdan a algo. Qué será. Que un plato es un plato. Y una cosa es una cosa. Es decir, que saliste de fiesta y te encontraste con ella, y joder la vida qué dura saliendo de fiesta, follando y escuchando música. Y la resaca y la crisis existencial de los veinte. Lorezepam y vitaminas. No tan jóvenes. Ansiolíticos y lubricante (esta es de “Rusos blancos”). Siento si no me seguís, me he vuelto una moderna y hablo medio en clave de indie-mierdas. Resumen: su maravilloso disco habla de la crisis existencial de los jóvenes sin problemas. Y eso no sé por qué, nos encanta. Ay, no sé si lo venís adivinando, pero voy a hablar de Amaia. Ok, tía. Amaia y su nuevo disco es tan sencillo como complejo. A parte la voz maravillosa y la música cuidadísima; unas letras directas, que podría haber escrito en su diario, y que resulta que eres tú cuando te enamoraste o cuando viviste eso aquel verano. Y un poco de crisis existencial veinteañera. Pero no pasa nada. Cierro esta crítica musical.

Resulta que la soledad es atronadora. Voy a llamarla así. ¿Qué te pasa? Si no tengo ningún problema. Justo por eso. La soledad es atronadora. Ruido blanco, chispas, la mente sonando.  Es tormenta en silencio. Es equivocarte y que nadie te corrija. Apabulla sin gritar, y te borra el pensamiento.

La soledad puede estar en la sala vacía, o en muchos lugares llenos. Cuando la gente rodea la soledad, ésta se crece. Y es más soledad que nunca. Avanza a sus anchas, se trae sus maletas, se arrincona y echa raíces. Profundiza por caminos que nadie sabía que existían e invade hasta los matices.  Es atronadora, e irrespetuosa. No te deja escuchar sin hablar ella antes. También es muy presumida, algo histriónica. Te cuenta continuamente que ella existe, que la mires. Se viste muy llamativa, se maquilla perfectamente y te convence con su conversación aduladora. Tiene muchos años de experiencia y su especialidad es captar seguidores. Es atronadora. Y un poco pesada. Te persigue a todos lados. Tú quieres odiarla, pero te convence para que odies a los de alrededor. Porque se crece con las masas. Tú la observas, de reojo. No quieres hacerle demasiado caso. Pero los oídos te pitan. Giras la cabeza y allí te ha vuelto a seguir.

Es avasalladora, rompe, te rompe, se amolda y te amolda, desata, ordena, impone, establece leyes, sentencia.  Tú quieres hacerle un hueco, porque te convence de que nadie se fija en ella. Y empiezas a dedicarle un rato de vez en cuando. Te cae bien, no entiendes por qué tenía esa fama. Los ratos se convierten en días. Notas que te absorbe. Empiezas a pasar con ella casi todo el tiempo. Es maja. Empiezas a quererla, ya forma parte de tu rutina. La sala vacía, ella y tú. Apenas puedes pensar en nada más. Echas de menos la libertad pre-soledad. Pero ella te ha pedido que por favor no la abandones, que no tiene a dónde ir, que de verdad te quiere. Y no te deja salir, ni llamar, ni hablar. Pero la tienes a ella. Tan atronadora, convincente y peripuesta como siempre. Sabes que esta relación tóxica no va a acabar bien pero, ¿cómo vas a dejarla?

No sé, igual a vosotros no os pasa. Pero siento un poco de esto cuando escucho a los chavales de Carolina. Como que me quieren gritar que ellos también lo sienten, pero que luego se van de fiesta y se les pasa. Bueno, yo esto lo dejo por aquí, como si nada. Como veis, no saco conclusiones. Eso es cosa vuestra.

Puede que en realidad no estéis solos. Pero la cabeza, vuelvo a decir, es muy hija de puta. Se inventa muchas cositas. La mayoría malas, no os voy a engañar. Saca unas conclusiones, que dices: ¿pero hija de puta, qué cojones dices? Y luego, empiezas a mirarla, así como con lascivia. Oye, ¿sabes? Igual tienes razón, ¿eh? Dios mío. ¿Y si tienes razón? Dios mío, un plato es un plato. Lo sabía. Dios mío, una cosa es una cosa. Dios mío, ¡una verdad es la verdad! ¿Te encuentras bien? ¿Yo? Sí, claro. ¿Salimos esta noche? Bucle terrible de inseguridad. Y resaca asegurada.

Pero, ¿la verdad era la verdad? Hija de puta. Te lo inventaste, ¿a qué sí? Como no tengo problemas, crees que puedes jugármela inventando cositas. Pero, ¿y si tenías razón? Joder, no sé. Ay, qué cuca, la mente.

De verdad, no tengo ni idea qué estoy escribiendo. Espero que hayáis sacado conclusiones porque yo, desde luego, me he perdido desde que hablé de Harry Styles. Por cierto, ¿habéis visto la nueva peli de Noah Baumbach? Dicen que está muy bien. Aunque os aviso, no ayuda mucho en todo esto. Es decir, las crisis se tienen también de mayores, no os vayáis a creer que esto es porque estáis en los veinte. Así que, bueno, eso, ahí os lo dejo. Y prestadme un poco de ansiolíticos y música para sobrevivir otra década.





6 de septiembre de 2019

Todavía

Puede que alguien nos diga algún día: oye, yo le conozco. Y ni puta idea. Oye, que usted me atendió el día "x" en la consulta "y" a la hora "z", y me curó el resfriado. Oh, vaya. Pues de nada, señor. Y gracias por acordarse de mí. Siento no recordarle. No, es que ese mismo día murió mi hija y me acuerdo mucho de todo lo que hice. Joder, lo siento. Pero usted me curó el resfriado y eso está bien.

Estaba pensando que hay cosas aparentemente insignificantes que te marcan para siempre. Bien, mal, regular, en el recuerdo, en tu forma de ser. O cosas que para ti no tienen importancia pero para otra persona sí. Es tan difícil ser empático, que darte cuenta de que tu saludo le importa a otra persona es un ejercicio de maestría.

