5 de noviembre de 2018

Aquí

Rara. Una sensación que jamás has experimentado te embriaga 24/7, como dicen los modernos. Es algo indescriptible, pues nunca antes lo has sentido, y no sabes si lo volverás a sentir. Al principio, parece que solo está siendo una experiencia más. Que comes, duermes y hablas igual. Luego, según van pasando los meses, te das cuenta de que lo excepcional es lo normal, de que sentir raro es de ahora en adelante la forma en la que vas a sentir mientras estés fuera. Ni recuerdas cómo sentías antes de llegar. Hablas con gente de antes, y echas de menos, pero tampoco te importa tanto. Estás en un tiempo y en un espacio distintos, y cuando vuelvas, todo va a seguir igual. Las personas seguirán siendo las mismas, los lugares seguirán estando ahí, los bares seguirán poniendo los éxitos indie/reggaetón de la temporada, y los exámenes seguirán siendo de tipo test y a desarrollo. Todo volverá a estar ahí, como si el tiempo que has estado fuera ni hubiera existido. Sin embargo, tú, ¿serás la misma persona?

Esto es lo que te preguntas cuando en la mitad de tu estancia fuera, sientes como si acabaras de llegar. Sientes que no quieres regresar aún, aunque queden varios meses para volver. Tu forma de pensar se ha remodelado de tal manera que intentas pensar como pensaría tu yo de antes de llegar. ¿De verdad soy la misma persona? Es difícil de saber. Hablas igual y caminas de la misma manera, pero hay algo que no te encaja. De vez en cuando, te sientes sola. De vez en cuando, no sabes qué estás haciendo allí, y lloras, y te sientes muy perdida. Y otras veces, la mayoría, te sientes muy bien, con muchas ganas de conocer gente, lugares y comidas. Ni te imaginabas que tuvieras tanta capacidad de entusiasmo. Tu vida es una montaña rusa, y tus sentimientos se te desbordan, y ni siquiera entiendes por qué si sigues estando en el mismo planeta, y en la misma época, y las noticias se siguen sucediendo, y los niños siguen naciendo, y la gente sigue muriendo. Pero para ti, el mundo ha hecho un gran stop, y estás en un súper tiempo muerto en el que todo cabe y del que nadie te avisó.

Pareciera que fuera ayer cuando un atardecer de principios de agosto me sentaba en la terraza de mi casa mirando la puesta de sol y diciendo a mi madre que ahora sí que sí tenía mucho miedo. Era el día anterior a irme a un lugar a miles de kilómetros de distancia en el que no conocía a nadie. Me dieron náuseas, y mi madre me dijo que me iba a preparar una manzanilla. Todo el verano había estado feliz y en ese puto momento me tenía que poner así. Sofía, no jodas. Me empezaron a temblar los brazos y me sobrevino un dolor punzante en el estómago. Esa noche no dormí nada, y madrugué para ir a Madrid a recoger mi visado. Veía a la gente muy tranquila por las calles madrileñas a 40 grados de temperatura, y solo pensaba en que ojalá yo pudiera quedarme en Madrid y no tuviera que viajar a un invierno tan lejano e incierto. Pero llevaba un año preparando algo que solo a mí se me había ocurrido, que nadie me había obligado a hacer, y que, de hecho, se me había cuestionado día sí día también. Ahora era el momento de ser consecuente con mis decisiones y subirme a ese puto avión con dos jerséis encima, aunque en Madrid se pudiera freír un huevo frito en la calle.

Mi absurdo miedo a volar fue bien, hasta que algo relacionado con las putas presiones Andinas, hizo que hubiera más turbulencias que las que podía soportar, y a solo una hora de aterrizar, me imaginé a mis padres viendo en los titulares del telediario del día siguiente la caída de un avión español en los Andes. Al aterrizar, pensé que, si había podido superar eso, los restantes cinco meses iban a ser un paseo. Y yo, ahora sí, feliz, tomé mis maletas de 23 y 15 kg respectivamente, y me aventuré a pisar las frías tierras chilenas por primera vez. Hacía más frío que la mierda, y solo pensaba en llegar a la habitación del hostal y prender la calefacción (ah, ingenua europea).

Mi primer contacto con una chilena hizo que me aumentaran las ganas de descubrir ese extraño país. En mi transfer de camino al hostal, una psicóloga chilena de mediana edad se dio cuenta de que no pillaba/cachaba ni una palabra de lo que decía y me dijo algo que me han repetido cada uno de los chilenos a los que he conocido: “ah, es que los chilenos hablamos muy mal y muy rápido, disculpa”. Ah, yo os disculpo todo. El caso es que empezó a hablarme de su viaje reciente a España y que si tenía algún problema que la llamara, y que si el hijo de una amiga estudiaba medicina, y que si necesitaba wifi para hablar con mis padres. Amigos chilenos, no dudéis de que esta chica fue vuestra mejor embajadora. Llegué al hostal, y por supuesto, ahí me di cuenta de que la calefacción no se estilaba en el país; aunque fuera invierno y realmente hiciera puto frío, y estuvieran rodeados de putas montañas gigantes nevadas, y las paredes fueran de cartón. Cosas prescindibles, su puta madre. El calefactor sería mi amigo de ahora en adelante.

Ahora sí. Estaba sola en un lugar del que no tenía ni idea. Salí a la calle, y lo que cuando vuelva va a ser algo que eche de menos cada día, en ese momento me pareció inverosímil. Rodeando la ciudad, montañas. O sea, los Andes. Una sensación extraña. Me sentía ahogada, como si aquellas montañas me fueran a impedir salir de allí, pero a la vez, me inundó una sensación de asombro. Creo que hice cincuenta fotos, y se las envié a todos mis contactos: “Ya por aquí. Mirad las vistas por la calle. Flipo.” Y a veces, sigo flipando.

Las aventuras con la tarjeta de móvil, transporte, uber, pesos, supermercados, etc. las dejo para otra ocasión. Baste decir que en un mes superé más o menos el choque cultural, y descubrí que mi mejor amigo era Google maps. Él siempre estaba cuando lo necesitaba, me daba los mejores consejos, y nunca nunca se equivocaba. Ojalá hacer una película como Her para poder alabar sus cualidades.

Y así, una persona con mínimas aptitudes sociales, con nula orientación, con un miedo intrínseco a probar cosas nuevas, y con una alergia a levantarse antes de las doce de la mañana, se vio en la situación de tener que empezar prácticas en un hospital al que no sabía cómo llegaría, trabajando con gente desconocida, y levantándose antes de que las calles estuvieran puestas. Y lo que el primer mes fue descubrimiento y miedos, se convirtió en adaptación, y evolucionó a rutina y gusto.

Empecé a sonreír mucho, a decir “al tiro” a los pacientes, a ser proactiva, a caminar mucho muchísimo, a superar mi miedo al metro a base de puñetazos en las horas punta, a echar de menos la lluvia que tanto odiaba, a montarme en el metro y aparecer en un barrio que debido a la diferencia de poder adquisitivo pareciera de otro país, a calcular los precios en una moneda que en vez de uno decía 780, a hablar con la gente de España como si estuviesen en otro planeta y no me importase tanto que no estuvieran en el mío, a sentir de otras maneras, a aprender a estar sola y a estar con gente… y al mismo tiempo, a dejar de echar de menos. Me volví rara, o distinta, o algo entre nuevo y escondido.

Yo, que sabía que todo esto tenía un fecha de caducidad, que era consciente de que unos meses era lo que decía mi seguro médico, que respiraba el invierno en verano y solo estaba esperando a sentir el verano en invierno, yo, que tuve náuseas el día anterior a partir, que temblé en el avión y me puse blanca al cruzar los Andes, que no entendía ningún modismo ni aunque me lo pronunciaran bien; ese mismo yo, ahora, no quiere ni pensar en volver otra vez. Será porque sé que vuelvo a la rutina, a los libros, a las mismas calles y a las mismas personas (sin desmerecer a nadie), será porque sé que debo continuar lo que dejé a medias, que esto es solo un inciso en mi vida, y será porque sé que los kilómetros hacen lo difícil imposible. 

El 23 de junio escribía que me había despedido de demasiadas personas, que este año iba a ser difícil, diferente, y que nadie sabía qué iba a pasar. Ese 23 de junio volvía a mi casa después de acabar mis últimos exámenes, y ya sabía que no iba a volver a ver a muchas personas hasta cierto tiempo. Ese día fui tan consciente de mi partida, que lloré cuando sonó "23 de junio" en mi spotify mientras decía hasta luego (hasta muy pronto, en realidad) a las cúpulas de la Catedral. En una libreta que ahora tengo a mi lado al otro lado del Océano, escribí que el destino o la casualidad habían hecho que yo quisiera irme, que me fuera, que de hecho me haya ido.