Por ejemplo, a mi me marcó la primera vez que escuché "Copenhague" y ya no puedo pensar en esa canción con neutralidad. También el día que decidí que me gustaba ir más al cine que al botellón viendo la nueva de James Bond con 13 años. Luego recuerdo a mi padre cantando "La hoguera" de Krahe mientras yo estudiaba matemáticas de 1° de bachillerato. Y una conversación que tuve con una amiga sobre lo celosa que estaba de que yo me llevara tan bien con su novio, cuando aún no lo eran. O escuchar hablar a Jonás Trueba en un coloquio sobre "Los ilusos" y querer dedicarme al cine. También recuerdo gestos, una pregunta en un autobús que me descubrió a la primera persona que me gustó, una sonrisa en el recreo del instituto, un abrazo en bruto de cuando mi hermano era tan pequeño que aún era yo la mayor, el comentario de mi profresor de música sobre mi forma de tocar que me ofendió, una primera caña con mis padres, unos ojos vidriosos en una conversación en aquel café, una caricia en la mano, la foto que me hicieron sin saberlo ese día que estaba tan triste.
Es tan relativo todo lo que sentimos que no podemos establecer una ley para regular cómo nos van a afectar las cosas. Porque cosas, cosas, van a pasar. Cada cual las vivirá a su manera. Y si hay suerte, algo será igual de importante para ti que para el otro. Pero también puede pasar que a alguien le haga mega feliz que le saludes, y tú ni te acuerdes de quién es. Qué chungo. O al revés, que se olviden de tu nombre, y odiar a esa persona de por vida. Puede ser.
No sé de qué estaba hablando. Creo que de que a mí me gusta el indie porque a alguien se le ocurrió decirme que me parecía a Lana del Rey. O de que mi amiga empezó con su novio comentando con él la conversación que había tenido conmigo.
Porque ocurren muchas cosas, y nosotros seleccionamos las que nos da la puta gana. Pero no vamos a enfadarnos porque otros no se den cuenta de eso. Tú no te das cuenta de que ayer atendiste en la consulta a ese señor y él se va a acordar de ti para siempre.
La relatividad de los hechos. Da miedo. O es una gilipollez. Pero algo debe de ser. 
Pensé en esto porque a mí me ofendía mogollón que un tío no se acordara de que me besó hace dos años. Pero luego me di cuenta de que yo no recordaba el nombre de otro tío que conocí el mes pasado.
La relatividad de los hechos. 
Lo sé. He mezclado la necesidad de la empatía en la profesión médica con mis recuerdos melancólicos de niñez y mis frustadas aventuras amorosas. Y esto ya ha perdido el sentido.
Es que recordando esas cosas chorras que me han marcado, pensé de nuevo en "Los ilusos" (peli maravillosa), y viendo la nueva peli de Jonás Trueba volví a sentir lo mismo exacto clavado que sentí con 17 años. Esa sensación de que la vida es rara, sus personajes caóticos, las relaciones difíciles, las circunstancias cambiantes, las personas y sus personalidades complejas, todo, en fin, una putada con momentos menos malos en los que una vocecilla te canta: "Todavía queda tiempo, todavía estás aquí". Y aún así, merece la pena, porque una gilipollez insignificante que solo tú recordarás, es relevante para ti en ese momento.
Eso. Quería decir que aguantéis. Que recordéis. Que os han pasado mil cosas, sí, aunque no todos lo sepan. Que a los demás también le pasan cosas trascendentales en su vida, solo que distintas a las vuestras. Y eso es guay, porque más cosas que contar, más cosas que descubrir. Y qué maravilla, a pesar de todo, que algo, que alguien, nos marque y que nos dé la vuelta para construirnos y así, quizás, marcar tú a otra persona. Y hacer de esto un bonito continuo interminable hasta la muerte.
Yo qué sé, algo de esta mierda tiene que tener sentido.
Porque, como veis, en los momentos en los que no me apetece cortarme las venas, estoy de muy buen rollo. 


7 de junio de 2019

Junio (canciones tristes, personas bonitas)


Hace un año, decía adiós a unas cúpulas de una catedral de una ciudad, mientras escuchaba una canción que nombraba la fecha exacta del día de mi partida. Hace un año, un 23 de junio, me daba cuenta de que me iba y me tocaba decir hasta luego a la gente que se quedaba. Hace un año, tenía una discusión sobre el destino o la casualidad. Yo, aférrima defensora de la casualidad, afirmaba que las cosas no pasan por una razón, que no nos miran desde el cielo, o desde otra dimensión, y nos dicen: oh, a ti te van a joder; oh, tú vas a suspender; oh, tú te vas a enamorar; oh, a ti se te va a morir el hámster; oh, tú vas a ganar la bonoloto. Porque no, joder, el destino no existe. Sin embargo, vislumbraba la existencia de una casualidad poética. Esa casualidad que hace que cuando un día 23 de junio estás abandonando personas y lugares en los que has sido feliz, a las 3 y media del mediodía, suene una canción que te dice que dejes el equipaje en la ribera, que no te va a servir cuando cruces la frontera. Es inevitable entonces, a mi parecer, creer en la casualidad poética. La misma que un agosto te hizo aterrizar en tierra extranjera, un diciembre te hizo casi conocer al cantautor de tu vida, la misma que un enero te trajo de vuelta casi completa. La casualidad.
Un año después, es difícil no creer en algo. Pones una lista de reproducción en aleatorio antes de salir de casa, la primera que encuentras, porque has quedado para despedirte y no quieres llegar tarde como siempre. Y entonces, suena la misma canción de la despedida. ¿Destino o casualidad?
Junio. 3 del mediodía. Lo que cambian las cosas en un año. O no.
Cuando eres de los que se van, las cosas son de otra manera. Hay tristeza, hay lágrimas, hay incertidumbre, pero también mucha curiosidad. Cuando eres de los que se quedan, la curiosidad ya no es una excusa para evadir el carpe diem. Ahora solo quedan los recuerdos tristes adornados con canciones de "La casa azul", los caminos de bar en bar pidiendo la última canción del grupo del año, y las conversaciones en frente de aquellas cúpulas de aquella catedral de aquella ciudad. Hace un año decía que, seguramente, mañana volveríamos a bailar a cualquier otra parte y a jugar al futbolín borrachos. Y lo hicimos. Volvimos a bailar, volvimos a jugar, volvimos a emborracharnos, y a estudiar, y a decir hola, y adiós. Todo eso que pronosticaba la poesía de la casualidad, volvió a suceder. Y no recordaba por qué había tenido tanto miedo hace un año, si, al fin y al cabo, todo iba a ser igual al volver.
Pero bueno, mientras que el destino se tomaba unas vacaciones, y la vida transcurría como si tú no le importaras una mierda, había cosas que no podían permanecer estáticas. También reflexioné sobre eso hace un año. Pensaba que hay que cambiar, deconstruirse, retorcerse una y mil veces, y luego, si eso, volver. Y eso es vivir. O aprender. EN FIN. Adiós melodramas. Volvimos, sí. Pero volvimos distintos; y eso, no está tan mal. Teníamos pendientes ese baile y ese futbolín, aunque la promesa de un juego igual que el de ayer hizo que la vuelta fuera una mentira. Pero volvimos. Y cambió la manera en la que los recuerdos se construían. Nada había cambiado, y sin embargo, todo era diferente. Y fuimos todo lo que la casualidad quiso que fuéramos.
Mirabas a las personas, recorrías las calles, cogías apuntes y comprabas en el Mercadona. Igual. Igual. ¿Igual? El fallo fue pensar que las cosas serían igual cuando nadie era el mismo.
Volvimos. A ese bar, a esa biblioteca, a esa sala de cine, a esas cúpulas de esa catedral. Y aprendimos a ser iguales en nuestros cambios. Nosotros, vosotros y ellos. Y hasta en los días más raros, siempre había una persona que te decía que por qué no te tomabas un descanso y unas cañas. Miedo a lo nuevo, miedo a lo desconocido, miedo a que las cosas hayan cambiado mientras no estabas, o a que tú hayas cambiado mientras todo el mundo estaba. La verdad, no fue para tanto. Ahora que es junio, lo podemos decir.
Destino, casualidad, me la suda. La mierda de vivir en continuas novatadas, la vida dándote por detrás, los relojes que se sincronizaron al cruzar el Océano, las cosas que permanecieron o que mejoraron, los nuevos sabores del alcohol, el nuevo indie, y el flamenco-trap que ahora lo petaba, los programas de la 2 que te perdiste, los amigos que descubriste en cinco meses después de cinco años, y los que perdiste tras esos mismos años, las oportunidades que tuviste, y las que dejaste pasar, las risas en las noches del principio, y las lágrimas del final, los conciertos de vuelta frente a las cúpulas, y los paseos de madrugada escuchando canciones tristes. 
Pero.
Al final.
Qué lujo poder estar escribiendo esto mientras el sol asoma por la ventana, veo a la vecina colgar las sábanas blancas y suena un premonitorio "tu recuerdo es un taladro a las 3 del mediodía". Es junio. Son las 3. Los días han pasado como meses, y los meses, como días. Y no sé cómo he llegado a estar en el mes del buen tiempo, los conciertos y las bibliotecas. Marzo fue lo que no quisimos que fuera, y Sabina ya describió a la perfección lo que pasa con el abril de cada año. Mayo voló entre apuntes y despedidas. Y ahora, tú, que estás leyendo esto, lo tienes que saber, si es que no lo sabes ya; si has entrado en mi vida, es que eres una persona bonita que inspirará un relato triste. Porque la felicidad no es adecuada para los poemas, y la vida no puede basarse en la sonrisa. Tú, que estás leyendo esto, lo sabes.
Si sois de esas personas que melancolizan todas las situaciones posibles, apartando la vista, caminando por Compañía, y escuchando canciones tristes en bucle hasta cansaros los ojos; bienvenidos, esta es vuestra cinta. Os diría que sí, que olvidarais el sufrimiento, el dolor en el pecho no asociado a una enfermedad cardíaca, los recuerdos tristes mirando el mar, las canciones de Iván Ferreiro, las despedidas con lágrimas en los ojos o congoja en el corazón, la mirada de desaprobación de vuestros padres en la última discusión que tuvisteis, la última película que visteis antes de iros, las palabras que dijisteis o las que no, las novatadas de primero, ser veterano en segundo, el grupo de amigos definitivo en tercero, la adaptación en cuarto justo antes de marchar, y las despedidas del final; os diría que lo olvidarais, pero ambos sabemos que si eres de mi clan, te va a importar una mierda lo que te diga. 
Ahora, todo esto se ve desde la primera fila, y da un vértigo que te cagas. No sabes cuántos de los adioses serán definitivos, y no quieres saber, la verdad.  Al final, lo que queda, no será la palabra hiriente, la mirada esquiva o el corazón roto. Todo fue bien. El viaje fue bonito, las personas también, al menos las que importaban, los lugares no podrían haber sido más preciosos, y las canciones molaron tanto. Melancoliza lo justo, y triunfarás. O al menos, ese debería de ser el dicho.
Sofía, joder, a mentir a tu puta casa. 
De verdad, de verdad, que no os miento. Ser intenso que te cagas es lo mejor que os puede pasar. Pero ya. Ya pasó. Vamos a echarnos de menos un tiempo, y volveremos a bailar (en cualquier otra parte), y a jugar al futbolín borrachos. Y no seremos los mismos, pero eso me da igual. 
Vais a ser los profesionales más humanos del universo. O los humanos más profesionales que haya visto. O las personas que queráis ser. Y no recordaremos la mitad de esto, pero ya no importará. El destino no existe. Pero la casualidad poética puede que sí.
Todo está en regla esta vez. No hay error.

Nos vemos en el futuro.


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3 de marzo de 2019

Marzo

Ya ha pasado febrero. Tempus fugit y a la mierda. Mi febrero ha sido mi mes fantasma. "Qué ganas tengo de que llegue marzo". Cállate ya, puta pesada. Como ya estamos en marzo, he tenido que revisar mis ideas, cambiar de título y mudarme el sentimiento. Ahora soy éxtasis mezclado con estado de resaca permanente. Y un poco de melancolía. Y no sé. Puta pesada. 
El caso es que como mi ánimo modula según el día, aprovecho los momentos en los que no estoy enfrente de libros o cervezas para escribir cosas insustanciales. 
La verdad, yo lo llamo enero y febrero. Pero podría decir caos y vacío, respectivamente. No sé vosotros cómo lo denomináis. Esos meses en los que la vida te cansa, y el camino a la biblioteca es el mejor momento del día. No sé si para vosotros fue puto septiembre. Pero haced como que ha sido febrero para que podáis meteros en el mood. 

Era caos, y llevaba unos días encerrada y pensando en lo que podría ser si yo no fuera yo. Salía un jueves, y no sabía si debía estar allí o en mi casa pensando. Pero estaba. Y me costó entrar en la noche unas dos jarras de Estrella Galicia. Pensaba tanto que si fuera un dibujo animado me hubiera salido humo por la cabeza. Pensaba. Y entonces, todo se paró. Mis amigos tenían una Estrella Galicia en la mano y la música y las risas rodaban a cámara lenta. El alcohol ayuda, sí. Pero yo qué sé, pensar que la vida es poética me pone. Era caos, pero estaba sentada, bebiendo cerveza y riendo. Y no pensaba.

Y luego, fue vacío. Caminaba hacia un lugar que los ajenos consideran que tiene nombre de bar, pero que en verdad es una puta biblioteca. Y en este vacío hacía sol, y buen tiempo, y la gente andaba como si fuera verano. Y joder, el cambio climático. Pero tú solo pensabas. Y querías que caos no fuera caos, pero en fin, la vida es una cabrona. Pensabas. Y caminabas por calle Zamora escuchando "Turnedo". Porque, mira, cómo cambia la vida con una banda sonora. Y te sientes imbécil, y cuentas los años que te quedan de caos y todas las personas que has conocido. Y entonces llegas a esa plaza. Y te giras a mirar el reloj, aunque vayas hacia las Conchas; porque cuánto pasará hasta que te vuelvas a girar. Y caminas, y piensas, pero no. Y cuántos carteles has imitado en la Imprenta, y cuántas veces no recuerdas haber ido a Bisú a las cinco de la mañana. Y caminas. Y no puedes evitar decir "me encanta" cuando caminas por la calle Compañía. Y llegas. Al mismo lugar que te descubrió a Iván y que hizo que Coque te tirara su púa tras dejarte marchar. Y los turistas japoneses buscando la rana, y te ríes, y la buscas sabiendo de antemano que nunca la van a encontrar. Y piensas que, joder, vaya privilegiados somos de solo tener que abrir libros y cerrar bares. 

Y vacío pasa. Y llega marzo, que bien podría ser sobrevaloración. Y te sorprendes, porque sigues pensando. La vida es muy puta. Y piensas. Y vas de cañas con esa sensación de borrachera que te deja terminar de exámenes antes siquiera de probar la cerveza . Y la mierda, sobrevaloración parece que va a ser bueno, que no te jodan más. Spoiler: volverás a pensar. 

Solo quería decir que la vida es un poco cabrona. Pero no todo es malo. 

Pero pasarán los años y seguiremos siendo novatos en la vida. Nunca dejaremos de sufrir cuando la vida nos da por culo y resulta que no era para tanto. Nunca dejaremos de ponernos rojos cuando saludamos a alguien por equivocación. Seremos felices y tristes y luego felices, y más tristes. Y volveremos a sorprendernos y a creer en algo. Y puede que con suerte volvamos a sentir cosas bonitas, o nuevas. O feas maquilladas de belleza. Quién sabe. Puede que seamos un boceto de lo que imaginábamos ser, puede que nunca lleguemos a ganar el Nobel, puede que veamos que cada evento de nuestra vida es monótomo y que vivir en una ciudad grande con una compañera de piso vegana y lesbiana no era tan bohemio como creíamos. La vida, esa amiga bonita de corazón de hielo rodeada de un calefactor que se apaga cada vez que te acercas a la felicidad. Eso. La vida seguirá siendo y tú serás esa cosa prescindible que intenta cambiar la graduación del termostato.