Ahora, estoy igual, pero no. Intento pensar en cómo sentía las semanas antes de venir, y soy incapaz de recordar. Solo sé que lo que siento es algo completamente nuevo. Ni bueno ni malo, distinto. Rara. No sé. Quizá haya descubierto que hay cosas más allá. Quizá esto le ocurra a cada persona que decide salir de su zona de confort. Quizá solo sea yo la que cree que está en Marte, la que piensa que no sabe muy bien qué está haciendo, la que crea que debe estar aquí, pero que no sabe por qué, la que no quiera volver porque tiene curiosidad por ver el desarrollo de los acontecimientos, la que sabe que cuando hay una fecha de término debe ser consecuente con sus actos.

Ahora pienso en esas personas que me dijeron que por favor aprovechara lo máximo, que me comentaban que cuando volviera no iba a ser la misma persona, que iba a ser una de las mejores experiencias de mi vida. Yo, que siempre soy reticente ante las cosas que no experimento por mí misma, decía que sí con la cabeza, pero negaba incrédulamente con la mente. ¿Cómo voy a echar de menos un lugar en el que solo estoy de paso? ¿Cómo es posible que me cambie? ¿Cómo sé que no voy a querer volver en ningún momento? ¿Quién me asegura que lo voy a pasar bien?

En verdad, esas preguntas no se podían contestar en aquel momento. No tengo problemas en afirmar que todo el mundo tenía razón. Mi madre respira feliz de que esté contenta, aunque me sugiere que: “hija, sabes que tienes que volver, no te encariñes y no hagas ninguna tontería”. Mis amigos respiran felices pues “menos mal que estás bien, teníamos dudas de que hicieras amigos”. Otros me comentan: “pásalo bien, pero recuerda que te echamos de menos”.  Yo también os echo de menos. Pero nos vemos en tan poco tiempo que no hace falta ni que os lo diga.

Como alguien que escribe como terapia, tengo que decir que tras la adaptación y la estabilidad, solo puede llegar el carpe diem. Pensar que lo único certero es dónde estoy y con quién, y aplazar (no evitar) el futuro hasta que lo tenga delante de mí. Ahora mismo, lo único que quiero ver son unas aceras por las que tengo que caminar para ir a mis prácticas, unas montañas que aparecen cada vez que levanto la vista, unas personas que me dicen que si cacho esto o lo otro, y unos sabores que me dicen que hay palta para comer otra vez.  El futuro se desvanece, dejo atrás las indecisiones, las frustraciones y las aparentes necesidades, y solo puedo pensar en lo que está pasando aquí y ahora.

Por otro lado, no sé cuándo regresaré aquí. Así que a mi yo del pasado, la de las náuseas y la manzanilla, le digo: “deja de ser una ahuevonada, que todo va a salir bien”, y a mi yo del futuro le digo “deja de pensar en el futuro y céntrate en el momento que estás viviendo”.
No me quiero ir, y puede ser que sea porque sé que hay fecha de vencimiento. Puede ser.
Rara. Y feliz.




19 de septiembre de 2018

Patria

¿Soy o no soy patriota? ¿Quiero creer que soy ciudadana del mundo, hippy, apátrida gilipollas; o en realidad soy más española que una tortilla de patatas?  ¿Acaso nos volvemos patriotas cuando nos alejamos de nuestro país? ¿Acaso me he convertido en una de esas personas que van promocionando la Marca España y te venden la morcilla de Burgos como un tesoro gastronómico y cultural incomparable? ¿Acaso cuando vuelva a España me voy a dedicar a quitar lazos amarillos y a decir "viva el rey"? Aunque ¿acaso es malo ser patriota? ¿Qué pasa en España para que nos dé vergüenza proclamar sus pequeñas virtudes? ¿Por qué en otras partes del mundo mola tener una identidad? Pero, espera, ¿soy yo o son los españoles en general? ¿Acaso no es reduccionista hablar de mí como ejemplo de toda una nación? Quizá sea yo y solo yo la aparente apátrida gilipollas y los demás sepan muy bien de dónde vienen y a dónde van. Quizás no me sienta ciudadana de un país concreto porque el país no me parece como para tirar cohetes. O quizá he estado intentando hacerme la diferente dentro de la masa informe de españolitos ilustres mientras estaba en tierra patria y ahora estoy aprovechando mi destierro para jactarme de que soy española y mucho española y que viva España y olé. 


Todo esto pasaba por mi cabeza mientras a día 18 de septiembre, en plena celebración de las fiestas patrias de un país que no es el mío; veía taxis, calles, personas, semáforos, malls (supermercados), fondas (ferias), caballos, suelos, carreteras, escenarios, mofletes, ojos, torsos, televisiones, hospitales, cárceles, restaurantes, pubs, ventanas, balcones, gatos, perros, abuelas,... decorados con la bandera chilena. Una bien grande y colorida para que se viera bien que estaba en Chile. En Chile. Y que no haya equivocación. En Chile. Y yo, una persona apátrida, triste insensata ciudadana del mundo, hippy perroflauta flaite; estaba feliz. Muy feliz. Enamorada de la gente riendo con sus banderas, bailando cuecas (baile tradicional chileno), bebiendo terremotos (bebida típica) y gritando "viva Chile" bien alto, sin vergüenza. Era feliz. Y nada me chirriaba. Es el 18. Están orgullosos de su patria. Viva Chile.

Sin embargo, empecé a pensar. Yo, que rechazo cualquiera atisbo de orgullo español salvo cuando es justificable, ¿qué mierdas hacía riendo y bailando y diciendo "viva Chile"? En serio, ¿qué mierdas?
¿Por qué no esperaba una justificación razonable de aquellas gentes que gritaban "viva Chile"? En serio, ¿por qué me estaba ablandando con aquellos chilenos arrogantes de patria? ¿Qué me estaba pasando? Y peor aún, ¿por qué de vez en cuando decía "pues en España hacemos esto así, pues hay bailes típicos también allí, pues la sangría nos sale mejor, pues eso no son patatas bravas de verdad, pues mi ciudad es preciosa, pues espera a ver las playas españolas"? En serio, ¿qué tipo de señora bien se había apoderado de mí? Parecía Albert Rivera en su versión más sensacionalista. Mucho española. Por favor...

Después de la sobredosis de chilenidad y el contrapunto español, empecé a razonar. Pensando de todo un poco, realmente, ¿qué es ser patriota? Me gustaría decir que ser patriota es ser de tu familia, de tus amigos, de tu hogar, de tu niñez y de tus aficiones. Me gustaría ponerme a hablar como Federico Luppi en "Martín (Hache)" y decir aquello de que "la patria es un invento". Y claro, pronunciar aquel discurso de: "Eso de extrañar… la nostalgia y todo eso es un verso. No se extraña un país, se extraña el barrio en todo caso, pero también lo extrañás si te mudás a diez cuadras. El que se siente patriota, el que cree que pertenece a un país es un tarado mental; la patria es un invento. ¿Qué tengo que ver yo con un tucumano o con un salteño? Son tan ajenos a mí como un catalán o un portugués. Son estadísticas, números sin cara. Uno se siente parte de muy poca gente, tu país son tus amigos, y eso sí se extraña." 


Pero ni pienso ni escribo tan bien. 

Según la RAE, patriota es: "persona que tiene amor a su patria y procura todo su bien.", y patria: "tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos."
Vínculos jurídicos, históricos y afectivos. Eso debe de ser. Pero también todo eso que decía Luppi. También son tus amigos, tu familia, la calle de enfrente de la casa en que naciste, el primer colegio, tu primer piso de estudiantes, tus borracheras, los cromos que cambiabas los domingos, tu cama, el color de la pared de tu cuarto. Patria, geográficamente localizada en cualquier punto del planeta. O en varios. Como se guste. 
Pero esa es la patria poética, la ideal, la inimaginable en un ámbito legal. Poniendo los pies en la tierra, la verdad, es que mi patria es España, de momento. Ah, lo que ha dicho. Sí. Eso. Bueno. 

¿Pero es malo ser patriota? Se da la curiosa y fatal casualidad, de que en España se mezclan en un continuo catastrófico, los restos del fascismo, el hambre y las guerras, con la bandera, el himno y el patriotismo. Una pena a la que se une el hecho de la crítica situación de precariedad laboral, corrupción e inestabilidad política. Y es una pena. Porque tenemos una Alhambra, una Catedral de Santiago, torrijas, tortilla, paella, Mediterráneo, Almodóvar, Barcelona, Cervantes. Y un etc. demasiado extenso. 