Seguiremos siendo novatos. Y la vida una cabrona. Pero qué bien que haya llegado marzo.


Popopopom Shalalalá, Popopopom shalalalá.






17 de enero de 2019

Allí

¿Que qué tal por allí? Buah, genial.
¿Qué se supone que debo decir? ¿Que fue la experiencia de mi vida, que todo lo que veo me recuerda a allí, que ojalá volver algún día, que ahora toca readaptarse a lo de siempre? Sí, por qué no. Todo eso que pensáis antes de formularme siquiera la pregunta. Los tópicos más radicales de las experiencias en el extranjero, los he vivido. Todo eso. Ya está. Eso era. Pero pensando, sobre todo era tiempo que pasaba, personas que hablaban, coches que pitaban, música que sonaba. Eso. Y en medio, una turista ajena a todo.
Sin embargo, sería un atrevimiento y una gilipollez por mi parte intentar resumir lo que siento con palabras pasajeras, como parece que voy a disponerme a hacer. Why not.

Allí, las cosas se veían muy reales. De eso que podías dibujarlas en tu cabeza nítidamente, y no hacer ridículos bocetos mentales como cuando estás en tu casa y repites monótonamente lo mismo. Los días pasaban a velocidad x32 pero recordabas cada detalle, porque joder, estabas allí y había que aprovechar el espacio mental. Allí la gente hablaba raro. Ahora lo echas de menos. ¿Por qué la gente hablaba ese español inventado? Ahora crees que utilizar las palabras que aprendiste te hace guay. Pero no, te hace más triste, y además, te hace quedar como una pedante. Pues allí el aguacate se dice palta. Voy a decir "palta" para siempre. Palta. Pedante. El mes que viene ni me acordaré y pediré aguacates en el "Mercadona". Allí la gente te da un beso en la mejilla para saludarte. Paciente, amigo, padre o vecino. Siempre. Ahora aquí os saludáis con la cabeza. Ey, qué pasa. Joder, echas de menos los besos que al principio odiabas. Allí, la gente te invita a sus casas, sus cumpleaños y sus asados. Aunque casi no te conozca. Aquí con suerte te saludan por los pasillos. Allí no todo era bueno. Allí había atascos de dos horas, allí tardabas en llegar al trabajo una hora con suerte, allí te gastabas los ahorros en comer y ubers. Allí no había calefacción. Amas la calefacción central. La has echado de menos. Pero también echas de menos los treinta grados que hacía en diciembre, la Navidad tomando helado, y el desierto al atardecer. Allí te creías rica cenando cada día en un restaurante distinto y yendo a todos los tours. Allí, hablabas con gente que ni se te hubiera ocurrido. Aquí, te lo piensas antes de dirigirte al chico del autobús y pedirle la hora. Allí, los meses no tenían nombre y los días eran números al azar, porque daba igual lunes, 16 o noviembre. Allí, podías cenar con vino hablando de política y no sentirte subnormal. Aquí, cinco chupitos a un euro. Allí, andabas una hora porque te apetecía desconectar. Aquí no vas a por leche porque el "Día" queda a cinco minutos. Allí, por fin hiciste treking, subiste cerros y caminaste por el desierto. Aquí, sueñas con salir un día siquiera a caminar. Allí, la vida parecía un simulacro de un futuro de trabajo y tiempo libre, un mundo en el que tenías amigos casados. Aquí, acabas de volver de la biblioteca, y sacas los tuppers de tu madre de la nevera. Allí, todo era rápido y lento, todo era relevante y trivial, los contrastes no lo eran porque nada era verdaderamente importante, o porque en realidad solo importaba eso. Allí, no pensabas en nadie de aquí, te sentías egoísta unos segundos al día, pero se te olvidaba con una "Torres del Paine". Allí, querías promocionar España porque qué buenas tortillas y morcillas. Aquí, haces pebre y guacamole a tus amigos. Allí, aprendiste medicina, la vida de los ubers, y algo de derecho internacional. Aquí, deberías estar aprendiendo lo que dicen en la clase a la que no has ido por dormir. Allí, puede que todo fuera más fácil cuando dejo de ser dificíl. Aquí, cuanto más fácil, más difícil lo ves. Allí, te tiraste a la piscina porque solo se vive una vez. Aquí, te da miedo porque no vaya a ser. Allí, las calles eran kilométricas y la gente corría hacia el metro a zancadas. Aquí, tienes cuatro calles a cada lado, y solo corren los universitarios porque llegan tarde a clase. Allí, creías por un momento que tu vida era eso, y no sabías cómo hacer para volver y no estar en la mierda; pero luego alguien te dijo que siempre es bueno volver a la realidad, y fuiste más feliz que nunca, y ganaste un amigo. Gracias. Aquí, la felicidad parece lejana pero está. Me la traje envuelta desde allí en mi miedo a volar y en mi ansiedad social, y la saludo por las mañanas antes de salir de casa.

Aquí, poco a poco, voy abriendo los libros sin miedo, y la gente me resulta familiar. Sigo llegando tarde a los sitios, yendo al cine los miércoles, bebiendo "Estrella Galicia" en los bares y comiendo pizzas del "Mercadona". Aunque mi vida no ha cambiado demasiado, yo puede que sí. Solo algo. Ese algo que no abandoné, sino que me traje de allí. Y eso sí que no lo puedo escribir. Sería una pedantería, y una cursilada. Pero aquí está, a mi lado, escribiendo esto. Me dice que ahora escucharé "bacan" por la calle, y me giraré a hablar con esa persona recordando que estuve allí; me dice que tomaré aguacates para desayunar los fines de semana; que no pensaré tanto en lo que piensen los demás; que tendré muchas personas para comentar los recuerdos de allí, y las noticias de aquí; que saldré a cenar para descubrir nuevos restaurantes; que no me quedaré en un lugar si tengo la oportunidad de descubrir otro; que querré aprender a bailar y a cocinar; que caminaré con más gusto y no me agobiaré más con las multitudes; que querré dedicarme a algo de lo que pueda vivir por gusto; que siempre querré volver pero que ahora estoy aquí.

Gracias a allí. Y digo allí, porque aunque yo y algunos que leéis sabéis a dónde me refiero; podría ser cualquier sitio. Igual que no hay un hombre/mujer de tu vida, sino muchos posibles que solo las circunstancias y la casualidad hacen reales; igual con los lugares. Podría haber sido otro año, podría haber sido otro lugar. Pero fue entonces y allí. Gracias.

Y en resumen: buah, genial.





5 de noviembre de 2018

Aquí

Rara. Una sensación que jamás has experimentado te embriaga 24/7, como dicen los modernos. Es algo indescriptible, pues nunca antes lo has sentido, y no sabes si lo volverás a sentir. Al principio, parece que solo está siendo una experiencia más. Que comes, duermes y hablas igual. Luego, según van pasando los meses, te das cuenta de que lo excepcional es lo normal, de que sentir raro es de ahora en adelante la forma en la que vas a sentir mientras estés fuera. Ni recuerdas cómo sentías antes de llegar. Hablas con gente de antes, y echas de menos, pero tampoco te importa tanto. Estás en un tiempo y en un espacio distintos, y cuando vuelvas, todo va a seguir igual. Las personas seguirán siendo las mismas, los lugares seguirán estando ahí, los bares seguirán poniendo los éxitos indie/reggaetón de la temporada, y los exámenes seguirán siendo de tipo test y a desarrollo. Todo volverá a estar ahí, como si el tiempo que has estado fuera ni hubiera existido. Sin embargo, tú, ¿serás la misma persona?

Esto es lo que te preguntas cuando en la mitad de tu estancia fuera, sientes como si acabaras de llegar. Sientes que no quieres regresar aún, aunque queden varios meses para volver. Tu forma de pensar se ha remodelado de tal manera que intentas pensar como pensaría tu yo de antes de llegar. ¿De verdad soy la misma persona? Es difícil de saber. Hablas igual y caminas de la misma manera, pero hay algo que no te encaja. De vez en cuando, te sientes sola. De vez en cuando, no sabes qué estás haciendo allí, y lloras, y te sientes muy perdida. Y otras veces, la mayoría, te sientes muy bien, con muchas ganas de conocer gente, lugares y comidas. Ni te imaginabas que tuvieras tanta capacidad de entusiasmo. Tu vida es una montaña rusa, y tus sentimientos se te desbordan, y ni siquiera entiendes por qué si sigues estando en el mismo planeta, y en la misma época, y las noticias se siguen sucediendo, y los niños siguen naciendo, y la gente sigue muriendo. Pero para ti, el mundo ha hecho un gran stop, y estás en un súper tiempo muerto en el que todo cabe y del que nadie te avisó.

Pareciera que fuera ayer cuando un atardecer de principios de agosto me sentaba en la terraza de mi casa mirando la puesta de sol y diciendo a mi madre que ahora sí que sí tenía mucho miedo. Era el día anterior a irme a un lugar a miles de kilómetros de distancia en el que no conocía a nadie. Me dieron náuseas, y mi madre me dijo que me iba a preparar una manzanilla. Todo el verano había estado feliz y en ese puto momento me tenía que poner así. Sofía, no jodas. Me empezaron a temblar los brazos y me sobrevino un dolor punzante en el estómago. Esa noche no dormí nada, y madrugué para ir a Madrid a recoger mi visado. Veía a la gente muy tranquila por las calles madrileñas a 40 grados de temperatura, y solo pensaba en que ojalá yo pudiera quedarme en Madrid y no tuviera que viajar a un invierno tan lejano e incierto. Pero llevaba un año preparando algo que solo a mí se me había ocurrido, que nadie me había obligado a hacer, y que, de hecho, se me había cuestionado día sí día también. Ahora era el momento de ser consecuente con mis decisiones y subirme a ese puto avión con dos jerséis encima, aunque en Madrid se pudiera freír un huevo frito en la calle.

Mi absurdo miedo a volar fue bien, hasta que algo relacionado con las putas presiones Andinas, hizo que hubiera más turbulencias que las que podía soportar, y a solo una hora de aterrizar, me imaginé a mis padres viendo en los titulares del telediario del día siguiente la caída de un avión español en los Andes. Al aterrizar, pensé que, si había podido superar eso, los restantes cinco meses iban a ser un paseo. Y yo, ahora sí, feliz, tomé mis maletas de 23 y 15 kg respectivamente, y me aventuré a pisar las frías tierras chilenas por primera vez. Hacía más frío que la mierda, y solo pensaba en llegar a la habitación del hostal y prender la calefacción (ah, ingenua europea).

Mi primer contacto con una chilena hizo que me aumentaran las ganas de descubrir ese extraño país. En mi transfer de camino al hostal, una psicóloga chilena de mediana edad se dio cuenta de que no pillaba/cachaba ni una palabra de lo que decía y me dijo algo que me han repetido cada uno de los chilenos a los que he conocido: “ah, es que los chilenos hablamos muy mal y muy rápido, disculpa”. Ah, yo os disculpo todo. El caso es que empezó a hablarme de su viaje reciente a España y que si tenía algún problema que la llamara, y que si el hijo de una amiga estudiaba medicina, y que si necesitaba wifi para hablar con mis padres. Amigos chilenos, no dudéis de que esta chica fue vuestra mejor embajadora. Llegué al hostal, y por supuesto, ahí me di cuenta de que la calefacción no se estilaba en el país; aunque fuera invierno y realmente hiciera puto frío, y estuvieran rodeados de putas montañas gigantes nevadas, y las paredes fueran de cartón. Cosas prescindibles, su puta madre. El calefactor sería mi amigo de ahora en adelante.

Ahora sí. Estaba sola en un lugar del que no tenía ni idea. Salí a la calle, y lo que cuando vuelva va a ser algo que eche de menos cada día, en ese momento me pareció inverosímil. Rodeando la ciudad, montañas. O sea, los Andes. Una sensación extraña. Me sentía ahogada, como si aquellas montañas me fueran a impedir salir de allí, pero a la vez, me inundó una sensación de asombro. Creo que hice cincuenta fotos, y se las envié a todos mis contactos: “Ya por aquí. Mirad las vistas por la calle. Flipo.” Y a veces, sigo flipando.

Las aventuras con la tarjeta de móvil, transporte, uber, pesos, supermercados, etc. las dejo para otra ocasión. Baste decir que en un mes superé más o menos el choque cultural, y descubrí que mi mejor amigo era Google maps. Él siempre estaba cuando lo necesitaba, me daba los mejores consejos, y nunca nunca se equivocaba. Ojalá hacer una película como Her para poder alabar sus cualidades.

Y así, una persona con mínimas aptitudes sociales, con nula orientación, con un miedo intrínseco a probar cosas nuevas, y con una alergia a levantarse antes de las doce de la mañana, se vio en la situación de tener que empezar prácticas en un hospital al que no sabía cómo llegaría, trabajando con gente desconocida, y levantándose antes de que las calles estuvieran puestas. Y lo que el primer mes fue descubrimiento y miedos, se convirtió en adaptación, y evolucionó a rutina y gusto.

Empecé a sonreír mucho, a decir “al tiro” a los pacientes, a ser proactiva, a caminar mucho muchísimo, a superar mi miedo al metro a base de puñetazos en las horas punta, a echar de menos la lluvia que tanto odiaba, a montarme en el metro y aparecer en un barrio que debido a la diferencia de poder adquisitivo pareciera de otro país, a calcular los precios en una moneda que en vez de uno decía 780, a hablar con la gente de España como si estuviesen en otro planeta y no me importase tanto que no estuvieran en el mío, a sentir de otras maneras, a aprender a estar sola y a estar con gente… y al mismo tiempo, a dejar de echar de menos. Me volví rara, o distinta, o algo entre nuevo y escondido.

Yo, que sabía que todo esto tenía un fecha de caducidad, que era consciente de que unos meses era lo que decía mi seguro médico, que respiraba el invierno en verano y solo estaba esperando a sentir el verano en invierno, yo, que tuve náuseas el día anterior a partir, que temblé en el avión y me puse blanca al cruzar los Andes, que no entendía ningún modismo ni aunque me lo pronunciaran bien; ese mismo yo, ahora, no quiere ni pensar en volver otra vez. Será porque sé que vuelvo a la rutina, a los libros, a las mismas calles y a las mismas personas (sin desmerecer a nadie), será porque sé que debo continuar lo que dejé a medias, que esto es solo un inciso en mi vida, y será porque sé que los kilómetros hacen lo difícil imposible. 