Realmente, ser patriota, siendo justos, no es malo. Já. Yo, la repudiadora de españolitos con la bandera en la muñeca y el toro en el pecho, proclamo que no es malo ser patriota. De hecho, me parece necesario serlo, para reconocer que no es necesario aferrarse a la idea de un país ideal. Y de esta manera, como yo soy española a partir de ya, puedo decir "España de mierda" y que no me tiemble mi españolidad en ningún momento. España de mierda cuando no se puede decir "me cago en D...", cuando las banderas valen más que las vidas, cuando los contratos son tan temporales como mi paciencia. Y qué bien poder reconocer que no somos los mejores, que hay que progresar en mil quinientas cosas. Porque si yo dijera que me enorgullece ser española pero no reconociera todo esto, sería una mala patriota. Amo mi país, y "yo soy español integral, y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; odio al que es español por ser español nada más. Yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista abstracta por el solo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos. El chino bueno está más cerca de mí que el español malo. Canto a España y la siento hasta la médula; pero antes que esto soy hombre de mundo y hermano de todos. Desde luego, no creo en la frontera política." Esta frase de Federico García Lorca, una de las razones por las que me enorgullezco de mi país, resume todo lo que he dicho hasta ahora, y lo que pudiera decir más adelante. No tengo nada más que aportar.

Por ello, cosas que he aprendido como una extranjera fuera de mi país: que los humanos somos más parecidos de lo que creemos, que yo no voy a cobijarme debajo de una bandera jamás pero que no está mal lucirla si se tienen los pies en la tierra, que me gusta ser española para criticar y alabar a mi país a partes iguales, que fuera de España todos somos mucho y muy españoles aunque queramos que no, que la tortilla de patatas no sale tan bien si no te la hacen tus padres, que la sanidad y educación públicas son dos de los tesoros más incalculables que tenemos y que bajo ningún concepto podemos perderlos, que no echo de menos una línea imaginaria pero sí una sonrisa, un salón y un ukelele, que hay que respetar al que dice "viva España" si respetas al que dice "viva Chile", y que yo soy patriota de poca gente, de ciertos lugares, y de muchos recuerdos.


Viva.


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24 de junio de 2018

Destino o casualidad

Me gusta el drama, y al mismo tiempo, me la suda todo.
Siempre intento ser de mente abierta, moderna, guay, tolerante, diversa, y eso. Pienso que tener sentimientos, querer, echar de menos, y melancolizar todas las situaciones posibles, es algo que no sé hacer; y sin embargo, hago a todas horas. Pero si hay algo que he aprendido estos días, es que, justamente, pretender etiquetar a todo y a todos es el principio del fin de toda definición. Somos contradicción, líos, idas de olla, imperfecciones. Y eso mola. 

Así que sí, cada vez lloro más con las películas tristes, me encanta ponerme a dar saltitos cuando suena "Emborracharme" mientras me tomo un thriller, y he empezado a decir te quieros sin que me tiemble la voz. Puede ser por eso por lo que, a día de hoy, cerrar etapas, decir adiós, hasta luego, hasta que quieras, hasta que no quieras, me voy, me quedo, nos vemos, nos veremos, no nos veremos; me resulta más difícil que nunca.

Ahora siempre me voy, no con lágrimas, pero sí con una pequeña congoja en el corazón que despierta mi inclinación por escribir estas mierdas. Y este año, más que nunca, siendo el año de los cuartos, de las bandas, de los TFGs, los masters, las oposiciones, los ni puta idea, los me han cogido, los me voy a la otra parte del mundo, los me vuelvo a casa, los ya veremos, los qué pasará, los últimos conciertos, los últimos paseos, los últimos besos, los últimos exámenes, las últimas cervezas, los últimos bailes, los últimos suspensos, las últimas resacas, los últimos días, ¿los últimos? No way.

Estas semanas han sido las primeras en cuatro años en las que me he despedido de más gente que la que he conocido. Pero también han sido las semanas de las primeras veces. 
La primera vez que como yuca, la primera vez que tomo churros con chocolate antes de volver a casa de fiesta, la primera vez que voy a la piscina con gente que, paradójicamente, conozco de hace años, la primera vez que utilizo la palabra "idiosincrásica" en una frase sabiendo lo que significa, la primera vez que tengo que recuperar mi asignatura favorita de la carrera, la primera vez que recito en público, la primera vez que tomo una mahou sin alcohol, la primera vez que me hablan abiertamente sobre poliamor, la primera vez que no me piden el carnet para comprar alcohol, la primera vez que veo una serie en catalán, la primera vez que recorro tres ciudades en 24 horas, la primera vez que bebo todos los días de la semana, la primera vez que escucho trap por gusto, la primera vez que me doy cuenta de todas las primeras veces que obvio pensando en las últimas.


Después de una ardua discusión de sobremesa sobre el destino y la casualidad, he llegado a la conclusión de que las contradicciones no solo forman parte de nuestra vida, sino que nos ayudan a vivirla. Que lo que para unos es el destino, y para otros la casualidad poética, o Dios, o el Universo, o su puta madre, nos ha colocado aquí, en una posición difícil de adioses y últimas veces; pero que también nos hace encontrar otras tantas razones para poder sentirnos un poco mejor o un poco menos como una puta mierda con la vida.

Las personas, al contrario que las cosas, no pueden mantenerse estáticas en una misma definición durante mucho tiempo, ni en un mismo lugar. Hay que volar, descubrir, deconstruirse, cambiar de opinión una y mil veces, y luego, el destino o la casualidad volverán a colocarte en el punto de partida. O no.
Y es que, mis semanas de las primeras veces han sido bonitas y tristes a partes iguales. Y puede que haya escuchado demasiadas canciones de bajona, o que el alcohol aún no se haya disuelto de mi organismo. Pero creo que la melancolía de hoy no durará mucho, porque seguramente mañana volveremos a bailar a cualquier otra parte, y a jugar al futbolín borrachos.






26 de octubre de 2017

Salud

La OMS define salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. La salud mental se define así, como “un estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera y es capaz de hacer una contribución a su comunidad.”


Mientras googleaba y leía esto, me sorprendía al darme cuenta de que rara vez estoy sana, física, mental, y socialmente. Quizá lo más subjetivo, y por eso, variable, sea el concepto de salud mental. ¿Qué entiende cualquier persona de la calle por eso? Pues claramente, “que yo no estoy loco, tío.” Best definition ever.


Y básicamente si optamos por el reduccionismo, es eso. Qué maravilla la gente que goza de un estado de bienestar tan pleno que es capaz de afrontar las tensiones normales de la vida, trabajar de forma productiva y fructífera, y es capaz de contribuir a su comunidad. Enhorabuena, de verdad. Yo gozo de ese estado, más o menos, casi nunca. Ahora, llevar la definición a rajatabla es ponerse quisquilloso, es cierto. Pero ahí está, lo dice la OMS. Por favor, que levante la mano quien se encuentre sano siempre. Y luego que levante la mano quien diga “que yo no estoy loco, tío”. Gracias.

Todo esto venía a cuento por un tema que me viene rondando en la cabeza desde hace varias semanas. Se ha dado la casualidad de que tengo varios amigos que están estudiando psicología, y otros que, simplemente, se interesan por el tema de la salud mental, ya sea porque les toca de cerca, o porque poseen ese don tan escaso en la actualidad al que llamamos empatía. Es algo tan complejo de tratar que hasta me da cierta vergüenza hablar sin saber a ciencia cierta de lo que hablo. Sin embargo, me veo casi en la necesidad de aclarar ciertos aspectos que claramente necesitan ser aclarados. Claro. 

En fin. Se podría decir que en la actualidad, cada vez es más frecuente los trastornos de ansiedad, depresión, etc. Algo tan común y tan ocultado al mismo tiempo, que me hace dudar de nuestros avances como especie. No es raro oír que un amigo ha sufrido ansiedad porque no puede más con la carrera, o que otro ha tenido una depresión, o que le dio un brote psicótico, o que empezó a consumir y no podía parar… Nadie puede decir que no haya oído hablar de ello. Otra cosa es que lo haya querido oír. 