El 23 de junio escribía que me había despedido de demasiadas personas, que este año iba a ser difícil, diferente, y que nadie sabía qué iba a pasar. Ese 23 de junio volvía a mi casa después de acabar mis últimos exámenes, y ya sabía que no iba a volver a ver a muchas personas hasta cierto tiempo. Ese día fui tan consciente de mi partida, que lloré cuando sonó "23 de junio" en mi spotify mientras decía hasta luego (hasta muy pronto, en realidad) a las cúpulas de la Catedral. En una libreta que ahora tengo a mi lado al otro lado del Océano, escribí que el destino o la casualidad habían hecho que yo quisiera irme, que me fuera, que de hecho me haya ido.

Ahora, estoy igual, pero no. Intento pensar en cómo sentía las semanas antes de venir, y soy incapaz de recordar. Solo sé que lo que siento es algo completamente nuevo. Ni bueno ni malo, distinto. Rara. No sé. Quizá haya descubierto que hay cosas más allá. Quizá esto le ocurra a cada persona que decide salir de su zona de confort. Quizá solo sea yo la que cree que está en Marte, la que piensa que no sabe muy bien qué está haciendo, la que crea que debe estar aquí, pero que no sabe por qué, la que no quiera volver porque tiene curiosidad por ver el desarrollo de los acontecimientos, la que sabe que cuando hay una fecha de término debe ser consecuente con sus actos.

Ahora pienso en esas personas que me dijeron que por favor aprovechara lo máximo, que me comentaban que cuando volviera no iba a ser la misma persona, que iba a ser una de las mejores experiencias de mi vida. Yo, que siempre soy reticente ante las cosas que no experimento por mí misma, decía que sí con la cabeza, pero negaba incrédulamente con la mente. ¿Cómo voy a echar de menos un lugar en el que solo estoy de paso? ¿Cómo es posible que me cambie? ¿Cómo sé que no voy a querer volver en ningún momento? ¿Quién me asegura que lo voy a pasar bien?

En verdad, esas preguntas no se podían contestar en aquel momento. No tengo problemas en afirmar que todo el mundo tenía razón. Mi madre respira feliz de que esté contenta, aunque me sugiere que: “hija, sabes que tienes que volver, no te encariñes y no hagas ninguna tontería”. Mis amigos respiran felices pues “menos mal que estás bien, teníamos dudas de que hicieras amigos”. Otros me comentan: “pásalo bien, pero recuerda que te echamos de menos”.  Yo también os echo de menos. Pero nos vemos en tan poco tiempo que no hace falta ni que os lo diga.

Como alguien que escribe como terapia, tengo que decir que tras la adaptación y la estabilidad, solo puede llegar el carpe diem. Pensar que lo único certero es dónde estoy y con quién, y aplazar (no evitar) el futuro hasta que lo tenga delante de mí. Ahora mismo, lo único que quiero ver son unas aceras por las que tengo que caminar para ir a mis prácticas, unas montañas que aparecen cada vez que levanto la vista, unas personas que me dicen que si cacho esto o lo otro, y unos sabores que me dicen que hay palta para comer otra vez.  El futuro se desvanece, dejo atrás las indecisiones, las frustraciones y las aparentes necesidades, y solo puedo pensar en lo que está pasando aquí y ahora.

Por otro lado, no sé cuándo regresaré aquí. Así que a mi yo del pasado, la de las náuseas y la manzanilla, le digo: “deja de ser una ahuevonada, que todo va a salir bien”, y a mi yo del futuro le digo “deja de pensar en el futuro y céntrate en el momento que estás viviendo”.
No me quiero ir, y puede ser que sea porque sé que hay fecha de vencimiento. Puede ser.
Rara. Y feliz.




19 de septiembre de 2018

Patria

¿Soy o no soy patriota? ¿Quiero creer que soy ciudadana del mundo, hippy, apátrida gilipollas; o en realidad soy más española que una tortilla de patatas?  ¿Acaso nos volvemos patriotas cuando nos alejamos de nuestro país? ¿Acaso me he convertido en una de esas personas que van promocionando la Marca España y te venden la morcilla de Burgos como un tesoro gastronómico y cultural incomparable? ¿Acaso cuando vuelva a España me voy a dedicar a quitar lazos amarillos y a decir "viva el rey"? Aunque ¿acaso es malo ser patriota? ¿Qué pasa en España para que nos dé vergüenza proclamar sus pequeñas virtudes? ¿Por qué en otras partes del mundo mola tener una identidad? Pero, espera, ¿soy yo o son los españoles en general? ¿Acaso no es reduccionista hablar de mí como ejemplo de toda una nación? Quizá sea yo y solo yo la aparente apátrida gilipollas y los demás sepan muy bien de dónde vienen y a dónde van. Quizás no me sienta ciudadana de un país concreto porque el país no me parece como para tirar cohetes. O quizá he estado intentando hacerme la diferente dentro de la masa informe de españolitos ilustres mientras estaba en tierra patria y ahora estoy aprovechando mi destierro para jactarme de que soy española y mucho española y que viva España y olé. 


Todo esto pasaba por mi cabeza mientras a día 18 de septiembre, en plena celebración de las fiestas patrias de un país que no es el mío; veía taxis, calles, personas, semáforos, malls (supermercados), fondas (ferias), caballos, suelos, carreteras, escenarios, mofletes, ojos, torsos, televisiones, hospitales, cárceles, restaurantes, pubs, ventanas, balcones, gatos, perros, abuelas,... decorados con la bandera chilena. Una bien grande y colorida para que se viera bien que estaba en Chile. En Chile. Y que no haya equivocación. En Chile. Y yo, una persona apátrida, triste insensata ciudadana del mundo, hippy perroflauta flaite; estaba feliz. Muy feliz. Enamorada de la gente riendo con sus banderas, bailando cuecas (baile tradicional chileno), bebiendo terremotos (bebida típica) y gritando "viva Chile" bien alto, sin vergüenza. Era feliz. Y nada me chirriaba. Es el 18. Están orgullosos de su patria. Viva Chile.

Sin embargo, empecé a pensar. Yo, que rechazo cualquiera atisbo de orgullo español salvo cuando es justificable, ¿qué mierdas hacía riendo y bailando y diciendo "viva Chile"? En serio, ¿qué mierdas?
¿Por qué no esperaba una justificación razonable de aquellas gentes que gritaban "viva Chile"? En serio, ¿por qué me estaba ablandando con aquellos chilenos arrogantes de patria? ¿Qué me estaba pasando? Y peor aún, ¿por qué de vez en cuando decía "pues en España hacemos esto así, pues hay bailes típicos también allí, pues la sangría nos sale mejor, pues eso no son patatas bravas de verdad, pues mi ciudad es preciosa, pues espera a ver las playas españolas"? En serio, ¿qué tipo de señora bien se había apoderado de mí? Parecía Albert Rivera en su versión más sensacionalista. Mucho española. Por favor...