En la carrera de medicina, por ejemplo, es ya reconocido en numerosos estudios la cantidad de trastornos de estrés, ansiedad, depresión, y hasta suicidios. ¿Estamos haciendo algo mal? Sí. Y doblemente mal. Primero, es urgente que se tomen medidas para evitar que los estudiantes estén sometidos a este tipo de situaciones límite, estudiando una carrera, que, en potencia, debería de fomentar todo lo contrario. Pero sobre todo, y es a lo que quiero referirme, debemos dejar de estigmatizar algo que es tan común, como que el 27% de los alumnos de medicina sufran depresión, o que el 11% tengan pensamientos suicidas a lo largo de la carrera. NO debemos de guardar esto debajo de la alfombra y hacer como que aquí no pasa nada. Hay que saber. El conocimiento es la llave para todo en la vida, y, en un sentido, la estigmatización de estas enfermedades es sinónimo de ignorancia. Y todo se convierte en un círculo vicioso. Nadie sabe que tengo un problema, el problema acaba conmigo, nadie sabe que el problema ha acabado conmigo. Al día siguiente otro tiene el mismo problema, no entiende a qué se debe, no sabe cómo tratarlo, así que asume que debe dejarlo pasar, que no es un problema, y el problema acaba con él. Y así.

Esto es solo un ejemplo. Podría enumerar mil. Si se dejara de señalar con el dedo a las enfermedades mentales, quizás estas se reducirían, quizás todos seríamos menos ignorantes, quizás la empatía se convirtiera en el bien común que siempre debió ser. Pero seguimos siendo cabezotas. Admitir que tienes que ir al psicólogo es similar a admitir que el demonio te ha poseído y en cualquier momento vas a empezar a echar sapos por la boca. Admitir que necesitas ayuda es tan vergonzoso que ojalá hubieras pillado la tuberculosis. Admitir que estás tomando pastillas es como decir que se te ha ido la olla por completo. Y claro, claro que estoy siendo exagerada. Pero hemos recibido una educación tan errónea y escasa, que todos en el fondo pensamos eso en el interior de nuestras cabecitas. 

Este verano, un chico que había acabado la carrera de psicología me dijo que todo el mundo debería de ir al psicólogo. Y es cierto. Que levante la mano quien no ha pasado “una mala época”, que es el eufemismo que ponemos cuando no queremos o no sabemos nombrar a algo malo que nos pasa. Ir a ver a un profesional está tan extendido en América del Norte y Sudamérica que casi cada persona tiene uno asignado. Entonces, ¿qué estamos haciendo aquí? Algo está mal. O aquí todos estamos sanísimos y lúcidos siempre, o somos unos ciegos y tozudos.

Una amiga me contaba el año pasado sobre la ansiedad que empezó a tener con los exámenes. Yo entiendo de estrés, pero he de reconocer que nunca he llegado a más. Sin embargo, cuando me contaba sus ataques de ansiedad, sentía una congoja que llegaba a asfixiarme. De verdad lo había pasado mal, de verdad que yo no podía entender, pero de verdad que yo podía respetar y empatizar con ella. Y ahora me vuelve a decir que tratar ese problema le ha ayudado de una manera inimaginable. Y ya no tiene esa agonía en su vida. Y me alegro. Pero mientras tanto, no es raro escuchar: “pues esa ayer fue a ver al loquero”, “pues no entiendo cómo por esa chorrada puede estar así”, “pues no me lo creo”, “pues a ver si deja ya de montar el espectáculo”. Quizá he dramatizado un poco. Pero básicamente es eso, eso es lo que resuena en el interior de nuestras mentes. Y algunos lo dicen, y otros no. 

Andamos faltos de empatía, educación y ganas. Todos somos enfermos. El estado de salud es tan variable que es casi imposible que lo mantengamos toda la vida. Si me duele la garganta, lo digo, y voy al médico de familia. Si me he roto un hueso, lo digo, me quejo, y voy al traumatólogo. Si veo cada vez peor la pizarra de clase, lo digo, le pido los apuntes al compañero, y voy al oftalmólogo. Si me encuentro en una situación límite, incontrolable, de ayuda urgente, de depresión o ansiedad, ¿me callo? ¿Lo oculto? ¿Sonrío y sigo adelante? ¿Me aíslo? ¿Me suicido?

Creo que queda bastante claro. La lógica desaparece. Ayudemos. Queramos. Comprendamos.

Salud, amigos.



6 de mayo de 2017

1 reason why

Algo que he aprendido estas semanas, es que no estamos preparados para enfrentarnos a la muerte. Y mucho menos si, como yo, no confías en eso del más allá. Es terrible. Duele. Cansa. Frente a frente, da mucho miedo. Te encoges, te derrumbas, te acojonas, no sabes cómo reaccionar, qué hacer, qué decir. Y es que, ¿cómo puedes reaccionar de alguna manera cuerda cuando sabes que es el final?. Porque eso es, básicamente. Es terrible. 
Pero bueno, no quiero ahondar en las desgracias porque es algo a lo que creo que nunca debiéramos de dar un morbo innecesario. 
Lo que yo quería decir es que solo cuando experimentas de cerca la muerte, empiezas a apreciar la vida. Tengo la sensación de que vivimos por inercia. Aquí estamos. Hala. Hello life, nice to meet you. Estamos por aquí dando vueltas y después de un rato, nos vamos. Está claro. Para mucha gente la vida no significa gran cosa. Para otros, la vida, dicen, es un regalo. Y lo es. Y es terrible. Es terrible que tengas que pasar por cosas no tan buenas para darte cuenta de la suerte de haber aterrizado por aquí. 
Ejemplo. Yo no suelo apreciar la suerte de estar viva. Justo a principios de este mismo año escribí: "Me sigue sorprendiendo que la gente encuentre razones para vivir cuando las hay a raudales para suicidarse." Y esta es básicamente mi forma de razonar irracionalmente cuando las cosas no van como yo quiero. Vamos, cuando la vida me hace la puñeta, o, más bien, cuando la vida sigue su curso y resulta que a mí me viene mal. 
Desde luego, cuando te dejan, suspendes, enfermas, te peleas con alguien, pierdes tu trabajo, o te quedas sin vacaciones, la vida es una mierda. Y bueno, que no sea algo más grave. Que no te roben, peguen, insulten, acosen, o derriben. Entonces sí que es una mierda. Lo pillo. Soy 100% consciente de que entonces la vida puede escocer, y no se calma diciendo que existir es un regalo. Soy consciente porque yo misma tiendo a la melancolía, a ser un poco Hannah Baker, a ser una "drama queen" cuando las cosas no me salen bien. Y resulta que no me pasa nada. Nada que no le pase a los demás. Nada que no se pueda solucionar en esta vida. ¿Entonces, qué me puede llevar a querer acabar conmigo? Está claro que mi propia mente y la sociedad se encargan de ello. Tengo ideas en mi cabeza que no quisiera tener, y, cuando me asaltan las dificultades, me derrumbo, pienso que esto solo me pasa a mí, que nadie me comprende, que ojalá no sintiera, no pensara, no molestara a nadie con mis problemas. Ideación suicida lo llaman. ¿Lo peor? Es una cosa bastante común. Dicen que los índices de suicidios han subido en los últimos años. Se encuentra entre las diez primeras causas de muerte a nivel mundial, y entre los 15 y los 24 años es en torno a la segunda o tercera causa de muerte. Una época muy mala, se justifican. 
Ahora estaréis pensando que he visto demasiado cierta serie que invade las redes sociales en los últimos meses. Pues sí. La he visto. Y ejerciendo de pacificadora, a pesar de ciertos guiones rarunos, me gusta. Lo que plantea es real. Quizá exagerado por el formato serial. Pero real. Y pone los pelos de punta. Ahora, lo que da lástima, o, más bien, rabia, es que tenga que venir Selena Gómez a hablar de algo que es tan esencial. A hablar de la muerte. Del por qué del suicidio. ¿A qué os recorre un escalofrío al leerlo? ¿Y si lo decís en voz alta? Terrible. 
Es terrible que alguien pueda llegar a pensar que morir es la única solución a sus problemas. Pero, vamos a ver, ¿qué podemos esperar de una sociedad que habla de este tema como un tema tabú, casi más que el sexo y las drogas, que piensa que los únicos que se suicidan son los niñatos y los artistas? ¿Qué se puede esperar de una sociedad que enseña a competir para ganar o perder en vez del trabajo en equipo y la solidaridad, que nos divide en simples buenos o malos, en vez de aceptar los matices de nuestra propia naturaleza, que perdona los pecados pero no los derechos humanos? ¿Qué se puede esperar de una sociedad que clasifica a las personas por su apariencia física, que adora el éxito y el dinero, que gira la cabeza a los débiles, que escupe a los distintos, que no da apoyo pero tampoco enseña a apoyarse a uno mismo, y que, al fin y al cabo, ningunea la vida? Pues eso, más bien poco. Se obtiene lo que se cultiva. Y nosotros no cultivamos nada. Por eso buscamos la nada. Porque no nos engañemos. Morir es el final. Y tener fe no puede cambiar eso. Es el final de tu familia, de tus amigos, de tu pareja, de tu trabajo, de tus viajes, de tus aficiones, de tus sueños. Y si alguien decide renunciar a eso por propia voluntad, es que algo estamos haciendo mal.
Enseñemos a querer, a ser empáticos, a ayudar a los demás, a ver a los demás; pero también a tener confianza en uno mismo, crear autoestima, valerse por sí mismo, ganar inteligencia emocional. De poco me puede servir aprender cómo funcionan las conexiones que se producen dentro de mi cerebro, si no sé primero cómo controlarlas. 
Entonces resulta que 13 razones llevan a una persona a acabar con su vida. Algunas graves, como el acoso o la difamación; otras leves, como el enfado con un amigo. Si es que alguna se puede considerar leve. Dice James Rhodes, pianista que intentó quitarse la vida en hasta cinco ocasiones, que para explicar el por qué de ello, necesita contar las cosas tal y como le pasan por su cabeza, a pesar de que parezcan locuras. Le han pasado cosas terribles y es la solución que le pareció más lógica. Por suerte sigue vivo, y dice, que la música le salvó la vida. 
Yo también os cuento las cosas tal y como se me pasan por la cabeza. Y pienso que necesitamos crear salvavidas. La música. Un amigo. Un colegio. Un padre. Es necesario que las personas nos sintamos arropadas. Necesitamos un refugio para huir de la inevitable frustración de la vida. Y ojo, refugio no significa salida, o cueva. Significa ayuda. Ayuda desde que nacemos. Ayuda para sobrellevar la vida y para comprender la muerte. 
La ideación ha rondado mi mente en mis años más débiles, y la sociedad me dice que eso es porque soy una niñata y una pseudoartista. Y yo me lo he creído. Suerte que tengo mi salvavidas a mano. Escribir es mi refugio. Me ayuda a entenderme y a entender. Pero eso no basta. También tengo mis apoyos en forma de seres humanos. ¿Entonces? ¿Qué coño has venido a decir aquí? ¿Qué eres la hostia por haber superado tu traumita? ¿Qué hagamos los demás lo mismo? ¿Qué empecemos a dar sermones a diestro y siniestro?
Está claro que no. Como siempre, no hay más responsable de vuestros actos que vosotros mismos. Ya sois mayorcitos. Sociedad 1- Individuo 0. Pero si me pedís mi opinión, la muerte no mola nada. Hoy lo veo claro. Me gusta ver y escuchar, y oler y sentir, y probar. Y echo de menos más que nunca a gente que ya no está a mi lado. Y eso sí que es algo irreversible. Sin embargo, la vida está llena de posibilidades. Así que si hay 13 razones para una cosa, yo digo que solo hay una razón para la contraria; y esa razón, es la más poderosa del mundo.

Como decía mi abuela: la vida es un regalo.
No la caguéis.







17 de marzo de 2017

Jueves

Esta entrada se iba a titular: "micromachismos", pero me parece mucho más poético y quizá engañoso, como queráis llamarlo, lo de "jueves". Es sencillo y concreto. Simple. Como lo que quiero contar.

Hoy es jueves. Me levanto a las 10 y media. Subo la persiana y miro por la ventana. Hace un buen día, una buena temperatura para ser esta ciudad. Veo a unos chicos en manga corta y pienso: "son hombres, a lo mejor no hace tan bueno". Luego miro al otro lado de la acera y veo a dos chicas en tirantes: "vaya, pues sí que hace bueno". Abro la ventana. Hace fresco pero no se está mal. Llevaré la chaqueta negra. Desayuno. Ayer vi "Kramer vs. Kramer" y me hago torrijas porque me dieron ganas al ver la peli. Meryl Streep y Dustin Hoffman hacen un papelón, pero ella es una bruja. Bueno, en realidad no tiene la culpa. Él no le hacía caso, necesitaba ser libre. No sé.

Mientras pienso en esto, voy al baño, me peino, me hago un moño cinco veces hasta que queda como creo que debe quedar, me pinto la raya, el rímel. Me miro al espejo y me digo: "vaya, esta eres tú, vaya cara, vaya pelos." Pero no me da tiempo a más, miro el reloj, tengo 2 minutos. Me visto corriendo. Bueno, corriendo no. Busco un pantalón campana. Me miro al espejo: "vaya culo, qué horror. Pero bueno, los pantalones molan." Cojo una camiseta de manga corta porque recuerdo que hacía bueno, me pongo la chaqueta. Salgo corriendo, pero antes de salir me vuelvo a hacer el moño. 

Entro en el ascensor. Me miro en el espejo otra vez. Me ajusto el pantalón, la camisa, la chaqueta. Envío un whatsapp: "salgo". Salgo corriendo del portal. Bajo por la calle y miro alrededor. No hay mucha gente. Bueno. Pasa una furgoneta. Me silban. "Oye, guapa ¿no dices nada?". Sigo caminando. No digo nada. Miro a lo lejos. Hay dos señores mayores. ¿Me cambio de acera? Bueno, da igual. Paso entre los dos. La acera es estrecha. "Pasa, guapa. Esas piernas..." Sigo caminando. Me cambio de acera. Estoy llegando casi a la facultad. En realidad no hacía tanto calor. Hace fresco. Menos mal que no salí sin chaqueta. El moño se me ha ido cayendo, me lo hago otra vez. Entro por la puerta y bajo corriendo las escaleras hacia la clase. Me siento. Saco el móvil para silenciarlo. Me llega una notificación de El País: "Última víctima de violencia machista...". No sigo leyendo porque la profesora me está mirando. Me quito la chaqueta, saco las cosas. Escucho. Apunto. "Lo más importante es enseñarle al paciente a usar los inhaladores de forma correcta porque...". Estoy sentada con las piernas abiertas. Pienso que es una forma de sentarse muy varonil. Pero me encanta. Soy idiota, pienso. Ya he desconectado. Pienso en que esta noche salimos. Acaba la clase. Voy al baño. Según entro está un compañero secándose las manos. Le saludo. Es majo. Me sigue sorprendiendo que nuestros baños sean unisex. O por lo menos sean usados por hombres y mujeres. Solo los de esta planta. Me encanta. Aunque siempre están llenos de mujeres. "Dios, somos unas meonas." Me miro al espejo. Vuelvo a clase. Me siento. Escucho. Escribo. Dios, este profesor solo lee las diapositivas. Bueno, ya acaba. Salimos de clase. Me voy a casa. Miro los escaparates. Veo una tienda de electrodomésticos con una mujer en su escaparate haciendo las tareas del hogar. Pienso en mis cosas. Vuelvo en mí cuando oigo a un niño llorando. Su madre: "cállate ya, que pareces una niña." Me giro. Cinco años, creo yo. El niño no para de llorar. Sigo caminando rápido porque tengo hambre. Siempre de camino a casa tengo que pasar por un parque que da mal rollo. Suele haber dos o tres hombres pobres y borrachos hablando y riendo a voces a cualquier hora del día. Hoy hay seis, así que rodeo el parque aunque tarde unos minutos más. Sigo caminando y entro en el portal. Subo corriendo. En el ascensor me miro en el espejo. "Qué horror." 

Entro en casa. Me hago unos tallarines. Mientras como, hablo con mi compañera de piso. "Ayer volví al final a las dos." Joder, sí que se alargó, pienso. No volvió sola al menos, pienso. Me cuenta cosas del día de ayer, de clase, nos reímos. "Friego" dice. Vale. Miro el telediario. Trump sigue con sus vetos. Veo a Melania a su lado. ¿Pero, cómo? No lo entiendo. Apago la televisión. Friego y llamo a mis padres. Están bien. Estoy bien. Cuelgo y me pongo a hacer skype con una amiga. Todo bien. Cierro skype y abro facebook. Nosequién ha ido a Malasia, nosequién ha corrido 3 km. Bueno. Sale una noticia. Un artista sirio ha insertado frases machistas de Donald Trump en anuncios de los años 50. Quedan totalmente factibles. Me asusto. Son frases que ni sabía que las había pronunciado. Me asusto más. ¿Hasta dónde vamos a llegar?, me pregunto. Sigo mirando. Después de varias fotos de viajes veo un vídeo de un youtuber entrevistando a jóvenes por la calle. Le pregunta a uno que qué le parece que se celebre el día de la mujer. "Pues me parece mal. Pues, porque no hay día del hombre. Pues, ¿por qué de la mujer?..." Dejo de ver el vídeo. Normalmente me río. Pero ahora me enerva. Cierro facebook. 