Después de la sobredosis de chilenidad y el contrapunto español, empecé a razonar. Pensando de todo un poco, realmente, ¿qué es ser patriota? Me gustaría decir que ser patriota es ser de tu familia, de tus amigos, de tu hogar, de tu niñez y de tus aficiones. Me gustaría ponerme a hablar como Federico Luppi en "Martín (Hache)" y decir aquello de que "la patria es un invento". Y claro, pronunciar aquel discurso de: "Eso de extrañar… la nostalgia y todo eso es un verso. No se extraña un país, se extraña el barrio en todo caso, pero también lo extrañás si te mudás a diez cuadras. El que se siente patriota, el que cree que pertenece a un país es un tarado mental; la patria es un invento. ¿Qué tengo que ver yo con un tucumano o con un salteño? Son tan ajenos a mí como un catalán o un portugués. Son estadísticas, números sin cara. Uno se siente parte de muy poca gente, tu país son tus amigos, y eso sí se extraña." 


Pero ni pienso ni escribo tan bien. 

Según la RAE, patriota es: "persona que tiene amor a su patria y procura todo su bien.", y patria: "tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos."
Vínculos jurídicos, históricos y afectivos. Eso debe de ser. Pero también todo eso que decía Luppi. También son tus amigos, tu familia, la calle de enfrente de la casa en que naciste, el primer colegio, tu primer piso de estudiantes, tus borracheras, los cromos que cambiabas los domingos, tu cama, el color de la pared de tu cuarto. Patria, geográficamente localizada en cualquier punto del planeta. O en varios. Como se guste. 
Pero esa es la patria poética, la ideal, la inimaginable en un ámbito legal. Poniendo los pies en la tierra, la verdad, es que mi patria es España, de momento. Ah, lo que ha dicho. Sí. Eso. Bueno. 

¿Pero es malo ser patriota? Se da la curiosa y fatal casualidad, de que en España se mezclan en un continuo catastrófico, los restos del fascismo, el hambre y las guerras, con la bandera, el himno y el patriotismo. Una pena a la que se une el hecho de la crítica situación de precariedad laboral, corrupción e inestabilidad política. Y es una pena. Porque tenemos una Alhambra, una Catedral de Santiago, torrijas, tortilla, paella, Mediterráneo, Almodóvar, Barcelona, Cervantes. Y un etc. demasiado extenso. 

Realmente, ser patriota, siendo justos, no es malo. Já. Yo, la repudiadora de españolitos con la bandera en la muñeca y el toro en el pecho, proclamo que no es malo ser patriota. De hecho, me parece necesario serlo, para reconocer que no es necesario aferrarse a la idea de un país ideal. Y de esta manera, como yo soy española a partir de ya, puedo decir "España de mierda" y que no me tiemble mi españolidad en ningún momento. España de mierda cuando no se puede decir "me cago en D...", cuando las banderas valen más que las vidas, cuando los contratos son tan temporales como mi paciencia. Y qué bien poder reconocer que no somos los mejores, que hay que progresar en mil quinientas cosas. Porque si yo dijera que me enorgullece ser española pero no reconociera todo esto, sería una mala patriota. Amo mi país, y "yo soy español integral, y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; odio al que es español por ser español nada más. Yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista abstracta por el solo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos. El chino bueno está más cerca de mí que el español malo. Canto a España y la siento hasta la médula; pero antes que esto soy hombre de mundo y hermano de todos. Desde luego, no creo en la frontera política." Esta frase de Federico García Lorca, una de las razones por las que me enorgullezco de mi país, resume todo lo que he dicho hasta ahora, y lo que pudiera decir más adelante. No tengo nada más que aportar.

Por ello, cosas que he aprendido como una extranjera fuera de mi país: que los humanos somos más parecidos de lo que creemos, que yo no voy a cobijarme debajo de una bandera jamás pero que no está mal lucirla si se tienen los pies en la tierra, que me gusta ser española para criticar y alabar a mi país a partes iguales, que fuera de España todos somos mucho y muy españoles aunque queramos que no, que la tortilla de patatas no sale tan bien si no te la hacen tus padres, que la sanidad y educación públicas son dos de los tesoros más incalculables que tenemos y que bajo ningún concepto podemos perderlos, que no echo de menos una línea imaginaria pero sí una sonrisa, un salón y un ukelele, que hay que respetar al que dice "viva España" si respetas al que dice "viva Chile", y que yo soy patriota de poca gente, de ciertos lugares, y de muchos recuerdos.


Viva.


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24 de junio de 2018

Destino o casualidad

Me gusta el drama, y al mismo tiempo, me la suda todo.
Siempre intento ser de mente abierta, moderna, guay, tolerante, diversa, y eso. Pienso que tener sentimientos, querer, echar de menos, y melancolizar todas las situaciones posibles, es algo que no sé hacer; y sin embargo, hago a todas horas. Pero si hay algo que he aprendido estos días, es que, justamente, pretender etiquetar a todo y a todos es el principio del fin de toda definición. Somos contradicción, líos, idas de olla, imperfecciones. Y eso mola. 

Así que sí, cada vez lloro más con las películas tristes, me encanta ponerme a dar saltitos cuando suena "Emborracharme" mientras me tomo un thriller, y he empezado a decir te quieros sin que me tiemble la voz. Puede ser por eso por lo que, a día de hoy, cerrar etapas, decir adiós, hasta luego, hasta que quieras, hasta que no quieras, me voy, me quedo, nos vemos, nos veremos, no nos veremos; me resulta más difícil que nunca.

Ahora siempre me voy, no con lágrimas, pero sí con una pequeña congoja en el corazón que despierta mi inclinación por escribir estas mierdas. Y este año, más que nunca, siendo el año de los cuartos, de las bandas, de los TFGs, los masters, las oposiciones, los ni puta idea, los me han cogido, los me voy a la otra parte del mundo, los me vuelvo a casa, los ya veremos, los qué pasará, los últimos conciertos, los últimos paseos, los últimos besos, los últimos exámenes, las últimas cervezas, los últimos bailes, los últimos suspensos, las últimas resacas, los últimos días, ¿los últimos? No way.

Estas semanas han sido las primeras en cuatro años en las que me he despedido de más gente que la que he conocido. Pero también han sido las semanas de las primeras veces. 
La primera vez que como yuca, la primera vez que tomo churros con chocolate antes de volver a casa de fiesta, la primera vez que voy a la piscina con gente que, paradójicamente, conozco de hace años, la primera vez que utilizo la palabra "idiosincrásica" en una frase sabiendo lo que significa, la primera vez que tengo que recuperar mi asignatura favorita de la carrera, la primera vez que recito en público, la primera vez que tomo una mahou sin alcohol, la primera vez que me hablan abiertamente sobre poliamor, la primera vez que no me piden el carnet para comprar alcohol, la primera vez que veo una serie en catalán, la primera vez que recorro tres ciudades en 24 horas, la primera vez que bebo todos los días de la semana, la primera vez que escucho trap por gusto, la primera vez que me doy cuenta de todas las primeras veces que obvio pensando en las últimas.


Después de una ardua discusión de sobremesa sobre el destino y la casualidad, he llegado a la conclusión de que las contradicciones no solo forman parte de nuestra vida, sino que nos ayudan a vivirla. Que lo que para unos es el destino, y para otros la casualidad poética, o Dios, o el Universo, o su puta madre, nos ha colocado aquí, en una posición difícil de adioses y últimas veces; pero que también nos hace encontrar otras tantas razones para poder sentirnos un poco mejor o un poco menos como una puta mierda con la vida.