Entra otra compañera de piso por la puerta. Durante casi dos horas hablamos de nosotras, de nuestra vida amorosa, y de la liberación de la mujer. Me gusta hablar así. Improvisando. Se va. Me pongo a ver una serie. Tengo muchas ganas de empezar la nueva temporada de "Girls", así que me pongo a ello. Me encanta. Lena Dunham es brutal. Me quedo mirándola embobada. Ella ha creado la serie, la protagoniza, dirige y escribe. En este capítulo enseña su cuerpo, para nada convencional, en varias ocasiones. Se muestra desnuda y le da igual. Revindica en cada frase que pronuncia. Y a la vez se frustra. (mini spoilers) En este capítulo acaba acostándose con un monitor de surf que está bastante bueno. No me engaño. Pienso: "¿Esto ocurriría en la realidad? Vamos a ver, ella no es el tipo de chica convencional: delgada, guapa y simpática." Pero luego pienso que estoy empezando a estereotiparla. Pienso que no sé si ocurriría en la vida real, pero quiero creer que sí. También hay una escena que me llama mucho la atención. Él le dice que se asombra de que tenga tanto vello púbico. Ella le dice: "¿Qué coño acabas de decir?".  Yo pienso que ole sus ovarios. Él le responde, excusándose: "Quiero decir, que he visto muchos coños por el mundo, pero ninguno tan poblado como el tuyo". Ella, muy ofendida: "Perdona, no sabía que tenía que disculparme por tener el coño tal y como Dios me lo hizo para lo que lo hizo", o algo así. Y él le responde sonriendo: "No, it`s pretty cool". "Thanks" dice ella. Acaba el capítulo. Ha sido genial.

Miro instagram. Justo me sale una publicación de Lena Dunham. La han criticado en muchas ocasiones por su peso, y acaba de publicar un post diciendo que "no le importa ni la menor de las mierdas lo que cualquiera piense de su cuerpo" y explica por qué nadie debe sentirse mal con su cuerpo. La aplaudo internamente. Me encanta. También recuerdo todas las publicaciones que he visto estos días de hombres y mujeres hablando sobre la igualdad de derechos, sobre la necesidad del día de la mujer, y de la visibilidad de las mujeres... Sonrío. Cierro instagram. Miro el reloj y son las 9. 

Me ducho, elijo la ropa que ponerme. Unos pantalones grises y una blusa blanca. Tiene un escote muy pronunciado. Qué mas da, pienso. Se me ve el sujetador negro de debajo y me gusta. Qué mas da. Me maquillo. Me miro al espejo. "Bueno, es lo que hay". Pienso en Lena Dunham y comprendo lo idiota que estoy siendo. Mientras me hago rizos bailo con mi compañera de piso. En la canción dicen: "adoro a las pijas de mi ciudad". Nos reímos. Recojo todo y me pongo a cenar. Termino y salgo corriendo con una botella en una bolsa del Mercadona. Voy sola a la casa de otras amigas. Son las 10 y media pero mi calle está vacía. Tengo el abrigo desabrochado. Me miro el escote, y me subo la cremallera. No hace tanto frío. Sigo caminando. En el paso de cebra un coche conducido por dos chicos jóvenes está parado. Los miro y me miran. Cruzo el semáforo rápidamente. "Parecían majos", pienso. Pienso en que soy idiota. Camino rápido. Llego al piso de mis amigas. Ellas están cenando aún, y yo me sirvo una copa. 

Salimos. Hoy hay barra libre, así que vamos a ir a ese bar. No me gusta pero estoy con mis amigas. Caminamos hacia el bar. Es la 1. Por el centro nos asaltan los relaciones públicas. Les decimos que no, gracias. Llegamos al bar. No hay mucho ambiente. Miro alrededor y solo veo niños. Bueno, yo aparento 16, no sé qué estoy diciendo. Nos pedimos una copa. Vamos a bailar. "Si te pido un beso, ven, dámelo. Yo sé que estás pensándolo. Llevo tiempo intentándolo. Mami, esto es dando y dándolo." Lo odio. Escucho las letras y pongo mala cara. Mis amigas se ríen: "no las escuches, solo báilalas." Me pongo a bailar. No me lo paso mal, la verdad. Me río, bebo un poco, empiezo a perrear con una amiga. "Pasito a pasito, suave, suavecito...". Vuelvo a poner mala cara. Desconecto. Me fijo en las luces y en la gente. Hablo con mis amigas de que no hay nadie interesante. Seguimos bailando. Vamos hacia otro lado del bar así que nos metemos entre la marabunta de cabezas. Pasamos entre un grupo de niñatos. Empiezan a hacernos corrillo, se nos acercan. "Eh, eh, eh..." Yo pienso: "eh, tú, subnormal". No digo nada, ni les miro. Me cogen el pelo, lo miran y me dicen: "guapa" y se ríen. Sigo caminando. Estoy nerviosa. Más bien, enfadada. "Vaya gilipollas", suelto. "No les hagas caso." "Lo sé." Seguimos bailando. "Este party es un safari (a ella le gusta). Todos miran cómo bailas (a mí me gusta). Hoy tú andas, baila pa’ mi (a ella le gusta)". Si soy sincera me ha acabado gustando esta canción. Paso de la letra. Empiezo a bailar. Siento que alguien me dice algo. "Mira qué guapa con ese escote". Me voy a pedir una cerveza. En la barra se me intentan colar. La camarera me da preferencia a mí. Le doy las gracias. El chaval que se intentaba colar me pone un dedo en la cabeza y me dice que gire. Yo: "mira, no." Él se lo pone a mi amiga y también le dice que no. El chaval, extrañado, se lo pone a la chica de al lado. Ella se gira. Él se ríe y da palmas. Pienso que si estuviera borracha también hubiera girado. Me dan la cerveza. Un amigo del otro me dice: "Mírala. ¡Guapa!" y me toca el brazo. Le digo: "gracias". Pongo cara rara. Nos bajamos otra vez a la pista. Seguimos bailando. Tenemos ganas de ir al baño. Hay cola. Esperamos. Algunas chicas intentan ir al baño de chicos. Entramos al baño. Las borrachas empiezan a armar escándalo: "Acabad de mear, que no se tarda tanto, coño. ¿Por qué las mujeres son tan lentas?". "Gilipollas", pienso. Salimos del baño.

Volvemos a bailar. Nada destacable. Cada vez hay más gente y más borracha. Son las cuatro menos cinco y nos vamos. Unas amigas se van por un lado. A mi casa vamos tres. "Menos mal que vuelvo con ellas", pienso. Luego pienso que la calle está super iluminada y mucha gente vuelve de fiesta también. Pero esa calle siempre me ha dado miedo. En fin. 

Llegamos a casa. Buenas noches. Vamos a dormir. Pongo el despertador. Estoy contenta pero enfadada a la vez. Pienso que podría volcar esa frustración en una entrada de blog. Me duermo. Ha sido un día más.




18 de febrero de 2017

Vicky Cristina Barcelona

A pesar de que Woody Allen es un director excepcional, a veces no acaba de crear películas redondas, como lo era esa Annie Hall que encandilaba a cualquiera. Vicky Cristina Barcelona es una de esas películas no-redondas, que, sin embargo, encierra unos diálogos magistrales. Desde mi punto de vista, claro. Y he venido a rescatar aquí unas palabras que pronuncia Cristina, la diosa rubia, inocente y despampanante, encarnada por Scarlett Johansson. Sentada enfrente de un Javier Bardem tremendamente sexy, le suelta: “Yo no sé lo que quiero, solo sé lo que no quiero”. Un poco más adelante, también Cristina, dice: “Siento que tengo mucho que expresar, pero no tengo ese don.” Resulta que Cristina, o la inocente Scarlett, está diciendo lo que a tantas personas les pasa por la cabeza. De hecho, esto me decía  una amiga mía, una vez, tomando unas cervezas, después de que yo le dijera que por qué no quería actuar en mi corto: “Mira, Sofía, no sé en tu caso, pero yo solo sé que no valgo. Es como esa escena de Vicky Cristina Barcelona. Siento que tengo muchas cosas que expresar, pero que no tengo esa capacidad, esa vena artística, ¿sabes? Búscate a otra.” Sin quererlo, o queriendo desesperadamente, Woody había puesto en boca de la diosa rubia lo que la frustración creaba en las mentes de los artistas, y no tan artistas, todos los días. Yo no valgo, yo no sé, yo no puedo, yo no quiero poder.

La primera frase, esa en la que Scarlett decía susurrando que no sabía lo que quería, solo lo que no quería, también encierra otra verdad. Una verdad incómoda que acecha a toda persona. La verdad de no saber qué queremos hacer, o peor, de saberlo y tener miedo, vergüenza, inseguridad de hacerlo. “Yo solo sé lo que no quiero, tía. Yo no quiero trabajar porque sí, trabajar para alguien que me importa una mierda. Trabajar para no-vivir, vivir para trabajar. Yo solo sé lo que no me gusta. No sé qué quiero, pero esto no.”, me decía otro amigo mientras sorbía el café con leche. Otra vez, Woody lo había vuelto a hacer. Había puesto en los labios carnosos de una Cristina perdida y sexy, las palabras que sacudían la mente de mis amigos.

Esto venía un poco a raíz de que el otro día me preguntaron que qué quería ser, a qué me quería dedicar, por qué estaba haciendo lo que hacía. Yo, con mi insegura seguridad, respondí: “No sé. No sé qué estoy haciendo. No sé lo que quiero. Solo sé lo que no quiero.” Eso no es una respuesta, me dijeron. No lo es. No lo es. No lo es. Lo sé. Pero qué. Decidme por favor que estáis tan perdidos como Scarlett, como yo, como mi amiga de las cervezas, y mi amigo el del café. Decidme, por favor, que no sabéis lo que queréis, o que lo sabéis y tenéis miedo, o que habéis visto Vicky Cristina Barcelona y pensáis que es una mierda, a pesar de que os acostaríais con cada uno de los actores independientemente de vuestra orientación sexual. Dadme algo de esperanza, o miradme como Bardem mira a Scarlett antes de follar con ella. Por favor.

Todo esto venía también por Julio Cortázar. Julio sí que tenía el talento magistral de crear cuentos redondos. El otro día venía en el avión leyendo uno de sus relatos. En él, relataba el encuentro entre un hombre maduro conduciendo un coche y una joven haciendo autostop. Él la recogía en la carretera, e iban a un motel a charlar. Ella, llena de vitalidad, la osita la llamaba, quería ir a Copenhague y vivir con unos hippies que no conocía, y no estudiar. Él, trabajaba de corredor de materiales prefabricados, odiaba su trabajo, la osita le hace recordar su juventud, sus sueños, y las cosas que no hizo. Por eso no le gustaba que le hablara de Copenhague y de los sueños de la osita. El final del relato (os hago spoiler) es trágico y cómico. Después de la pasión, ella queda sola en una gasolinera esperando un nuevo transporte. Él, estampa su coche contra un tronco de árbol. Los sueños de ella se desmoronan porque se ha enamorado de él, y él desmorona sus sueños porque se estampa contra un árbol, sabiendo que su vida ha pasado sin pena ni gloria, y sus sueños, también. Triste historia. Real. Como la vida. Triste. Triste y sádica. Triste.
A todo esto. ¿He dicho ya que Julio es un maestro en contar historias? Porque ha metido el tema de la madurez, los sueños, el amor, la tragedia y la desesperación. Todo en uno. En otras palabras: la vida.

La vida recogida por Woody Allen o por Julio Cortázar. Esa vida que pasa, que acaba, que nos mata en vida. Pensemos. Qué trágico todo. “Sofía, qué tragedia te estás armando tú sola, tía.” Y eso me dicen. Eso oigo. Risas. Inseguridad y conformismo que se transforman en vanas risas. Risas o reprobación ante la dificultad de la vida. Qué rayada, qué lío.

O sea que mi amiga no tenía ese don, o creía no tenerlo, que mi amigo no sabía lo que quería, que yo no sé qué estoy haciendo. La vida es trágica y cómica. Cristina era la definición de la inocencia en la vida, de la inseguridad y del quasi conformismo. Yo la entiendo. La defiendo. No me río. Sabe lo que no quiere. Ayudadla.

El vendedor que estampó su coche tampoco sabía lo que quería. O eso quiero imaginar. Es un cuento, tía, no es real. Pasa. Tía, ¿qué haces? No te rayes.

Nadie sabe lo que quiere, solo lo que no quiere. Nadie tiene un don. Esa es la única verdad que queremos ver. Ayudadnos.

Así que todo esto viene a que la vida es dura. No sabemos qué queremos. Pero ni lo intentamos. Por miedo. Por inseguridad. Porque nos decimos que no valemos, nos dicen que no valemos, que tenemos que saber lo que queremos, que no pierdas el tiempo intentando descifrar lo que quieres. Ni siquiera te molestes en escuchar a la vocecita que te dice que qué haces y por qué. Que pases. Que no te rayes. Que dejes de ser la osita y seas el vendedor. Y que además, tengas la suficiente fuerza para no estampar tu coche contra un árbol cuando te enteres de que la vida era eso. Eso era todo. Nada. No ha valido la pena. Así es. La vida es dura. Aprende. No aprendas. Enfréntate a ella. No te enfrentes. Sé fuerte. Olvida todo lo que sepas. Empieza, crea, camina. Retrocede, no avances. Frena. Te lo digo yo, que no vales, que no lo intentes, que sigas, que no te estampes contra un árbol.  Olvida tus sueños, frena, sigue, olvídalo. Deja la inocencia de Cristina, olvida a la osita, madura. Sé fuerte. No tienes el don. No tienes, no puedes, no eres. No seas feliz, no seas capaz. Olvídalo. Aparca, retrocede. No sueñes, no vivas. Confórmate pero no te quites la vida. Disfruta del trayecto. Quedan diez minutos para aterrizar, por favor, abróchense los cinturones. Hace 10 grados en Madrid. Deja de leer. Cortázar, qué bueno. Ya aterrizamos. Sí. Ayer vi Vicky Cristina Barcelona. Cómo está Scarlett. Y Pe. Y Bardem. Pero qué mierda. Pero sí. No sé lo que quiero yo tampoco. Solo lo que no quiero. Barcelona. Pero 10 grados en Madrid. Olvida tus sueños.


Y básicamente resulta que Woody Allen sigue creando monólogos magistrales y que yo sigo estando perdida.


21 de enero de 2017

Me encanta

El otro día estaba en el sofá viendo la tele, y cambiando de canal me encontré con un programa de entrevistas en el que tenían de invitado a un actor que me gusta bastante. Y como haría cualquier persona normal, salté y grité: “¡Me encanta este actor!”.

En el otro sofá estaba mi compañera de piso, y, sobresaltada, se giró, me miró, y me dijo riendo: “¿Y quién no te gusta a ti?”
Touché.

Esta mierda de prólogo solo era para argumentar mediante el ejemplo de lo que va este texto.

No es la primera vez que me tachan de entusiasta. Es una palabra bastante ambigua, entusiasta. ¿Entusiasta porque me gusta todo y no discrimino? ¿Porque expreso excesivamente mis gustos y los grito a los cuatro vientos para que todo el mundo lo sepa? ¿Quiere decir que padezco de falta de gusto? ¿O peor  aún, que finjo un sentimiento excesivo para llamar la atención?

Estas son las cosas que se me pasaban por la cabeza, cuando mi amiga me respondió: “Devuélveme el mando, anda.” Crash. Paff. Já. Y ya no podía parar. Porque además de entusiasta, soy una obsesiva. Y me puse a darle vueltas y vueltas a esas palabras triviales, como hace la gente que tiene mucho tiempo libre o poco sentido común. Resulta que decían por ahí que yo era una entusiasta. Y no sabía cómo tomármelo.

Como en la RAE pone que entusiasta es uno que se entusiasma (oh, gracias, académicos), tampoco me aclaró mucho las cosas. Por otro lado, en sinónimos ponía: fanático, apasionado, fogoso. Lo de fanático me sonaba a secta, lo demás, a porno. Así que llegué a la conclusión de que, a la mierda, sea bueno o malo, yo soy así y así seguiré. Nunca cambiaré. Ieieie…

Muchas veces he tenido la sensación de que algo me llena más allá de lo terrenal. Me explico, a veces, cuando algo nos apasiona, no podemos expresar con palabras lo que nos hace sentir. Y no se puede formular, porque, o no tenemos la suficiente riqueza de vocabulario (usualmente), o es algo que se sale fuera de lo meramente sensorial. Dicho así, parece que intento filosofar, hablando de metafísica o alguna mierda de esas. Solo intento poner en palabras lo que yo siento cuando algo me entusiasma. Algo, alguien, ello, eso, tú, ella, libro, artista, cielo, patatas fritas. Cualquier cosa puede entusiasmarme. O no, mejor dicho, si algo me enamora, me trasporta, me volatiliza, me hace romperme, desdibujarme y volverme a reconstruir mucho más completa, en fin, me entusiasma, por qué no hacer una redundancia necesaria; si algo me hace sentir así, no puedo callarlo. Tengo que gritarlo, tengo que decir: ah, DIOS, sí, buff. Como un orgasmo, vamos (si lo releéis queda gracioso). Pero mejor, porque esta sensación dura mucho más tiempo.