Las personas, al contrario que las cosas, no pueden mantenerse estáticas en una misma definición durante mucho tiempo, ni en un mismo lugar. Hay que volar, descubrir, deconstruirse, cambiar de opinión una y mil veces, y luego, el destino o la casualidad volverán a colocarte en el punto de partida. O no.
Y es que, mis semanas de las primeras veces han sido bonitas y tristes a partes iguales. Y puede que haya escuchado demasiadas canciones de bajona, o que el alcohol aún no se haya disuelto de mi organismo. Pero creo que la melancolía de hoy no durará mucho, porque seguramente mañana volveremos a bailar a cualquier otra parte, y a jugar al futbolín borrachos.






26 de octubre de 2017

Salud

La OMS define salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. La salud mental se define así, como “un estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera y es capaz de hacer una contribución a su comunidad.”


Mientras googleaba y leía esto, me sorprendía al darme cuenta de que rara vez estoy sana, física, mental, y socialmente. Quizá lo más subjetivo, y por eso, variable, sea el concepto de salud mental. ¿Qué entiende cualquier persona de la calle por eso? Pues claramente, “que yo no estoy loco, tío.” Best definition ever.


Y básicamente si optamos por el reduccionismo, es eso. Qué maravilla la gente que goza de un estado de bienestar tan pleno que es capaz de afrontar las tensiones normales de la vida, trabajar de forma productiva y fructífera, y es capaz de contribuir a su comunidad. Enhorabuena, de verdad. Yo gozo de ese estado, más o menos, casi nunca. Ahora, llevar la definición a rajatabla es ponerse quisquilloso, es cierto. Pero ahí está, lo dice la OMS. Por favor, que levante la mano quien se encuentre sano siempre. Y luego que levante la mano quien diga “que yo no estoy loco, tío”. Gracias.

Todo esto venía a cuento por un tema que me viene rondando en la cabeza desde hace varias semanas. Se ha dado la casualidad de que tengo varios amigos que están estudiando psicología, y otros que, simplemente, se interesan por el tema de la salud mental, ya sea porque les toca de cerca, o porque poseen ese don tan escaso en la actualidad al que llamamos empatía. Es algo tan complejo de tratar que hasta me da cierta vergüenza hablar sin saber a ciencia cierta de lo que hablo. Sin embargo, me veo casi en la necesidad de aclarar ciertos aspectos que claramente necesitan ser aclarados. Claro. 

En fin. Se podría decir que en la actualidad, cada vez es más frecuente los trastornos de ansiedad, depresión, etc. Algo tan común y tan ocultado al mismo tiempo, que me hace dudar de nuestros avances como especie. No es raro oír que un amigo ha sufrido ansiedad porque no puede más con la carrera, o que otro ha tenido una depresión, o que le dio un brote psicótico, o que empezó a consumir y no podía parar… Nadie puede decir que no haya oído hablar de ello. Otra cosa es que lo haya querido oír. 

En la carrera de medicina, por ejemplo, es ya reconocido en numerosos estudios la cantidad de trastornos de estrés, ansiedad, depresión, y hasta suicidios. ¿Estamos haciendo algo mal? Sí. Y doblemente mal. Primero, es urgente que se tomen medidas para evitar que los estudiantes estén sometidos a este tipo de situaciones límite, estudiando una carrera, que, en potencia, debería de fomentar todo lo contrario. Pero sobre todo, y es a lo que quiero referirme, debemos dejar de estigmatizar algo que es tan común, como que el 27% de los alumnos de medicina sufran depresión, o que el 11% tengan pensamientos suicidas a lo largo de la carrera. NO debemos de guardar esto debajo de la alfombra y hacer como que aquí no pasa nada. Hay que saber. El conocimiento es la llave para todo en la vida, y, en un sentido, la estigmatización de estas enfermedades es sinónimo de ignorancia. Y todo se convierte en un círculo vicioso. Nadie sabe que tengo un problema, el problema acaba conmigo, nadie sabe que el problema ha acabado conmigo. Al día siguiente otro tiene el mismo problema, no entiende a qué se debe, no sabe cómo tratarlo, así que asume que debe dejarlo pasar, que no es un problema, y el problema acaba con él. Y así.

Esto es solo un ejemplo. Podría enumerar mil. Si se dejara de señalar con el dedo a las enfermedades mentales, quizás estas se reducirían, quizás todos seríamos menos ignorantes, quizás la empatía se convirtiera en el bien común que siempre debió ser. Pero seguimos siendo cabezotas. Admitir que tienes que ir al psicólogo es similar a admitir que el demonio te ha poseído y en cualquier momento vas a empezar a echar sapos por la boca. Admitir que necesitas ayuda es tan vergonzoso que ojalá hubieras pillado la tuberculosis. Admitir que estás tomando pastillas es como decir que se te ha ido la olla por completo. Y claro, claro que estoy siendo exagerada. Pero hemos recibido una educación tan errónea y escasa, que todos en el fondo pensamos eso en el interior de nuestras cabecitas. 

Este verano, un chico que había acabado la carrera de psicología me dijo que todo el mundo debería de ir al psicólogo. Y es cierto. Que levante la mano quien no ha pasado “una mala época”, que es el eufemismo que ponemos cuando no queremos o no sabemos nombrar a algo malo que nos pasa. Ir a ver a un profesional está tan extendido en América del Norte y Sudamérica que casi cada persona tiene uno asignado. Entonces, ¿qué estamos haciendo aquí? Algo está mal. O aquí todos estamos sanísimos y lúcidos siempre, o somos unos ciegos y tozudos.

Una amiga me contaba el año pasado sobre la ansiedad que empezó a tener con los exámenes. Yo entiendo de estrés, pero he de reconocer que nunca he llegado a más. Sin embargo, cuando me contaba sus ataques de ansiedad, sentía una congoja que llegaba a asfixiarme. De verdad lo había pasado mal, de verdad que yo no podía entender, pero de verdad que yo podía respetar y empatizar con ella. Y ahora me vuelve a decir que tratar ese problema le ha ayudado de una manera inimaginable. Y ya no tiene esa agonía en su vida. Y me alegro. Pero mientras tanto, no es raro escuchar: “pues esa ayer fue a ver al loquero”, “pues no entiendo cómo por esa chorrada puede estar así”, “pues no me lo creo”, “pues a ver si deja ya de montar el espectáculo”. Quizá he dramatizado un poco. Pero básicamente es eso, eso es lo que resuena en el interior de nuestras mentes. Y algunos lo dicen, y otros no. 

Andamos faltos de empatía, educación y ganas. Todos somos enfermos. El estado de salud es tan variable que es casi imposible que lo mantengamos toda la vida. Si me duele la garganta, lo digo, y voy al médico de familia. Si me he roto un hueso, lo digo, me quejo, y voy al traumatólogo. Si veo cada vez peor la pizarra de clase, lo digo, le pido los apuntes al compañero, y voy al oftalmólogo. Si me encuentro en una situación límite, incontrolable, de ayuda urgente, de depresión o ansiedad, ¿me callo? ¿Lo oculto? ¿Sonrío y sigo adelante? ¿Me aíslo? ¿Me suicido?

Creo que queda bastante claro. La lógica desaparece. Ayudemos. Queramos. Comprendamos.

Salud, amigos.