Y esto era, y es, más o menos lo que yo siento cada vez que escucho a alguien hablar muy bien, leo un libro muy bueno, como queso frito, hablo con alguien que quiero de algo que me interesa, salgo a dar una vuelta con los cascos puestos, veo un capítulo de una serie que me ha enganchado, voy a un concierto de un grupo que me encanta, veo una película que me hace transportarme, salgo de fiesta con mis mejores amigos, veo el vestido más bonito de una tienda, o, por qué no decir lo que todos estamos pensando, siendo humanamente superficiales, veo a una persona muy guapa.

Y no logro entender como alguien no puede llegar a sentir algo así por algo, por alguien; no puede entusiasmarse por algo que le gusta mucho. Porque hay personas, las he visto, que no sienten así, a las que las cosas les pasan superficialmente por la piel, que consideran que nada es lo suficiente digno para su entusiasmo, que viven así, sin emociones sinceras. Esas personas, lo siento, es como si respiraran la mitad del oxígeno del que podrían. Y no digo que mi sentimiento sea mejor que el suyo, pero mola más.

Esa sensación de plenitud y a la vez de desasosiego, de no saber por dónde te da el aire, tan imprecisa, difícil y placentera, es lo que mueve mi mundo. Es el placer de la emoción, de sentir más profundo, más intenso, más de verdad. Y por qué no, de expresarlo, de sacarlo hacia fuera, de contárselo a todos para que puedan sentir como yo lo siento. O simplemente, para vaciarme de nuevo y poder reposar, en busca de una pasión nueva. Y al revés, puedo decir, que escuchar a alguien hablar de algo que le apasiona es una experiencia que todo el mundo debería vivir mil veces en su vida.

No quiero resultar pesada, ni aparentar complejo de superioridad; pero entusiasmaos, por alguien, por algo, por todo. Entusiasmaos, joder.

Así que sí. Cómo me gusta ese actor.








11 de septiembre de 2016

Generación Y

Dicen de nuestra generación que somos la de la depresión fácil, la de estresarse por salir un jueves e ir a clase un viernes, la de entristecerse cuando llueve, o la de enfadarse porque se nos ha estropeado el wifi. Lo dicen sobre todo los que han vivido otra época, así, como con tono despectivo, como queriendo decir: "millennials de mierda, espabilad, y aprended a haceros bien un huevo frito". Y te da una sensación como de que eres un inútil ahora y serás un muerto de hambre en el futuro, una sensación de tremendo vacío existencial, un escalofrío que te recorre el cuerpo cada vez que te dicen eso de: "estos jóvenes de ahora...". Y es un círculo vicioso. Otra vez vuelve la depresión fácil, las ansias de salir de fiesta, la vagueza de los domingos, la bronca de los ajenos a esta vida, la depresión fácil...

El resultado de todo ello, es que te sientes un incomprendido fuera de tu círculo de alcohólicos y vagos. Pero no nos equivoquemos. Las generaciones de mierda siempre han existido. Se suceden sin pausa en un continuo de broncas y excesos. Desde Rimbaud hasta Kerouac. Y ellos tenían el hada verde, los hippies, el rock and roll y la cocaína. Tengo la impresión de que no estamos tan mal. 

Todo ha sido criticado, y todo ha pasado. Desde luego, los likes pasarán, los botellones pasarán, los realities pasarán, lo de no querer nunca emanciparse pasará, esta generación de mierda pasará. Y entonces nos atropellarán unos chavales que ni siquiera han nacido aún, nos dirán que son la mejor generación que ha existido nunca, nos reprocharán que no veamos bien lo que hacen, cómo visten y cómo hablan, y les reprocharemos que eso en nuestra época no pasaba, que esta juventud se va a la mierda, y que dónde han quedado los festivales y las cañas. 

Pues sí, esta generación se va a la mierda. Lo sé desde que los botellones molan más que los bares, desde que el ruido mola más que la música, desde que bailar de lejos no es bailar y follar de cerca no es follar, desde que la cinco se ve más que la dos, desde que levantar la tapa del ordenador es más fácil que abrir la de un libro, desde que los amigos se cuentan en likes, desde que los campana están de moda, y luego los pitillo, y luego los campana, y luego... Lo sé desde que un día que estoy sin wifi es peor, mucho peor, que un día sin pan, desde que el mejor día del mes es el día en el que te cargan los datos, desde que el móvil ya no sirve para llamar, desde que vivir del dinero de los padres es la forma de vida más habitual.

Y aún así, me encanta que me digan que no sé nada de la vida, que solo sé gastar y salir, que cómo voy a salir así de casa, que cómo me gusta esa música, que si puedo estar un minuto sin mirar el whatsapp, que si algún día sabré lo que quiero. Me gusta sentirme diferente y, al mismo tiempo, tan igual a todos. Estoy segura de que a pesar de lo que nos separa, Bukowski y Elvis sientieron lo mismo. Y sin ir tan lejos, nuestros padres sintieron lo mismo. Estamos, sin saberlo, condicionados por una época que nos define, nos deforma y nos delata. Mil veces he dicho que odio la época que me ha tocado vivir, y sin embargo, mil y una diré que en otra generación no sería yo.

Y aunque, días tras día, grite que no quiero seguir al rebaño, y necesite hacerme la inconformista, la independiente y la guay bailando canciones pasadas, bebiendo bebidas pasadas, y leyendo libros pasados; nunca nadie podrá sentir lo que es estar dentro de una época que no es la suya. Se necesita vivirlo como nuestro, explorarlo desde dentro. Estoy segura de que Dylan odiaba a su generación, y sin embargo, no cabría imaginarlo fuera de ella. Yo tengo una relación de amor-odio con la mía, y sin embargo, sigo sufriendo de adicción a las redes sociales, depresión fácil, y vagueza extrema.

Así que, por lo que parece, nuestra generación se va a la mierda, y qué bien.






8 de agosto de 2016

Qué bien

Ayer me di cuenta de que llevo sin escribir casi un mes y no me acuerdo ni de cómo se coge el bolígrafo. De hecho, coje hasta me sonaba bien antes de que la revisión ortográfica del Word me dijera amablemente, con un subrayado en rojo bastante sonrojante, que se me ha olvidado conjugar el puto verbo coger. Y mientras que estos días mi cerebro jugaba a las palas con las ges y las jotas, yo he estado tragándome series, cerveza y sol a partes iguales.

Y eso, que todo esto venía a que qué bien que es verano. Nada que hacer excepto si trabajas, nada estresante excepto si te estás sacando el carnet de conducir, o ese curso de monitor de mierda, nada por lo que preocuparte excepto si tu love de verano ha conocido a una australiana de metro ochenta, nada por lo que llorar excepto cuando en un arranque de valentía y necesidad decides pelar tu primera cebolla, y nada que lamentar excepto haber perdido la maleta en el aeropuerto, haberte cruzado con una medusa que te ha dejado marcado el brazo izquierdo, o haberte dado cuenta de que nunca vas a conocer a tu crush, más que nada porque te saca veinte años y vive en LA. Así que qué bien que es verano, ¿verdad?

Qué bien que solo nos tengamos que preocupar de nosotros mismos y de pasarlo bien. Qué bien que haga calor y existan los chiringuitos. Qué bien que veamos a esos amigos que creíamos perdidos durante el año. Qué bien que podamos salir de noche y no tengamos que madrugar. Qué bien la playa, la montaña, Guadalajara o Tokio. Qué bien perderse en un festival o encontrar al amor de tu día en una barra. Qué bien aprender a tocar la guitarra y a bailar claqué. Qué bien salir a la calle sin llaves o estrenar la bicicleta nueva. Qué bien nadar de espaldas y mancharte las gafas de arena. Qué bien bailar sevillanas y aprender a decir palabrotas en chino. Qué bien creer que queda mucho para septiembre y tragarte todas las temporadas de todas las series que puedas. Qué bien cenar palomitas y desayunar macarrones. Qué bien decir hasta el próximo verano. Qué bien que en mis pupilas siga entrando luz del sol. Qué bien que en mi cerebro se produzcan intercambios de información.


Y ya paro, porque no me gustaría que me acusasen de mal plagio y peor escritora.
No quiero ser la idiota de turno y decir que el verano está ahí ahí, que si sí que si no, que si se va que si se queda. Pero os recuerdo que el tiempo vuela, time flies, carpe diem, tempus fugit, sarandonga, finito, no, azúcar no, qué genial, qué astuto, qué indecente, qué maravillosamente oportuno, tu puta madre.

Así que sí, estamos en agosto. Espabilad. Quemaros por dentro de alcohol, música, besos, arena, sudor y netflix, porque sí, nos vemos en septiembre.
No me odiéis.